Superar la compulsión del karma

El nivel inicial: refrenarse del comportamiento destructivo

Hemos visto que el karma y la disciplina están implicados en cada uno de los tres niveles graduales de motivación y meta, tal como son presentados en las etapas graduales del lam rim. También hemos visto la manera en que funciona el karma y la forma en que opera para perpetuar diversos sufrimientos.

  • El comportamiento destructivo produce la experiencia de ser infeliz. Experimentamos que nos pasan cosas desagradables que son similares a las que les hicimos a los demás, y experimentamos tener ganas de repetir nuestro comportamiento destructivo.
  • A causa del comportamiento compulsivo constructivo, experimentamos la felicidad ordinaria que nunca dura y nunca satisface, y experimentamos que nos sucedan cosas bonitas similares a las cosas bonitas que hemos hecho antes, pero que, como hemos dicho, no duran. También tenemos ganas de repetir el comportamiento constructivo.
  • A partir de estos comportamientos, ya sean constructivos o destructivos, experimentamos el renacimiento incontrolablemente recurrente. Renacemos una y otra vez porque, al morir, nos aferramos compulsivamente a otro cuerpo. Nos aferramos a un “yo” sólido para seguir existiendo.

Para satisfacer nuestra meta inicial según las etapas graduales del lam rim, la cual es dejar de experimentar el sufrimiento de la infelicidad, practicamos la autodisciplina ética para refrenarnos del comportamiento destructivo. Cuando tenemos ganas de actuar destructivamente, nos damos cuenta de todas las cosas infelices que eso producirá y simplemente nos contenemos de darle rienda suelta a nuestras ganas. Esto requiere una gran disciplina, basada en el darse cuenta que discrimina correcto de lo que es dañino y lo que es benéfico, específicamente dañino o benéfico para nosotros mismos. Con el fin de tener esta autodisciplina ética, necesitamos tener presencia mental (recordación) de la infelicidad y el sufrimiento que se producirá si llevamos a cabo esa sensación destructiva y hacemos lo que se nos antoja.

La presencial mental es como un pegamento mental que nos impide olvidar que darle rienda suelta a todas las sensaciones negativas que tenemos, sólo nos producirá una cantidad enorme de infelicidad y sufrimiento. Para conservar la presencia mental, necesitamos concentración, de tal forma que nuestra atención permanezca en este entendimiento. Para ello, necesitamos consideración por los demás. Nos interesa el efecto que nuestro comportamiento tiene en nosotros mismos y en los demás, así que nos tomamos en serio nuestra vida. Nos preocupamos por nuestra forma de actuar, así que somos cuidadosos.

También debemos prestar atención a lo que tenemos ganas de hacer. Tenemos que vigilar cuando tengamos ganas de hacer, decir o pensar de maneras destructivas. Necesitamos vigilancia para mantenernos alertas; con distinción y discernimiento, detectamos que tenemos ganas de hacer algo y discriminamos que lo que tenemos ganas de hacer es algo destructivo. No somos ingenuos: entendemos que si lo llevamos a cabo, causará problemas. Estas son las piezas involucradas en la aplicación de la autodisciplina ética para refrenarse de actuar destructivamente.

El elemento principal que necesitamos en este tipo de autodisciplina, así como en la meditación de concentración, es presencia mental, el pegamento mental. Necesitamos conservar el darse cuenta que discrimina y el entendimiento de que, si actuamos destructivamente, eso nos causará infelicidad. Todo lo demás es consecuencia de que el pegamento mental esté bien aplicado y nos impida olvidar. Si nuestro pegamento mental está aplicado de forma apropiada, tenemos un estado de alerta automático que nos permite notar si el pegamento se ha aflojado. Si nos interesa lo que experimentaremos como resultado de nuestro comportamiento, inmediatamente reajustamos nuestra presencia mental cuando ésta se ha debilitado. Cuanto más practiquemos esto, más fácilmente recordaremos y ejerceremos la autodisciplina ética del autocontrol. Así, la autodisciplina ética es un factor mental, el estado mental que hace que nos refrenemos de actuar destructivamente.

Video: Dr. Chönyi Taylor — “Reconocer nuestras adicciones”
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El nivel intermedio: Dejar de activar los potenciales y las tendencias kármicas

Para lograr la meta del nivel intermedio de motivación del lam rim, esto es, la liberación del sufrimiento del cambio (felicidad ordinaria) y del sufrimiento que todo lo impregna (el renacimiento incontrolablemente recurrente), necesitamos dejar de activar los potenciales y las tendencias kármicas que los producen de forma compulsiva. ¿Cómo los activamos? Por la forma en que respondemos a la sensación de sentirnos felices o infelices.

Lo que sucede primero cuando ordinariamente nos sentimos felices o infelices, es que surge un factor mental a menudo llamado “apego”. Literalmente, sin embargo, la palabra significa “sed”. Si nos sentimos infelices, tenemos sed de ser separados de esa sensación infeliz. Si estamos sintiendo felicidad ordinaria, la cual, por supuesto, nunca dura, entonces -como una persona sedienta- no queremos separarnos de ella. Es como cuando tenemos muchísima sed y tomamos un sorbo de agua; no queremos que nadie nos quite el vaso: tenemos sed de más. Cualquiera de estas dos formas de sed inicia el proceso de activación. Al sentirnos infelices, pensamos: “¡tengo que deshacerme de esto!”; al sentirnos felices, pensamos: “no quiero que esto termine”.

El segundo paso es que nos aferramos a un “yo” sólido que necesita ser liberado de la infelicidad y no ser separado de la felicidad: “¡Yo quiero estar libre de sentirme infeliz! ¡Yo nunca tengo que separarme de ser feliz!”. “Yo, yo, yo!”, como si hubiera algún “yo” independientemente existente que, sin importar lo que hagamos, digamos o pensemos, tiene que ser siempre feliz, nunca infeliz. La combinación de esta sed y este aferramiento activa las tendencias y los potenciales kármicos que llevarán compulsivamente a posteriores renacimientos.

Estoy simplificando el proceso; es mucho más complejo de lo que he explicado. De hecho, este proceso de activar las repercusiones kármicas está ocurriendo todo el tiempo, no sólo en el momento de la muerte, desembocando en un renacimiento recurrente, incontrolable y compulsivo. El hecho de que no queramos ser infelices y que no queramos que nuestra felicidad termine nos sucede todo el tiempo, incluso a nivel inconsciente.

Con el fin de detener este síndrome de activación de los potenciales y las tendencias kármicas, necesitamos comprender el vacío, que yo llamo “vacuidad”. Nuestra proyección sobre nosotros de un “yo” que existe como una entidad aislada, que no es afectada por nada de lo que hace, y que tiene que ser siempre feliz y nunca infeliz, no corresponde con la realidad. La vacuidad significa que no existe tal cosa; nadie existe de esa manera. Si podemos comprender esta ausencia de algo que corresponda con nuestra fantasía, y mantenernos enfocados en esa comprensión, no perderemos el control con sed o aferramiento cuando experimentemos infelicidad o felicidad ordinaria. En su lugar, pensaremos: “ahora estoy feliz, ahora estoy infeliz. ¿Y qué? Los sentimientos tienen altibajos; esa es la naturaleza de la vida. No hay problema, no es nada especial”.

Lo que tenemos que dejar de hacer, entonces, es exagerar nuestros sentimientos y a nosotros mismos, que somos quienes los experimentamos, ya que hacerlo activa nuestras tendencias y potenciales kármicos. Por ejemplo, supongamos que experimentamos sentirnos realmente infelices cuando no nos gusta lo que alguien hace o dice. Si nos aferramos al “yo, yo, yo, estoy infeliz por lo que estás haciendo” y estamos sedientos por deshacernos de esa infelicidad, eso activa nuestra tendencia y nuestro potencial kármico de gritar. Cuando se activan, dan surgimiento a las ganas de gritar, y nuestra tendencia de enojarnos también se activa. Esa tendencia para el enojo, por cierto, no es una tendencia kármica, sino la tendencia de una emoción perturbadora. Las emociones y actitudes perturbadoras también tienen tendencias, las cuales explican el hecho de que, incluso cuando no sentimos esas emociones o no tenemos esas actitudes de forma manifiesta, aún existe continuidad de ellas. Pero cuando todas estas tendencias y potenciales están activados, entonces, sin autocontrol y ciertamente sin paz mental, de forma compulsiva llevamos a cabo ese deseo y gritamos.

Pero si podemos darnos cuenta: “Estoy infeliz, no me gusta lo que estás haciendo, pero no hay razón para hacer la gran cosa de ello”, entonces no estamos enfocados en nosotros mismos y en lo que queremos. Como resultado, no activamos esos potenciales y tendencias kármicas de gritar. Obviamente, la comprensión tiene que ser lo suficientemente profunda y bien arraigada como para que seamos capaces de alcanzar este nivel. Lo estoy simplificando, pero es solo para darles una idea general.

Cómo liberarse de los potenciales y las tendencias kármicas

Una causa solo puede existir y funcionar como causa con relación a que hay un resultado que puede surgir de ella. Si no puede haber un resultado de algo, entonces no puede existir como causa. Más específicamente, algo solo puede ser un potencial para un resultado si es realmente posible que un resultado surja de él. Para que surja un resultado, el potencial necesita ser activado. Pero si ya no hay nada que pueda activar el potencial y, por lo tanto, es imposible que un resultado surja de él, entonces ya no es un potencial. Sólo puede existir potencial para un resultado si puede haber un resultado.

Así es como nos liberamos de los potenciales y las tendencias kármicas. Con el entendimiento no conceptual más profundo de la vacuidad (que no hay un “yo” sólido y demás) empezamos a deshacernos, tanto de las emociones perturbadoras que acompañan al comportamiento destructivo, como de las actitudes perturbadoras que acompañan incluso al comportamiento constructivo. Esto es porque las emociones y actitudes perturbadoras surgen debido al aferramiento a un “yo” sólido. Sin embargo, en el largo proceso de obtener esta comprensión no conceptual de que no existe ningún “yo” sólido, nuestras emociones y actitudes perturbadoras empiezan a perder su fuerza. Debido a esto, empezamos a ralentizar el proceso de activación de antiguas repercusiones kármicas, dado que son activadas por las emociones y actitudes perturbadoras. Así, debilitamos la fuerza de nuestra compulsión.

Dicho de otra forma, aun si nuestras emociones y actitudes perturbadoras debilitadas activan nuestras repercusiones kármicas y eso da lugar a tener ganas de gritarle a alguien, estaremos en una mejor posición para no repetir la acción (nuestro comportamiento será menos compulsivo) porque nuestra emoción perturbadora de enojo será más débil. Cuanto más nos refrenemos de hacer lo que tengamos ganas de hacer, ya sea destructivo o neuróticamente constructivo, menos repercusiones kármicas crearemos. Así, el proceso de deshacernos de los potenciales y las tendencias kármicas se acelera.

Para que este proceso de purificación tenga éxito, necesitamos conservar presencia mental de la vacuidad. Dicho de forma muy simple, la necesitamos con el fin de tener presencia mental de: “Feliz, infeliz, ¿¡qué más da!? No hay nada como un ‘yo’ que tenga que estar feliz todo el tiempo y que nunca pueda ser infeliz. Yo existo, por supuesto, pero no de esa forma imposible”.

Es muy interesante si pensamos en términos de lo que sucede cuando entendemos esto a profundidad y empieza a tener un efecto sobre nuestra experiencia. Por ejemplo, ya no tenemos el deseo o necesidad incontrolable de estar entretenidos todo el tiempo (escuchar música todo el tiempo, tener la televisión encendida todo el tiempo) porque de otra forma no seremos felices. Perdemos también la compulsión de revisar continuamente nuestros celulares para ver si hemos recibido un nuevo mensaje o un nuevo post en nuestro muro de Facebook, o estar al pendiente de las noticias. Dado que ya no nos aferramos a un “yo” sólido que tiene miedo de perderse de algo o que teme la infelicidad, nos liberamos de nuestras formas perturbadoras compulsivas.

El nivel avanzado: superar el interés egoísta

Muy brevemente, para lograr el objetivo del nivel avanzado del lam rim de conocer totalmente el karma de los demás para que sepamos cómo ayudarlos mejor, necesitamos la fuerza de la bodichita detrás de nuestro entendimiento de la vacuidad. ¿Qué es la bodichita? Sobre la base de un profundo amor y compasión igualitarios por todos los seres, tomamos la responsabilidad y nos determinamos sinceramente a ayudarlos a alcanzar la liberación de los sufrimientos y sus causas. Pero nos damos cuenta que solo sabremos guiarlos de la mejor manera si nos convertimos en un buda omnisciente. La bodichita, entonces, es una mente que apunta a nuestra futura iluminación, la cual no ha acontecido aún, pero que puede acontecer sobre la base de nuestros factores de “naturaleza búdica”. Estos factores se refieren a la pureza natural y las buenas cualidades de la mente que todos tenemos y que nos habilitan para convertirnos en seres iluminados. Nuestra intención es lograr nuestra propia iluminación individual y, con base en ese logro, ayudar a todos de forma más plena de lo que somos capaces de hacer ahora (y para lo que en este momento hacemos nuestro mejor esfuerzo).

Cuando, con la bodichita, aplicamos nuestra mente al entendimiento de la vacuidad, hay mucha más fuerza y energía detrás de nuestra comprensión. Somos más capaces de ver la interconexión de todas las cosas, y esto rompe los hábitos que causan que nuestra mente haga aparecer las cosas en cajas, aisladas las unas de las otras. De esta forma, somos capaces de comprender todas las causas kármicas para la situación presente de cada ser, y el efecto que tendrá cualquier cosa que les enseñemos para ayudarles a superar los problemas y el sufrimiento. Vemos la imagen completa de la interconexión de lo que ya ha sucedido, lo que está sucediendo y lo que aún no ha sucedido. Esto nos capacita para aconsejar y ayudar de la mejor manera a los demás.

Con el fin de desarrollar la bodichita, necesitamos autodisciplina ética para superar nuestro interés egoísta y para enfocarnos totalmente en beneficiar a los demás. Les daré un ejemplo simple de cómo el interés por los demás nos da más energía: supongamos que llegamos tarde a casa después de un largo y duro día de trabajo y estamos completamente agotados. Si vivimos solos, podemos olvidarnos de hacer la cena y simplemente acostarnos a dormir. Pero si tenemos niños, sin importar qué tan cansados estemos, encontraremos la energía para prepararles la cena y atender sus necesidades. Nuestro interés por los demás nos da mucha más energía que estar interesados solo por nosotros mismos.

Esto es lo que implica el nivel avanzado de autodisciplina ética. Necesitamos la autodisciplina ética para dejar de ser egoístas, dejar de pensar en nosotros mismos y pensar en los demás, y para dirigirnos hacia la obtención del estado de desarrollo más elevado posible: convertirnos en un buda omnisciente.

Resumen

La autodisciplina ética es la clave para superar, en primer lugar, el karma negativo; después, todo el karma (tanto positivo como negativo), y después superar el egocentrismo que nos impide comprender plenamente el karma de los demás, de tal forma que podamos ayudarlos también a superarlo. Sin embargo, la autodisciplina por sí misma no es suficiente; necesita estar acompañada de presencia mental, vigilancia, atención, interés y demás.

El entendimiento de la vacuidad es importante a lo largo de esta progresión, de lo contrario, tendremos una manera muy dualista de aproximarnos a la autodisciplina ética. Nos imaginamos que hay un “yo” que es un policía y otro “yo” que es el tipo malo que debe ser disciplinado. Si nos acercamos al tema de desarrollar disciplina ética de esa manera dualista, tendremos muchos problemas adicionales. El tema principal es básicamente aplicar la autodisciplina ética sin pensar: “tengo que hacer esto”, “yo, yo, yo” y “oh, qué terrible soy. Yo soy tan malo”. ¡Suelten todo eso y solamente háganlo!

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