9 perspectivas para desarrollar una actitud positiva hacia nosotros mismos

Repaso

En nuestra discusión acerca de cómo equilibrar nuestras actitudes hacia nosotros mismos, hemos cubierto los diversos ejercicios que nos ayudan a desarrollar ecuanimidad -específicamente, ecuanimidad hacia nosotros mismos en términos de lo que hemos hecho en nuestra vida, en términos de cómo nos consideramos y tratamos a nosotros mismos, y en términos de diferentes aspectos de nuestro cuerpo y personalidad. Cuando hablamos de ecuanimidad en este contexto, nos estamos refiriendo a un estado mental que está libre de actitudes o emociones perturbadoras. Eso se refiere a un estado mental que está libre de aversión o repulsión (no nos gustamos, tenemos una actitud negativa hacia nosotros mismos); por otro lado, también está libre de atracción (estamos enamorados de nosotros mismos, “soy maravilloso”), y también libre de ingenuidad, con la que nos consideramos poca cosa e ignoramos nuestras necesidades. Pero debemos tener cuidado de no malinterpretarlo como un estado mental totalmente desprovisto de emociones; no significa eso en absoluto.

El problema tiene que ver con el marco conceptual. En nuestras lenguas occidentales, tenemos el concepto de emociones, e incluimos una gran cantidad de cosas dentro de la categoría de “emociones”. Pero en las tradiciones tibetana y sánscrita, no hay una categoría conceptual que sea equivalente a “emociones”, no hay una palabra para emociones. En lugar de ello, se habla en términos de factores mentales, los cuales incluyen aspectos casi mecánicos, como la atención, la concentración y el interés.  Después tenemos estados mentales perturbadores, algunos destructivos, como el enojo y la avaricia, y otros constructivos, como el amor, la paciencia y la perseverancia. Estos son los tipos de categorías que existen. Nosotros consideraríamos como emociones algunos elementos de esas categorías, tales como las actitudes constructivas, destructivas y perturbadoras, y algunos elementos no, como el vaivén indeciso, la vacilación: “¿debería hacer esto, debería hacer aquello?”. ¿Eso es una emoción? ¿Cómo la llamaríamos en nuestro marco conceptual occidental? Es confuso debido a los diferentes esquemas que se utilizan para analizar nuestra mente, porque cuando escuchamos la palabra “ecuanimidad” pensamos que significa no tener emociones en absoluto.

En nuestra discusión sobre desarrollar ecuanimidad hacia nosotros mismos, no estamos hablando de deshacernos de lo que podríamos llamar emociones positivas, como la paciencia, el entusiasmo, el amor, la compasión, la generosidad y demás; todo eso está bien. No nos causan problemas, aunque, por supuesto, pueden estar mezcladas con emociones perturbadoras: mezclado con el amor, también podríamos tener apego. Por lo tanto, necesitamos diferenciar entre emociones constructivas y destructivas, y más específicamente, lo que llamaríamos “emociones perturbadoras”. No hay necesidad ahora de abordar la diferencia técnica.

Si observamos estos tres aspectos problemáticos que mencioné, que son básicamente el enojo, el apego y la ingenuidad, lo que tenemos con el apego y el enojo es una exageración. Con el enojo, y en este contexto estamos hablando del que dirigimos hacia nosotros mismos (“realmente no me gusto a mí mismo”), lo que estamos haciendo es exagerar aspectos negativos (por ejemplo, los fracasos, los defectos de nuestra personalidad o nuestro mal humor). Los exageramos, los convertimos en algo sólido y casi en una especie de monstruo, y perdemos totalmente de vista todas las cosas positivas con las que podríamos contrarrestarlas: nuestro éxito, por ejemplo, o los aspectos fuertes de nuestra personalidad.

Cuanto tenemos apego y tenemos una opinión muy elevada de nosotros mismos, hacemos justamente lo contrario. Convertimos nuestras cualidades o las cosas positivas que nos han sucedido en la vida en una cosa sólida, y las exageramos e ignoramos los aspectos negativos.  

Cuando tenemos ingenuidad y consideramos que no somos nadie e ignoramos nuestras necesidades, nos vamos al otro extremo y negamos cualquier cualidad que podamos tener, sea positiva o negativa. Incluso negamos que seamos seres humanos y que tengamos derechos.   

Con la ecuanimidad, tratamos de tener una perspectiva más objetiva de nosotros mismos, de nuestra vida, etc., sin exagerar ni negar ningún aspecto. Aceptamos que esta es nuestra realidad y que ninguno de esos aspectos es sólido, congelado y eterno. Podemos trabajar con nosotros mismos, podemos mejorar, pero primero tenemos que aceptar cuál es la verdadera situación ahora. Tener esta perspectiva más objetiva de nosotros mismos de ninguna manera bloquea nuestras emociones positivas, como el amor, la amabilidad, la compasión, la paciencia, el entusiasmo, etc. De hecho, hace que sea mucho más fácil tener estas sensaciones positivas, porque cuando estamos bajo la influencia de las emociones perturbadoras, particularmente dirigidas hacia nosotros mismos, éstas funcionan como un bloqueo. Cuando tenemos enojo hacia nosotros mismos, cuando no nos gustamos, eso puede bloquear nuestra capacidad de tener una sensación cálida hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Desarrollar una actitud positiva y saludable hacia nosotros mismos

Vayamos con las siguientes etapas del entrenamiento. Ahora que tenemos una base de ecuanimidad, es decir, que estamos calmados en términos de las emociones perturbadoras hacia nosotros mismos, podemos trabajar en tratar de ser más amables y tener una actitud más positiva y saludable con nosotros mismos. Para ello, deseamos tratar de equilibrar nuestra actitud hacia nosotros mismos a lo largo de nuestra vida.   

Hemos discutido la diferencia entre el “yo” convencional, que realmente existe – estoy aquí, estoy haciendo esto, etc. – y el “yo” falso, que es esta persona horrible que no me gusta, o esta persona maravillosa de la que estoy enamorada, o esta persona insignificante que ignoro. Cuando desarrollamos una actitud más positiva y más amable hacia nosotros mismos, está dirigida hacia el “yo” convencional, no al “yo” falso. No se refiere a decir: “bueno, no me gusto, pero trataré de ser más amable conmigo mismo, me toleraré”. O “estoy tan enamorado de mí que seré aún más amable conmigo mismo y me consentiré aún más”. No estamos hablando de eso. O “me da mucha lástima este pobre yo insignificante; le tendré un poco de compasión por lástima, pero dentro de mí sé que no lo merezco”. Todas esas actitudes aún están dirigidas al “yo” falso.

Así que para desarrollar una actitud más positiva hacia nuestro “yo” convencional, necesitamos pensar en términos de toda nuestra vida. Desde una perspectiva budista, pensaríamos en muchas vidas, pero en una visión más ligera de ello, podemos pensar sólo en términos de esta vida. Existen algunos pensamientos budistas básicos que podemos aplicar en este punto: “Tengo un precioso renacimiento humano. Tengo oportunidades para ser capaz de mejorarme a mí mismo. Aun si nací en una familia muy pobre, en una parte difícil del mundo, en medio de una guerra, de cualquier forma soy un ser humano, tengo una mente, tengo emociones, tengo los materiales de trabajo para tratar de mejorar”. Incluso si externamente nos encontramos en situaciones de vida difíciles, en términos de nuestro medio ambiente, nuestra sociedad, e incluso si tenemos algunos problemas de salud, aun así, estamos vivos. Somos seres humanos, no insectos. Y tenemos interés en ser capaces de desarrollarnos de una forma que podríamos llamar más “espiritual”, no sólo en el sentido de ganar más dinero.  

Nueve perspectivas

Existen nueve diferentes puntos de vista a través de los cuales podemos observarnos y equilibrar nuestras actitudes hacia nosotros mismos. Esto es ligeramente diferente de la ecuanimidad que discutimos con anterioridad. La ecuanimidad que es el primer paso es un estado mental que está libre de emociones perturbadoras hacia nosotros mismos. Ahora estamos hablando de cómo desarrollar una actitud similar de amabilidad, una actitud positiva hacia nosotros mismos en todas las situaciones. El énfasis aquí es ligeramente diferente. ¿Cómo podemos ser más amables con nosotros mismos? Y no nos referimos a una amabilidad consentidora, sino a una forma más saludable, ser más positivos hacia nosotros mismos en el sentido de cuidarnos, comer apropiadamente, dormir apropiadamente, establecer límites de lo que podemos hacer, y así sucesivamente.

Por cierto, establecer límites tiene dos significados en este contexto. Uno es ser capaz de decir que no cuando algo es realmente destructivo o dañino, sea en términos de lo que otra persona nos está haciendo, por ejemplo, en una relación no saludable, o en términos de involucrarnos en una actividad que es muy peligrosa y que carece de sentido. Significa ser capaces de decir que no. La otra variante es establecer límites cuando algo es simplemente demasiado en términos de trabajo, de obligaciones y horarios, etc. Es demasiado, y si continuamos de esa forma será perjudicial para nosotros. Significa ser capaces de decir: “¡Es suficiente! No puedo hacer nada más, necesito tomar un descanso”.  

Esta segunda variante, saber cuándo tomar un descanso, es muy importante para desarrollar entusiasmo. Si nunca tomamos un descanso, si nunca reposamos, nuestro entusiasmo decrece y no deseamos continuar cuando volvemos a nuestro trabajo. Por otro lado, no queremos tratarnos siempre como si fuéramos un bebé. Por ejemplo, mi propio maestro, Serkong Rinpoche, a quien solía traducir, siempre me hacía continuar cinco minutos más cuando yo ya estaba muy cansado y sentía que no podía seguir. Siempre me dijo que, sin importar qué tan cansados estemos, siempre podemos hacer cinco minutos más. No podemos hacer una hora más, pero sí cinco minutos más, de tal forma que nuestros límites y nuestra resistencia se incrementan. De esta forma, no permaneces siempre siendo un bebé; maduras. Sea que trabajemos haciendo traducciones o que nos entrenemos en algún deporte, o lo que sea que hagamos, me parece que esa es una política muy útil; al menos, lo fue para mí.  

1. Ha habido momentos en los que he tenido una actitud positiva hacia mí mismo

La primera de estas nueve perspectivas es pensar: “En diversas épocas de mi vida he sido amable conmigo mismo, cuando era niño, adolescente o lo que sea. Ha habido momentos en los que, de hecho, he sido amable conmigo mismo. Sea que haya sido amable y haya tenido una actitud positiva hacia mí mismo en algún punto de mi vida hace quince minutos o quince años, aun así, fui amable conmigo mismo. Es sólo un asunto de diferencias temporales, pero el objetivo era ‘yo’. Así, es un hecho que he sido amable conmigo mismo y que me sentido bien acerca de mí. La conclusión a la que puedo llegar es que soy capaz de ello”.  

Pensemos en ello: no hace ninguna diferencia cuándo tuvimos esta actitud positiva hacia nosotros mismos y nos tratamos con amabilidad. La tuvimos en algún momento o en varios momentos de nuestra vida, así que somos capaces de hacerlo.

[Pausa para práctica]

2. He tenido más una actitud positiva hacia mí mismo que una actitud negativa

El segundo punto es que podemos objetar y pensar: “Bueno, sólo he tenido una actitud positiva algunas veces. La mayoría del tiempo he sido bastante negativo y no me he gustado en absoluto”. Pero si pensamos acerca de ello, veremos que nuestra amabilidad ha sido mayor y más frecuente que las ocasiones en las que nos hemos tratado mal. Después de todo, nos hemos alimentado todos los días de nuestra vida (excepto cuando éramos un bebé y nuestra madre nos alimentaba), nos hemos cepillado los dientes, hemos dormido; hemos hecho lo que ha sido necesario para cuidarnos y satisfacer nuestras necesidades básicas; de otra forma, no estaríamos vivos. Aunque quizás podamos trivializar estas cosas, en realidad son muy importantes. No importa qué tan negativamente podamos habernos sentido acerca de nosotros mismos, aún así comimos, dormimos, nos vestimos y lidiamos con la vida, ¿no es así? Así que, si lo analizamos, ese hecho está basado, o es una demostración de nuestra amabilidad hacia nosotros mismos. Desde esa perspectiva, hemos sido amables con nosotros más frecuentemente de lo que nos hemos tratado mal. “Es posible que no haya comido la mejor dieta, pero comí algo. Es posible que no haya dormido lo suficiente, pero dormí”. Por favor, piensen en ello.

[Pausa para práctica]

Si lo analizamos, es muy interesante por qué tendemos a enfatizar los incidentes o periodos en los que nos hemos tratado mal. Me parece que es porque hay un componente emocional muy fuerte, uno perturbador, a diferencia de los momentos en los que solamente nos alimentamos (no hay una gran emoción en eso, ¿o sí?). Debido a que la emoción es más fuerte, particularmente si es una emoción perturbadora, en un sentido tendemos a contarla o considerarla como más real, lo cual es a todas luces absurdo. ¿Cómo puede un incidente de nuestra vida ser más real que cualquier otro? Todos acontecieron.

Se me ocurren muchos ejemplos en los que nos hemos tratado mal y que, debido a la fuerte emoción perturbadora involucrada, nos parecieron más reales que otros aspectos de nuestra vida que son menos dramáticos. Por ejemplo, estamos en una relación insana en la cual existe abuso. La otra persona nos trata mal o nos habla con desprecio y demás; no tiene que ser necesariamente que seamos golpeados. Generalmente, nuestra permanencia en ese tipo de relación está basada en una gran cantidad de apego e inseguridad. Estamos tan apegados que no queremos decir que no porque tememos ser abandonados. “Pobre de mí, me quedaré sin nada”. Cuando pensamos en nuestra vida, tales aspectos negativos parecen más importantes que el hecho de que cepillamos diariamente nuestros dientes y fuimos a la escuela.  

Otro ejemplo son las personas que comen tanto que padecen obesidad. Por lo general, tienen una actitud negativa hacia sí mismas y la ingenuidad de que, de alguna manera, podrán superarlo por el placer de comer. Esto es muy ingenuo y también está mezclado con apego, pero está basado en una muy baja autoestima, una actitud muy negativa hacia sí mismos. O consideremos la anorexia o la bulimia, estos síndromes en los que te matas de hambre o vomitas después de comer. También están basados en una autoestima muy baja. “Tengo que ser perfecto, no soy perfecto”. Las personas tienen una idea bastante distorsionada de lo que es la perfección y después se tratan muy mal a sí mismas con un desorden alimenticio con el fin de ajustarse a esa idea distorsionada.

Como dije, a pesar de que las veces en las que nos hemos tratado amablemente y nos hemos cuidado no han sido tan dramáticas emocionalmente, no son menos reales que los incidentes emocionales más dramáticos. Si lo vemos objetivamente, superan por mucho las ocasiones en las que hemos sido negativos con nosotros mismos. Pensemos en eso por un momento antes de continuar.
[Pausa para práctica]

Cuando comparamos ser amables con nosotros mismos con tratarnos mal, ¿estamos hablando de lo que sucede cuando hemos consumido drogas, alcohol o cigarros, y hemos comprendido cuán autodestructivas son esas acciones? Pero en mi caso, fumar cigarros, tengo una división en mi mente: una parte de mí dice: “¡no lo hagas!”, y otra parte dice: “está bien, hazlo, fuma un cigarro. Quizás hoy es un mal día para dejar de fumar”. ¿Qué es eso?

En una situación en la que estamos haciendo algo autodestructivo, como consumir drogas, alcohol o fumar, podríamos tener dos actitudes en conflicto. Una es que discriminamos que la acción es destructiva, que es dañina. Pero, por otro lado, tenemos apego, el cual exagera cualquier cualidad o efectos positivos que obtengamos de las sustancias e ignora los inconvenientes. Desde la perspectiva budista, analizaríamos los factores mentales involucrados en ese estado mental particular. Tenemos el darse cuenta que discrimina de que fumar es malo para nosotros, pero también le tenemos apego. No sólo el darse cuenta que discrimina no es más fuerte que el apego, sino que el apego parece ser más fuerte (todos estos factores mentales tienen un espectro que va de ser muy débiles a muy fuertes).

En este estado mental también está presente el vaivén indeciso: “¿debería dejar de fumar?”, “¿debería o no debería de tomar otro trago?”. Así que hay indecisión, no estás seguro de qué hacer, que es un estado mental intranquilo. Y también tenemos un autocontrol o disciplina muy débil, disciplina para decir que no al apego y para ir en la dirección del darse cuenta que discrimina que entiende que eso es dañino para mí.

En este caso, necesitamos fortalecer nuestro darse cuenta que discrimina, lo cual significa reafirmarlo, recordarlo, tener presencial mental de él; la presencia mental es el pegamento mental que te fija a él y te ayuda a recordarlo. Además, necesitamos poner mayor énfasis en la disciplina, la autodisciplina de que, aun si tengo ganas de fumarme otro cigarro o de beberme otra copa, ¿eso qué? Eso es sólo la fuerza del hábito y no voy a ser un esclavo de eso. Shantideva, un gran maestro budista indio, lo dijo muy bien. Para parafrasearlo, dijo -en nuestra mente, hablándole a nuestras emociones perturbadoras-: “He sido su esclavo durante demasiado tiempo. Me han causado suficientes problemas y me han hecho suficiente daño a lo largo del tiempo. Se ha terminado el tiempo de que me causen todos estos problemas”.  

Decir “¡ya basta!” requiere de una gran fuerza de voluntad. Por supuesto que no es fácil, pero realmente es la única forma, de inicio, para detener un hábito autodestructivo como fumar. Por supuesto, tenemos que profundizar en el asunto y encontrar lo que está detrás de nuestra emoción perturbadora, pero el primer paso es sólo disciplina, sólo autocontrol, sólo decir “¡basta!”. No importa que tenga ganas de beber otra copa, “¿y eso qué?”, o cualquiera que sea la situación. “Realmente me gustaría comer otro pedazo de pastel, pero entiendo que realmente sólo estoy actuando por gula, realmente estoy satisfecho y he tenido suficiente”. Y entonces dices que no, aunque por supuesto que te encantaría comer otro pedazo. “Me encantaría quedarme más tiempo en la cama por las mañanas, pero tengo que levantarme”. Podemos referirnos a muchos ejemplos de nuestra vida para confirmar que sí tenemos la habilidad de ejercer el autocontrol, aunque nos gustaría quedarnos más tiempo en cama.

Verás, tu pregunta realmente es acerca del primero de los nueve puntos: reafimar que sí tenemos la habilidad de ser amables con nosotros mismos. Algunas veces pensamos: “soy incapaz”, pero no somos incapaces. Es sólo que trivializamos los ejemplos en los que hemos sido capaces.  

3. Debería tener una actitud positiva porque puedo morir en cualquier momento

El tercer punto para desarrollar esta actitud equilibrada hacia nosotros mismos es pensar en la muerte, específicamente pensar que la muerte puede llegar en cualquier momento. Y esto es cierto: podríamos morir en cualquier instante, no tenemos que estar enfermos, podríamos ser atropellados por un camión en cualquier momento.

Así que pensamos: “Supongamos que estos son mis últimos minutos, mi última hora”. Digamos que soy un prisionero a punto de ser ejecutado; no tenemos que ser criminales, podría ser que estamos en una guerra y vamos a ser asesinados. ¿Cómo queremos pasar nuestra última hora? ¿Deseo pasarla sólo pensando con autodesprecio en lo horrible que he sido y soy? ¿O con autocomplacencia: acaso esta última hora que me queda de vida me atascaré de helado o tendré tanto sexo como pueda? ¿O ignoraré mi necesidad de tener un estado mental calmado, en vista de que seré asesinado: ¿simplemente seguiré leyendo un libro, por ejemplo, o una revista de modas? ¿Es así como pasaré la última hora de mi vida? ¿O veré televisión en un estado de negación de que esta es mi última hora? Obviamente, pasar nuestra última hora con un estado mental perturbador de enojo, de apego exagerado o de ingenuidad hacia nosotros mismos sería una pérdida de cualquier cantidad de tiempo que nos quedara de vida.

De manera similar, tener una actitud perturbadora hacia nosotros mismos es una pérdida de tiempo para el resto de nuestra vida: podríamos morir en cualquier momento. Pensar de esa forma nos ayuda a desarrollar siempre una actitud equilibrada hacia nosotros mismos. En cualquier situación en la que estemos, pensemos: “Seré amable conmigo mismo. Trataré de tener un estado mental tranquilo y estar en paz conmigo mismo, porque podría morir en el instante siguiente”. Pensar de esa forma es una manera de volvernos más amables con nosotros mismos, así que pensemos en ello.

[Pausa para práctica]

 4. Quiero ser feliz

El cuarto punto es que quiero ser feliz y no quiero ser infeliz. Me parece que eso es verdad para todos nosotros.

Pensemos en términos de cómo nos tratan otras personas: “No me gusta que otros me rechacen o me traten mal, ¿o sí? Y no me gusta que otros se aferren a mí o sean sobreprotectores, ni que se preocupen por mí todo el tiempo. Tampoco me gusta que los demás me ignoren. Soy infeliz cuando los demás me tratan de cualquiera de estas formas”.

Luego pensamos en cómo nos tratamos a nosotros mismos: “En realidad, cuando me trato mal no me siento feliz, ¿o sí? Y si estoy completamente preocupado por mí mismo todo el tiempo y soy sobreprotector (acerca de mi salud o lo que sea, por ejemplo, siendo hipocondríaco) ese tampoco es un estado mental feliz. Y cuando ignoro mis necesidades tampoco es un estado mental feliz. Así que, si no quiero que los demás me traten así, ¿por qué yo habría de tratarme así? Sólo me hace sentir infeliz, sea que alguien más me trate así o que yo mismo lo haga. Y básicamente sí quiero ser feliz. No quiero ser infeliz, no disfruto ser infeliz. Así que ¿por qué habría de hacerme sentir infeliz? Hay muchas otras personas que pueden hacerme sentir infeliz. ¿Por qué yo habría de hacerme sentir infeliz a mí mismo?”.

Piensen en ello.

[Pausa para práctica]

5. Tengo derecho a ser feliz

El siguiente, el quinto: tengo derecho a ser feliz y a ser tratado bien por mí mismo a lo largo de toda mi vida, no sólo algunas veces. Piensen en ello. “¿Tengo derecho a ser feliz? ¿Siento que tengo que ganármelo, que tengo que merecerlo (de alguna manera es una recompensa)? ¿O acaso no tengo derecho a ser feliz, sin importar lo que haga?

[Pausa para práctica]

De hecho, este es un punto interesante. ¿Nos estamos metiendo en un pensamiento de tipo socialista o este es sólo unos de los derechos humanos básicos, el derecho a ser feliz? Los derechos humanos básicos no implican necesariamente un sistema político socialista, ¿o sí?

6. Tengo derecho a no ser infeliz

El sexto punto es bastante similar: tengo derecho a no ser infeliz y a no ser tratado de mala manera por mí mismo a lo largo de toda mi vida, no sólo algunas veces.

Lo central de los puntos quinto y sexto es tener una actitud equilibrada a lo largo de nuestra vida. No sólo tenemos derecho a ser felices y no ser infelices algunas veces; siempre tenemos ese derecho. No sólo queremos ser felices y no ser infelices, sino que tenemos ese derecho básico. No es un deseo irracional. No hay nada de malo en que deseemos ser felices.

[Pausa para práctica]

7. Los grandes maestros no me ven como verdaderamente horrible, verdaderamente maravilloso o verdaderamente insignificante

El siguiente, el séptimo: si fuéramos verdaderamente horribles, o verdaderamente especiales y maravillosos, o verdaderamente insignificantes, el Buda y los grandes maestros nos verían de esa manera, pero no es así.

Este punto es un poco difícil si no hemos conocido a ningún buda, lo cual es bastante probable, y si no estamos estrechamente relacionados con algún gran maestro espiritual. Pero yo he tenido el privilegio de estar cerca de algunos maestros espirituales realmente grandiosos, como Su Santidad el Dalai Lama, sus maestros, etc., y puedo decirles desde mi propia experiencia que, para ellos, nadie es especial, todos son iguales; están igualmente abiertos a todos.

Siempre pienso en el ejemplo de mi propio maestro principal, Serkong Rinpoche. Fui su intérprete durante nueve años, viajé alrededor del mundo con él, y lo acompañé cuando conoció al anterior Papa y cuando nos encontramos con algunos borrachos callejeros. Él era el mismo con todos, así fuera el Papa o algún borracho. Lo mismo es cierto con respecto al Dalai Lama, cuando conoce presidentes de diferentes países o simplemente personas ordinarias. Cuando camina hacia algún evento y saluda a las personas, expresa la misma apertura, la misma calidez, nadie es especial. Eso no significa ser frío y no tener ningún sentimiento hacia nadie. Significa ser abierto, cálido, amable y estar feliz de encontrarse con cualquier persona.

Serkong Rinpoche siempre me impresionó. Viajamos a diferentes centros budistas alrededor del mundo y, por lo general, en cada centro había un maestro tibetano. Rinpoche no parecía tener un solo mejor amigo; sin importar con quién estuviera, actuaba con todos esos maestros tibetanos como si fueran sus mejores amigos. Era realmente extraordinario; se comportaba igual con todos ellos.

Así que, si nosotros fuéramos verdaderamente horribles, verdaderamente especiales y maravillosos o verdaderamente insignificantes, los budas y los grandes maestros nos verían de esa forma, pero no es así. Nos verían así si verdaderamente fuéramos así, pero no nos ven así. De hecho, podríamos incluir en este primer punto que, no sólo los gurús, sino todo el mundo tendría que vernos de esa forma, pero no sucede así.

[Pausa para práctica]

Es muy gracioso porque, si lo analizamos, con frecuencia decimos: “Bueno, realmente no me conocen, si me conocieran sabrían qué horrible persona soy, pero no conocen a mi verdadero yo”. Nuevamente, esto es identificarnos con el “yo” falso. Sólo estamos eligiendo nuestras cosas negativas, exagerándolas y olvidando todo lo demás con respecto a nosotros mismos. Como mencioné anteriormente varias veces, todos tienen puntos fuertes y puntos débiles. No hay nada especial en ello: un poco más de esta cualidad, un poco menos de aquella, pero nada especial.

8. Tengo cualidades y características que pueden cambiar

El siguiente punto, el número ocho, es que, si realmente fuéramos una persona terrible, o fuéramos verdaderamente una persona maravillosa, o verdaderamente un don nadie que no cuenta para nada, siempre tendríamos que ser de esa manera. Ese hecho nunca podría cambiar y nuestras actitudes acerca de nosotros mismos nunca se modificarían. Pero ese no es el caso; si observamos a lo largo de nuestra vida, las circunstancias sí cambian y nuestras actitudes acerca de nosotros mismos también cambian. Sólo pensemos cuál es nuestra actitud hacia nosotros cuando estamos de buen humor y cuál es cuando estamos de mal humor. Es bastante claro que nuestras actitudes cambian. La confusión radica en que sentimos que, de alguna manera, como personas, somos inherentemente una buena persona (o inherentemente una mala persona, o inherentemente insignificante), como si tal fuera nuestra verdadera naturaleza, independientemente o sin relación alguna con nuestro estado de ánimo, con lo que está sucediendo, con diferentes periodos de nuestra vida, etc.

Aquí hay una gran diferencia cuando hablamos de sólo “yo” como una persona. Ser una persona, un individuo, es un fenómeno neutral, ni bueno ni malo. Una mano no es ni buena ni mala; una mano es sólo una mano. Ahora, algunas de las cosas que pudimos haber hecho son destructivas o negativas, algunas son positivas; algunas de las cosas que pudieron habernos pasado nos lastimaron, otras pudieron haber sido agradables; eso es otra cosa. Pero como persona, no somos ni buenos ni malos. Y como parte de la naturaleza humana, quiero ser feliz y no quiero ser infeliz. Todo el mundo lo desea. Y como un derecho humano básico, tengo el derecho de ser feliz y no ser infeliz.

Los defectos pueden ser superados; no son permanentes ni inmutables. Si cometimos errores en la vida, podemos remediar algunos de ellos, y sólo nos queda lidiar de la mejor forma que podamos con aquellos que no podemos remediar. Por ejemplo, hicimos una gran inversión y perdimos dinero. Tratamos de hacer nuestro mejor esfuerzo; si perdimos el dinero, perdimos el dinero y no hay nada que podamos hacer al respecto. Así que tratamos de ajustarnos a la situación. La realidad es: “Bueno, perdí el dinero, ¿ahora qué hago?”. O puede que haya cometido un error; eso no me convierte en una mala persona, como persona. Fue un error estúpido, eso es todo. Tenemos que diferenciar el “yo” como persona de lo que pude haber hecho (o diversas características y cualidades que puedan cambiar de acuerdo con las circunstancias).

[Pausa para práctica]

9. Mi actitud hacia mí mismo cambia de acuerdo con la situación

Eso nos lleva al noveno punto. Si fuera verdaderamente una persona horrible (o maravillosa o insignificante) habría sido así toda mi vida y no sólo con relación a cierta situación o algo que pasó; pero eso es imposible.

En este contexto no estamos hablando de ser inherentemente maravillosos o terribles, etc. Estamos hablando acerca de nuestra actitud hacia nosotros mismos. Si fuera definitivamente de una sola manera, nuestra actitud hacia nosotros mismos debería ser siempre la misma sin importar las situaciones. Pero el hecho es que nuestra actitud cambia y ha cambiado en el pasado, dependiendo de diferentes situaciones: tuvimos éxito, fracasamos, tomamos buenas decisiones, hicimos malas elecciones, malas decisiones.

Así que no tiene sentido tener esta actitud perturbadora hacia nosotros: “Esta es la forma en la que definitivamente soy, sin importar lo que suceda”. No tiene que ser así. Podemos cambiar si entendemos que nuestros sentimientos hacia nosotros mismos siempre han dependido de circunstancias o situaciones, pero básicamente no hay nada malo en mí; no hay nada especial en mí. Así podemos tener una actitud equilibrada hacia nosotros mismos todo el tiempo, una actitud equilibrada de amabilidad y respeto. El auto-respeto es muy importante.

Me parece que -particularmente como practicantes budistas, pero no necesariamente está limitado a los practicantes budistas- tendemos a pensar que necesitamos ser perfectos. Y si no somos perfectos creemos que somos malos. “No sirvo para nada, soy un fracaso”. Pero me parece que tenemos que recordar que “todavía no soy un buda; soy un ser humano ordinario y los seres humanos ordinarios cometen errores. El hecho de que cometa errores no tiene nada de especial, ¿o sí? ¿Qué esperaba? No hay ninguna razón para odiarme a mí mismo, o para tener una opinión tan baja de mí sólo porque he cometido un error. Es una expectativa no realista pensar que nunca voy a cometer errores y que nunca voy a fracasar en lo que intente. Por supuesto que fracasaré algunas veces. Todas las cosas desafortunadas que acontecen ocurren por diversas circunstancias. Pero subyacente a lo que sea que me pase, sólo soy una persona, un fenómeno neutro”.

Así que hacemos lo mejor que podamos y tratamos de aprender de nuestros errores sin ser críticos acerca de nosotros mismos: “soy tan maravilloso” o “soy horrible”.

[Pausa para práctica]

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