Integrar los diversos aspectos de nuestra vida

Introducción

Su Santidad el Dalai Lama habla de que el budismo tiene tres aspectos:

  • La psicología y la ciencia budistas – cómo opera la mente, así como la cosmología.
  • Filosofía budista – un sistema de lógica altamente desarrollado y un muy profundo análisis de la realidad, de la causa y el efecto y de cómo opera el mundo.
  • Religión budista – diversas formas de desarrollarnos a nosotros mismos dentro del contexto de las vidas pasadas y futuras, los rituales, las plegarias y demás.

También dice que los campos de la ciencia y la filosofía budistas tienen mucho que ofrecer al mundo, totalmente separados de la religión budista. En concordancia con esto, desarrollé una práctica llamada “Integrar los diversos aspectos de nuestra vida”, la cual es una mezcla de ciencia y filosofía budistas. Puede ser usada en un contexto terapéutico, sea individual o en grupo, pero no se limita y, de hecho, no debe limitarse solo a aquellos que tienen problemas emocionales; puede ser de ayuda para todos.

El yo en la psicología occidental

En psicología, hablamos de un ego saludable y un ego inflado o exagerado, y pienso que todos estarían de acuerdo en que tener un ego saludable es muy importante para ser capaces de lidiar con las dificultades y realidad de la vida cotidiana. Un ego saludable significa que tenemos una visión positiva de nosotros mismos (y, por lo tanto, a menudo también de los demás), un sentido de autoconfianza y una habilidad para lidiar con lo que sea que surja en la vida. Un ego inflado o insano significa que pensamos que somos más importantes que todos los demás, que siempre tenemos la razón y que siempre tenemos que salirnos con la nuestra. Naturalmente esto trae problemas y conflictos con otros porque este sentido del yo no está basado en una visión realista. Existen otras actitudes insanas acerca del yo que no entran en la categoría del ego inflado, como tener una autoimagen muy negativa, lo cual también puede causar graves problemas al lidiar con la vida. 

El yo en el budismo

El budismo habla mucho acerca del yo, pero por lo general no utilizamos la palabra “ego” porque es un término que es definido de manera muy específica por diferentes sistemas psicológicos y filosóficos, y realmente no están relacionados con la idea budista.
El budismo habla acerca del yo convencional y el yo falso. Cuando tenemos un ego saludable, entonces el budismo diría que estamos pensando en nosotros mismos en términos del “yo convencional”. Cuando tenemos un ego inflado o baja autoestima, entonces estamos pensando en términos del “yo falso”.  

En el budismo, entendemos el yo a través de deconstruir cada momento de nuestra experiencia, la cual está conformada por muchos componentes:

  • Experiencia sensorial – en cada momento estamos viendo imágenes, escuchando sonidos, sintiendo sensaciones físicas y demás.
  • Factores mentales básicos – siempre hay un grado de atención, concentración, interés, cansancio, etc.
  • Emociones – diversas emociones acompañan cada momento. Podrían ser positivas, como el amor, la paciencia y la compasión, o negativas, como el enojo, la codicia y la envidia.
  • Sensación – siempre sentimos algún nivel de felicidad o infelicidad. Quizás no sea una sensación muy fuerte, pero siempre está ahí.
  • Compulsión – muchos de nosotros experimentamos una cierta compulsión de actuar o hablar de una cierta manera, misma que, si bien quizás sentimos que controlamos de forma consciente, a menudo está condicionada por nuestros hábitos, crianza, ambiente y demás.  

Todos estos factores están cambiando a diferentes ritmos, todo el tiempo, y son lo que constituye nuestra experiencia subjetiva momento a momento. Esta continuidad ocurre desde que nacemos hasta que morimos.

¿Cómo lo experimentamos? Cada uno de nosotros lo experimenta en términos de “yo”. Imputamos un “yo” en términos de esta base siempre cambiante, lo cual es interesante analizar. ¿Hay algo en ella que sea siempre lo mismo? Ves una fotografía de cuando eras bebé y dices “ese soy yo”; una de cuando eras adolescente y dices: “ese soy yo”, y una como adulto y dices: “ese también soy yo”. ¿Qué estamos reconociendo en términos de este “yo”? Realmente no hay nada sólido acerca del “yo” que estemos identificando en cada una de esas fotografías; sin embargo, sigo siendo yo, no tú. Así que imputamos este “yo” en una larga continuidad de momentos de experiencia, una vida entera, así como imputamos un año en una continuidad de 365 días.  

Si mantenemos esta idea fluida de cada momento: “ahora estoy haciendo esto, ahora estoy haciendo aquello, ahora estoy experimentando esto, ahora estoy experimentando eso” a esto le llamaríamos “yo” convencional. Sobre esa base, podemos tener un sentido saludable del yo. El problema surge cuando tenemos una idea fija de un “yo” sólido y nos identificamos con una fotografía en esta larga serie de experiencias a lo largo de una vida. Es como si congeláramos la película de una vida y nos identificáramos con ese solo cuadro o con una pequeña parte de él, mientras ese cuadro cambia ocasionalmente. 

En lenguaje común, diríamos que nos estamos fijando a nosotros mismos en una cierta identidad de quien creemos que somos. Podría ser “soy una persona joven con un cuerpo fuerte y atractivo”, lo cual quizás no siempre se ajuste a lo que de hecho experimentamos, produciéndonos insatisfacción. Nos vemos en el espejo o nos pesamos y pensamos: “Ese no soy yo, no es posible que pese tanto”. Por otro lado, podríamos identificarnos con nuestra inteligencia, nuestro dinero, nuestra actividad; la lista sigue.

Un buen ejemplo de esto es que, cuando estamos en una relación, a menudo basamos nuestra identidad como miembros de esa pareja. Esta es una escena en la película de nuestra vida, pero entonces la otra persona termina la relación y sufrimos tremendamente porque aún sostenemos la identidad de ser un miembro de esa pareja, aun si ya no lo somos. La única manera de superarlo es tener más y más experiencias después de la ruptura, de tal forma que tengamos algo nuevo sobre lo que imputar nuestro sentido de “yo”: “Ahora este es quien soy”. Hasta que tengamos una cierta cantidad de experiencia post-relación en la que podamos pensar en términos de “yo” y “mi vida”, aún estaremos atrapados pensando en nosotros mismos en términos de ser miembros de una pareja.

Este método de ampliar la base para imputar el “yo” es útil en términos, no solo de nosotros mismos, sino también de los demás. Tendemos a pensar que, si tenemos un amigo cercano, un amante o algo, somos los únicos en su vida y que siempre deberían estar disponibles para nosotros, perdiendo de vista el hecho de que tienen otros amigos y que les están sucediendo cosas. Así, cuando no nos llaman no saltamos inmediatamente a la conclusión de que no nos aman, sino que nos damos cuenta de que quizás les estén sucediendo otras cosas en la vida. Ampliamos nuestra base de imputarlos no solo con respecto a su relación con nosotros y no solo sobre la base de este incidente de no llamar, sino que incluimos todo y a todos los que integran su vida también.

Podríamos incluso utilizar un análisis lógico budista para ayudarnos en esta situación. ¿Cuáles son las inclusiones entre los dos conjuntos de “mi amigo no me llama” y “mi amigo no me ama”?

  • Podría ser que mi amigo me llama y me ama.
  • O mi amigo me llama y no me ama.
  • O que no me llama ni me ama.
  • O que no me llama, pero aún me ama.

Así que, si mi amigo no me llama, existe la posibilidad de que aún me ame. Entonces examinamos, ¿por qué no me habrá llamado mi amigo? Podría ser por otras razones además de que no me ama. Podría ser que está ocupado. Podría ser que su teléfono no funciona. Podría ser que la batería de su teléfono no está cargada. Podría ser por muchas razones. Así que es ilógico concluir que mi amigo no me ama. El solo hecho de que no me llame no prueba que mi amigo no me ama. Esa es una línea de razonamiento inválida. Esa es la lógica budista.

Desarrollar un sentido saludable del “yo”

Para poder desarrollar un ego saludable o un sentido saludable del “yo”, necesitamos ser capaces de imputar “yo” en términos de lo que está sucediendo ahora y no quedarnos pegados a memorias del pasado o a visiones del futuro. Ese es el principio general. Los términos técnicos son un “yo” y “una base de imputación de un yo”. La base son los momentos de nuestra experiencia. 

Viendo toda la continuidad de nuestra vida hasta ahora, hemos experimentado y hemos sido influenciados por todo lo que ha sucedido en ella, sea que lo recordemos o no. Esto significa que hemos sido influenciados por todos los diversos miembros de nuestra familia y amigos, y por nuestras escuelas, maestros y todas las diferentes cosas que hemos aprendido. Hemos sido influenciados por todos los trabajos que hemos tenido. Hemos sido influenciados por los medios de comunicación y el entretenimiento que hemos visto. Hemos sido influenciados por todos los diferentes lugares en los que hemos vivido y a los que hemos viajado. Nuestra vida – la vida de todos – está llena de una enorme cantidad de experiencias e influencias, mismas que afectan lo que ahora sentimos: cómo pensamos, nos comportamos y hablamos. Todo ello ejerce una influencia, quizás no todo en cada momento, pero toda la vasta extensión de experiencias se une para moldear nuestra forma de ser.

Una de las principales fuentes de problemas es cuando no nos damos cuenta de todas estas influencias que afectan esa forma de pensar, hablar y comportarnos, o cuando nos identificamos fuertemente con una influencia particular por encima de otras. También existen influencias inconscientes que no reconocemos y ciertas influencias de las que estamos en activa negación. 

Todo el proceso de integrar los diversos aspectos de nuestra vida tiene que ver con tener una aproximación más holística, al tratar de darnos cuenta de todas las influencias que tenemos e integrarlas en una imagen holística. De esa forma, conforme sucedan más y más experiencias en nuestra vida, la base sobre la cual imputamos el “yo” también continuará creciendo. Aunque lo que está sucediendo es solo un momento a la vez y nosotros estamos imputando el “yo” en ese momento, sin embargo, la influencia de toda nuestra vida estará presente en ese momento. 

Tengo conocimiento de algunas terapias en las que tratamos de identificar las influencias negativas que hemos tenido, por ejemplo, de nuestros padres. Haces una lista de los hábitos y cosas que provienen de tu madre y otra de las que provienen de tu padre, y tratas de ser consciente de eso. El enfoque, por lo general, es sobre los aspectos negativos, pero algunas veces también incluye cosas neutras, como que me gusta mantener mi casa impecable o que me gusta tirar o no tirar cosas, que me gusta comer a cierta hora; esas son cosas neutras, ¿no es así? 

Pero estas cosas negativas y neutras son solo parte de la imagen. También es muy importante darnos cuenta de todas las cosas positivas que hemos aprendido o por las que hemos sido influenciados por nuestros padres, así como por el resto de nuestra familia y amigos, escuelas, trabajos y demás. 

Hay una tendencia natural de las personas a querer ser leales: leales a su familia, leales a su trabajo u ocupación, leales a su género, leales a muchas cosas diferentes. Lo que sucede es que de manera inconsciente somos leales a aspectos negativos. Así que, si nuestros padres siempre nos están diciendo que no somos buenos, con toda seguridad actuaremos de forma terrible, en cierto sentido para aceptar que, efectivamente, no somos buenos. Sin embargo, no es útil ser leales a aspectos negativos, ¿no es cierto? Por supuesto que no podemos solo negar estas influencias, pero de hecho no hace ningún bien quejarse acerca de ellas. Si bien es algo que necesita ser reconocido: “bien, tengo estas influencias negativas”, realmente no ayuda en nada culpar a los padres o a la escuela o a la sociedad por las cosas negativas que heredamos de ellos. 

Así que lo reconocemos y tratamos de entenderlo. Pero ¿luego qué? El punto es no exagerar ni obsesionarse con ello. Podemos ver que hemos tenido influencias negativas y entender que no es algo que queramos perpetuar. En lugar de ello, deberíamos tratar de enfatizar los aspectos positivos que hemos heredado. Si lo hacemos, automáticamente tendremos una actitud muy positiva, una de gratitud en lugar de culpa. Si pensamos que nuestros padres no fueron buenos, entonces ¿a qué dan nacimiento los malos padres? ¡A niños no buenos! Incluso si esto es inconsciente, muy probablemente es lo que pensaremos, lo cual nos conducirá a todo tipo de problemas de falta de autoconfianza y baja autoestima.

Por supuesto, existen excepciones – aquellos que pueden sobreponerse a cualquier cosa. Pero estoy hablando de lo que sucede la mayoría de las veces. Tratar de tener una actitud positiva acerca de las cosas que hemos heredado de nuestros padres, amigos, escuela y sociedad, nos dará una perspectiva más positiva de nosotros mismos, lo cual conduce a la autoconfianza. Con ello -siempre y cuando no exageremos ese “yo” hasta pensar “¡soy maravilloso!”, sino que lo mantengamos en un nivel realista- tendremos un ego saludable, en sentido saludable del yo.

Integrar los diferentes aspectos de nuestra vida

Este sentido de respeto por nosotros mismos es un factor muy importante. Podemos aprender a desarrollar esto y la autoconfianza, al integrar los diversos factores, particularmente los positivos, en nuestra vida.

Considerar las diversas esferas una por una

Un método sencillo es revisar, una por una, las diversas esferas que nos han influenciado:

  • Cada uno de los miembros individuales de nuestra familia, así como nuestros amigos, de la infancia hasta el presente.
  • Nuestro país de origen o la región a la que pertenecemos, y la cultura y la religión (o falta de religión) en la que crecimos.
  • Los principales campos de estudio que hemos aprendido en la vida, y los deportes que hemos practicado.
  • Nuestros maestros, aquellos de quienes hemos aprendido algo significativo en nuestra vida, sea espiritual o no espiritual.
  • Las diversas parejas con las que hemos tenido una relación y los hijos que tuvimos con ellas.
  • Eventos significativos que han sucedido en nuestra vida, por ejemplo, un accidente, una enfermedad grave o ganarnos la lotería.
  • Los diferentes trabajos y los lugares en los que hemos trabajado, y nuestros compañeros de trabajo.
  • Nuestra situación económica, buena y mala.

Hay toda una larga lista de cosas que han conformado nuestras experiencias a lo largo de nuestra vida, y que han influido la forma en que somos ahora y cómo enfrentamos las cosas.

Tomamos una a la vez y pensamos primero en las influencias negativas. Es importante no negarlas, pero luego las soltamos, sabiendo que no tiene sentido quejarnos de ellas porque eso no sirve de nada. Después observamos las cosas positivas que hemos obtenido y, al ver que son importantes y útiles para nosotros en nuestra vida, decidimos ser leales a ellas, en lugar de ser leales de forma inconsciente a los aspectos negativos.

Aquietar la mente primero

Antes de hacer esto, es bueno aquietar nuestra mente de tal forma que tengamos mayor claridad para pensar en estas cosas. Necesitamos entrenarnos en simplemente soltar los pensamientos y las sensaciones compulsivas, particularmente los pensamientos y las sensaciones negativas que surjan. Cuando evocamos las cosas negativas que nos han influenciado, es fácil que nos quedemos atrapados en ellas: “Eso fue tan terrible, esa persona es horrorosa, me lastimó tanto”, y continuamos en un espiral de diálogo interno que tiene una fuerza muy convincente. Es necesario aquietarnos de tal forma que podamos enfocarnos en las cosas positivas. 

También existen muchos métodos que se sugieren para el entrenamiento budista, pero el más fácil es uno que se llama “dejar ir”. Haces un puño con tu mano y luego la abres y dejas ir. Mientras haces este gesto, haces algo similar con tu mente, imaginando que tu mente es como el puño, el cual se está aferrando fuertemente a un pensamiento compulsivo, mismo que después relajas y dejas ir. Por supuesto, es posible que el pensamiento perturbador regrese inmediatamente, así que quizás necesites repetirlo.

Otro método es observar tu mente – toda la esfera de pensamientos y emociones – como un vasto océano. Los pensamientos negativos son como olas agitadas en la superficie, pero nosotros somos todo el océano, y las olas no perturban las profundidades. No queremos ser como un bote en la superficie que es arrastrado por las olas, pero tampoco como un submarino en las profundidades tratando de evitarlas. Pensar que estos pensamientos son una pequeña parte de todo el océano puede ayudarnos a tranquilizarnos.

Reafirmar el deseo de ser feliz

El siguiente pensamiento que necesitamos tener es: “Quiero ser feliz. Todos quieren ser felices y nadie quiere ser infeliz. Tengo sentimientos y emociones, como todos los demás. Así como la forma en la que otras personas me tratan afectan cómo me siento, la forma en que me trato afecta cómo me siento. Así que ¿por qué ser autodestructivos? No es que sea malo y necesite castigarme a mí mismo. Eso es tonto. ¿Quién sufre por eso además de mí mismo? No ayuda en absoluto. Si quiero ser feliz, entonces necesito actuar de una forma positiva que me traiga felicidad”. 

Esta idea de que “todos quieren ser felices, nadie quiere ser infeliz”, es un axioma básico dentro de las enseñanzas budistas. Si piensan en ello, realmente tiene sentido. La definición de “felicidad” en los textos budistas es “una sensación que, cuando sucede, no quieres separarte de ella y quieres que continúe”. “Infelicidad” es “una sensación que, cuando la experimentas, quieres ser alejado de ella y quieres que termine”. Todo el instinto de supervivencia, el instinto de continuar, la preservación de las especies, está basada en eso. ¿Qué quieres que continúe? Quieres seguir siendo feliz, y el hecho de que quieras continuar es una demostración de que quieres ser feliz, porque la felicidad es continuar. Así que esto se toma como un axioma básico desde la biología.

Es interesante. Quizás quieras castigarte a ti mismo y hacerte sentir infeliz, así que metes tu mano al fuego. Pero el instinto es sacar tu mano y tendrías que esforzarte denodadamente para superar eso, lo cual muestra que tenemos esta tendencia natural de no querer la infelicidad sino la felicidad.

Así que pensamos en las cosas positivas que hemos obtenido de quien sea o de cualquiera que sea el tema de nuestra sesión particular, con una actitud de valoración y gratitud. Si es una persona de nuestra vida, podría ser en términos de cómo esa persona nos trató directamente, como nuestros padres que nos criaron, o maestros que nos enseñaron algo muy útil. No solo identificamos las buenas cualidades en el otro, sino que también revisamos si las tenemos en nosotros mismos.

Imaginar que la influencia positiva entra en nosotros en forma de luz amarilla

Mientras llevamos a cabo este proceso puede ser útil tener una fotografía de la persona, pero también podemos solo imaginarla. Podemos adoptar una visualización budista en esto, con la que imaginamos que una luz amarilla emana de ellos y entra en nosotros, llenándonos con su inspiración para desarrollar esas buenas cualidades aún más. La visualización realmente ayuda para facilitarnos el desarrollar cierto estado mental. Para avanzar aún más con esto, imaginas que la luz amarilla emana de ti, inspirando a otros, tus hijos, tu familia, tus compañeros de trabajo o al mundo entero si así lo deseas, para que ellos se desarrollen también.

Integrar todas estas influencias

Una vez que hemos atravesado este proceso con cada una de las categorías de influencia, las integramos todas de forma holística. Conectamos la influencia de nuestra madre y de nuestro padre. Hacemos esto con nuestros hermanos y hermanas, nuestros amigos, nuestra escuela y demás. ¿Qué cosas positivas obtuvimos de aprender matemáticas en la escuela? Quizás no las utilicemos en nuestro trabajo actual, pero ¿me ha ayudado en la vida? Necesitamos deshacernos de la sensación de que algo en nuestra vida ha sido una pérdida de tiempo. Nada fue una pérdida de tiempo, porque siempre hubo algo de lo que nos beneficiamos. Incluso las cosas más difíciles que atravesamos en la vida pueden brindarnos lecciones para nuestro crecimiento y darnos la fortaleza para lidiar con otras dificultades. Eso es algo positivo que podemos sacar de cualquier cosa.

El objetivo del entrenamiento es tener una visión holística de nosotros mismos, con una base amplia para imputar y pensar acerca de “mí”. Sobre esta base, aunque vemos que hay cosas negativas que nos han influenciado, no son las que queremos enfatizar.  Hacemos una decisión consciente de enfocarnos en las positivas.

Hacer una lista

Si te ayuda ser un poco más organizado u organizada, puedes hacer una lista conforme avanzas. Por ejemplo:

  • Estas son cosas positivas que heredé de mi madre; estas son las que heredé de mi padre.
  • Esta fue la influencia positiva en mi vida mientras crecí – para aquellos que tengan la edad suficiente – en la Unión Soviética.
  • Esta es la influencia positiva en mí de la situación económica actual.

Especificamos todos estos puntos, como si se tratara de una tarea escolar. Es parte de todo el proceso que en lenguaje simple se conoce como “conocernos a nosotros mismos”. Cuando realmente nos conocemos a nosotros mismos, entonces somos capaces de distinguir entre lo que es positivo y lo que es negativo, qué quiero enfatizar y qué quiero disminuir. Así, obtenemos una visión holística de nosotros mismos.

Usar el modelo de un mandala

Otro modelo que podemos utilizar para relacionar todas estas influencias e integrarlas, lo cual es un poquito más gráfico, es un mandala. En un mandala en el que hay muchas figuras, somos el todo. Somos todas ellas. No somos solo la figura central, somos todo. Esto proviene del modelo de nuestro cuerpo: nuestro cuerpo no es solo el sistema digestivo, también es el sistema circulatorio, el sistema nervioso y demás, somos todos ellos.

Empezamos por identificar las influencias positivas que hemos recibido de, digamos, ocho esferas en nuestra vida – por ejemplo: familia, amigos, parejas, campos de estudio, trabajos, lugares en los que hemos vivido y religión. Estoy seguro de que podríamos pensar en muchos más, como los talentos que tenemos. Podríamos incluso enfocarnos solo en una de estas esferas y dividirla en ocho partes, como podríamos dividir la familia en la mamá, cada uno de nuestros hermanos y, si estamos casados y tenemos hijos, todos ellos también. Entonces representas cada una de estas esferas con una imagen mental de una persona o algo que representa esa esfera, y las acomodas alrededor de ti en la forma de un mandala. Tú estás en el centro. Si es demasiado difícil de imaginar, puedes imaginarlos a todos acomodados delante de ti. Después imaginas que esa influencia positiva en la forma de luz amarilla, como hicimos antes, viene hacia ti proveniente de todos ellos en un instante. Siente que eres ahora el conjunto completo, el mandala completo de emociones positivas – este soy “yo”.  Concluye pensando: “Esto es lo que quiero continuar; esto es lo que quiero ofrecerle al mundo”. Este método no es la cosa más sencilla del mundo, pero si lo hacemos es sumamente edificante.