¿Qué es el karma?

Si en el budismo “mente” se refiere a la experiencia individual y subjetiva de experimentar las cosas en nuestra vida, “karma” se refiere a los impulsos que surgen en nuestra actividad mental que nos conducen a actuar, hablar y pensar de la forma en que lo hacemos. Sobre la base de nuestra conducta y patrones previos, tenemos vías neuronales en nuestro cerebro. Ciertas circunstancias activan estas vías y experimentamos esa activación como una sensación que da surgimiento a la repetición de nuestro patrón conductual. Para ponerlo de manera sencilla, simplemente sentimos ganas de hacer algo. Basados en esta sensación, surge un impulso que nos conduce compulsivamente a actuar esa sensación.

El karma se refiere a esos impulsos mentales que nos conducen a actuar, hablar y pensar compulsivamente de acuerdo con nuestros patrones previos. Por ejemplo, el karma se refiere al impulso que nos lleva compulsivamente a gritarle a alguien cuando nos molesta, o a esperar habitualmente hasta que nos hayamos calmado para atender el problema. También se refiere al impulso que habitualmente nos conduce a tropezarnos y torcernos el tobillo mientras bajamos las escaleras, o a bajarlas habitualmente con cuidado.

Algunas personas creen que el karma significa destino o predestinación. Por ejemplo, si alguien se lastima o pierde mucho dinero en los negocios, dicen: “bueno, mala suerte, ese es su karma”. Sin embargo, esa no es la idea budista del karma en absoluto. De hecho, esa es más la idea de la voluntad de Dios, algo que no entendemos y sobre lo que no tenemos ningún control.

Fumar es un buen ejemplo de la operación del karma, porque cada vez que fumas un cigarro, esto actúa como un potencial para que fumes otro. También desarrolla una tendencia cada vez más fuerte de fumar, porque refuerzas tu hábito. En consecuencia, tienes ganas de fumar cada vez con mayor frecuencia y, sin siquiera pensarlo, los impulsos kármicos te arrojan compulsivamente a encender otro cigarro. El karma explica de dónde provienen esa sensación y ese impulso: a saber, del hábito desarrollado previamente. Fumar crea, no sólo la sensación y el impulso mental de repetir la acción, sino que también influencia los impulsos físicos dentro del cuerpo, por ejemplo, desarrollar cáncer por fumar. En otras palabras, experimentar la sensación de repetir un patrón de conducta y experimentar que algo nos sucede, como enfermar de cáncer, son ambos resultados de nuestras acciones compulsivas previas. Ambas son formas de “maduración del karma”.

El karma explica nuestras experiencias en la vida

La idea del karma tiene mucho sentido porque explica de dónde provienen nuestras sensaciones e impulsos. Incluso explica por qué algunas veces nos sentimos felices y a veces tristes; ambos sentimientos surgen como resultado de nuestros patrones conductuales. Podemos sentirnos momentáneamente felices al gritarle a alguien que nos molesta, pero tener el hábito de gritarles a los demás es un estado mental infeliz. Resolver los conflictos a través del diálogo es un estado mental mucho más feliz y pacífico. De manera similar, fumar un cigarro puede hacerte sentir bien en el momento, pero después experimentas la ansiedad constante de necesitar un cigarro, y la infelicidad intensa de padecer cáncer de pulmón.

Tenemos la habilidad de cambiar nuestros patrones kármicos

De acuerdo con el budismo, lo que hacemos y lo que nos sucede no está predeterminado. No existe el destino. En términos de lo que hacemos, cuando entendemos que el karma se refiere a los impulsos compulsivos que nos llevan a actuar lo que habitualmente tenemos ganas de hacer, nos damos cuenta de que podemos elegir actuar o no nuestras sensaciones. Aunque pudiera parecer que somos esclavos de nuestros hábitos (después de todo, nuestra conducta habitual está basada en caminos neuronales bien establecidos) no es inevitable que siempre tengamos que seguir nuestros hábitos. Tenemos la habilidad de cambiar y forjar nuevas vías neuronales.

Cuando en nuestra mente surge la sensación de llevar a cabo una acción, tenemos la capacidad de elegir antes de que el impulso kármico nos conduzca a llevarla a cabo. No somos como niños pequeños que con frecuencia hacen lo que se les ocurre. Después de todo, aprendimos a ir al baño; no siempre hacemos de inmediato lo que nos dictan nuestras sensaciones emergentes. Lo mismo es cierto para las ganas de decir algo que lastimará a alguien, o para hacer algo cruel. Cuando tales sensaciones surgen podemos elegir: “¿lo llevaré a acabo o lo evitaré?”. Esta habilidad de reflexionar y discriminar entre una acción constructiva y una destructiva es lo que realmente distingue a los humanos de los animales. Esta es la gran ventaja de ser un ser humano.

No siempre es fácil elegir refrenarnos de cometer acciones destructivas, pero se vuelve más fácil elegir lo que hacemos cuando tenemos suficiente espacio en nuestra mente para tener presencia mental de nuestras sensaciones emergentes de hacer o decir algo. Así, una gran parte del entrenamiento budista está relacionado con desarrollar la presencia mental. A medida que nos tranquilizamos, nos volvemos más conscientes de lo que estamos pensando y de lo que estamos a punto de hacer o decir. La meditación en la respiración, en la que observamos nuestra inhalación y nuestra exhalación, nos da el espacio para ser capaces de notar esas sensaciones cuando surgen. Comenzamos a observar: “tengo ganas de decir algo que lastimará a alguien; si lo digo, causará dificultades, así que no lo diré”. De esta forma, podemos elegir. Si no tenemos presencia mental, por lo general tenemos tal avalancha de pensamientos y sensaciones que no tomamos la oportunidad de escoger sabiamente y terminamos simplemente haciendo todo lo que nos da la gana de forma compulsiva. Esta conducta kármica compulsiva es lo que nos produce problemas en la vida.

Si no cambiamos nuestros hábitos, podemos predecir nuestro futuro

En términos de lo que nos sucede y lo que experimentamos, podemos explicar o predecir lo que puede ocurrir en el futuro, basados en nuestra conducta kármica previa. Si nos tomamos el tiempo para pensar en ello, sabemos, por ejemplo, que las acciones constructivas producen resultados felices y que las destructivas producen consecuencias no deseadas. El apoyo emocional mutuo en una relación hace que ambos sean felices, mientras que las discusiones constantes hacen que ambos se sientan miserables.

Aún así, cómo madura una acción kármica específica depende de muchos factores y puede ser influenciada por muchas cosas. Una analogía podría ser: si aventamos una pelota hacia arriba podemos predecir que, con mucha certeza, volverá a caer al suelo. De manera similar, basados en acciones previas, podemos predecir lo que sucederá en el futuro. Sin embargo, si atrapamos la pelota, ésta no caerá al suelo. De la misma forma, aunque podemos predecir lo que sucederá en el futuro a partir de acciones previas, no es absoluto, predestinado ni está grabado en piedra que sólo ocurrirá un resultado. Otras tendencias, acciones, circunstancias y demás pueden influir en la maduración del karma. Si padecemos obesidad y seguimos comiendo mucha comida chatarra, podemos predecir una alta probabilidad de padecer diabetes en el futuro, pero si iniciamos una dieta estricta y perdemos mucho peso, es posible que no nos enfermemos en absoluto.

De esta manera, no podemos decir que todo esté predeterminado. Podemos predecir nuestra conducta y lo que podemos experimentar en el futuro si seguimos repitiendo nuestros patrones, pero también tenemos el espacio abierto de ser capaces de cambiar.

Resumen

No tenemos que creer en el karma para experimentarlo. Si nos golpeamos en un pie no tenemos que creer en la causa y el efecto para experimentar dolor.Aun si creemos que el veneno es una bebida deliciosa, si lo bebemos nos enfermamos. De igual manera, si cambiamos nuestros hábitos y desarrollamos unos más beneficiosos, los resultados positivos ocurrirán, sin importar si creemos o no en la causa y el efecto conductual.