16 Toma de decisiones sensibles

Sentimientos, deseos y necesidades

Aun cuando estamos atentos a una situación y sentimos un nivel de felicidad, interés, compasión y deseo de involucrarnos, necesitamos reaccionar sensible y apropiadamente. Con frecuencia, necesitamos decidir entre tres opciones: hacer lo que tenemos ganas de hacer, hacer lo que queremos hacer y hacer lo que necesitamos hacer. Las decisiones que involucran a alguien más añaden las opciones de lo que la otra persona quiere o necesita. Algunas o todas estas opciones pueden coincidir, y sin embargo, a menudo difieren. Elegir lo que queremos o tenemos ganas de hacer por encima de lo que es necesario, o elegir lo que la otra persona quiere por encima de lo que necesita, es una forma de insensibilidad. Cuando hacemos una elección semejante, con frecuencia nos sentimos culpables. Esta reacción exagerada sucede porque experimentamos lo que necesitamos hacer de manera dualista como lo que deberíamos hacer. En un lado está el “yo” desafiante y en el otro la desagradable acción que deberíamos hacer, pero que no estamos haciendo. Generalmente, la apariencia dual está acompañada de un juicio moralista.

Deconstruir el proceso de toma de decisiones usando imágenes como la del globo que se revienta, resuelve cualquier tensión sobre el asunto del “debería”. En lugar de lo que deberíamos hacer, este proceso deja lo que necesitamos hacer. Sin embargo, posiblemente no sepamos lo que necesitamos hacer o lo que otra persona necesita. Para saberlo, podemos basarnos en los cinco tipos de conciencias profundas: conocimiento, experiencia, intuición, discriminación y fuentes de consejo externas y confiables.

Aun cuando sepamos lo que necesitamos hacer, podemos no querer hacerlo ni tener ganas de hacerlo. Podemos seguir sintiendo tensión, incluso si el tema del “debería” ya no complica el asunto. ¿Necesitamos ser insensibles a nuestros deseos y sentimientos? ¿Es una reacción exagerada sentir frustración y desilusión ante la necesidad de ignorar alguno de ellos, o a ambos?

El asunto es complejo. Pueden darse cuatro combinaciones entre lo que queremos hacer y lo que tenemos ganas de hacer. Supongamos, por ejemplo, que tenemos sobrepeso y sabemos que necesitamos ponernos a dieta.

  1. Podemos querer mantener la dieta, pero no tener ganas de hacerlo cuando nos sirven de postre nuestro pastel favorito.
  2. Podemos tener ganas de apegarnos a nuestra dieta, pero no querer hacerlo cuando ya pagamos un cuarto de hotel muy caro que incluye el buffet del desayuno.
  3. Podemos tener tanto ganas de mantener nuestra dieta como deseos de hacerlo cuando la gente nos dice que hemos engordado mucho.
  4. Podemos no querer ni tener ganas de mantener la dieta cuando estamos irritados por algo y queremos ahogar nuestro enojo comiendo pastel.

En cada caso, podemos elegir tanto comer pastel como restringirnos de ello. ¿Cómo podemos tomar una decisión sensible de la que no nos arrepintamos después?

Razones para tener ganas de hacer algo y querer hacerlo

Entender el mecanismo que está detrás de los sentimientos y los deseos nos ayuda a aliviar la tensión entre ambos, o entre cualquiera de ellos y la necesidad. Cuando entendemos por qué tenemos ganas de hacer algo y por qué podemos querer hacer algo diferente, podemos evaluar estos factores. Al sopesarlos contra las razones de aquello que necesitamos hacer, podemos llegar a una decisión razonable.

La presentación del abidarma de los factores mentales y el karma, sugiere el siguiente análisis. Cuanto más profundamente investigamos, más sensibles y honestos somos ante la miríada de factores psicológicos involucrados en tomar decisiones difíciles en la vida. Con el fin de facilitar la comprensión, usaremos el ejemplo relativamente trivial de comer para ilustrar la complejidad de este asunto. Apreciar la profundidad que cualquier análisis debe tener para ser preciso, nos ayuda a ser meticulosos al considerar las opciones disponibles en decisiones más serias, tales como las concernientes a una relación poco sana.

Un impulso es el factor mental que conduce en la dirección de cierto curso de acción. Existen dos tipos de impulsos: los que producen el pensamiento de hacer algo y los que conducen directamente a hacerlo. Tener ganas de hacer algo trae el primer tipo de impulso, y querer hacer algo y decidir hacerlo acompañar al segundo. Tener ganas de hacer algo surge cuando no estamos conscientes de la razón. Cuando nos sentimos motivados conscientemente, lo queremos hacer. Exploremos la diferencia a profundidad.

Tener ganas de hacer algo puede surgir de un hábito o una preferencia, de una razón física o de la motivación involuntaria de una emoción o actitud. Por ejemplo, podemos tener ganas de comer algo por el hábito o la preferencia de comer a cierta hora, por hambre o por apego a la comida. Estas tres causas principales pueden actuar combinadas unas con otras o de manera independiente. Si tenemos el hábito de almorzar a mediodía, podemos tener ganas de comer a esa hora, sea que realmente tengamos hambre o no y sea que estemos o no apegados a la comida. Por otro lado, cuando tenemos hambre, tenemos ganas de comer independientemente de la hora o de nuestros apegos. Además, cuando estamos apegados a la comida tenemos ganas de comer todo el tiempo, sin importar si nuestro estómago está vacío.

Cuando surge el impulso de comer y no sabemos qué hora es ni pensamos en tener hambre, solamente tenemos ganas de comer. No necesariamente queremos comer. Lo mismo pasa cuando surge el impulso simplemente por apego a la comida. Querer comer requiere que seamos conscientes de una razón y que nos sintamos motivados por ella.

Queremos comer cuando tenemos presente lo que dispara nuestro hábito, nuestra preferencia o la razón física para comer. Por ejemplo, queremos comer cuando sabemos que es mediodía, cuando pensamos en nuestra preferencia de comer a esa hora o en estar hambrientos. De manera similar, queremos comer cuando tenemos una razón deliberada para hacerlo. Por ejemplo, no tendremos tiempo más tarde, por lo que si vamos a comer, lo tenemos que hacer ahora. Darnos cuenta de que tenemos ganas de hacer algo también puede hacer que queramos hacerlo. Algunas veces simplemente queremos comer porque tenemos ganas de comer. Aunque una motivación psicológica para comer, tal como el apego a la comida, es suficiente para hacernos tener ganas de comer, es insuficiente para hacer que queramos comer. Necesitamos otra razón, tal como que sea hora de la comida, y darnos cuenta de dicha razón. Sin embargo, el apego a la comida puede sustentar nuestro deseo de comer.

Supongamos que un impulso de comer surge del hábito, de la preferencia o de una razón física, antes de darnos cuenta de esa razón, o surge al mismo tiempo de que nos demos cuenta de la razón deliberada. En cada caso, tenemos ganas y queremos comer. Por ejemplo, tenemos ganas de comer porque tenemos hambre; en consecuencia, cuando notamos que es mediodía o caemos en cuenta de que no tendremos tiempo de comer más tarde, también queremos comer. Asimismo, podemos experimentar tanto las ganas como el deseo de comer cuando una motivación psicológica involuntaria sustenta una razón deliberada y consciente para comer. Por ejemplo, nos percatamos de que no tendremos tiempo para comer más tarde y estamos apegados a la comida. Queremos y tenemos ganas de comer aunque no sea mediodía y aunque no tengamos hambre.

Por otro lado, si nos damos cuenta de una razón para comer y no surge antes el impulso de comer o una motivación psicológica, queremos comer pero no tenemos ganas de hacerlo. Por ejemplo, aunque nos percatamos de que no tendremos tiempo de hacerlo más tarde, no es nuestra hora acostumbrada de comer. No tenemos hambre y no estamos apegados a la comida. En este caso queremos comer, pero no tenemos ganas de hacerlo.

Las circunstancias o la influencia de otros pueden apoyar el surgimiento de un impulso de hacer algo, sea que lo experimentemos como una sensación o como un deseo de hacerlo. Sin embargo, sin otras causas, ninguno de los factores de apoyo es causa suficiente para que se produzca el impulso. Por ejemplo, cuando hay comida en la mesa o cuando nuestros amigos ordenan en un restaurante, también podemos tener ganas de comer algo y querer comer. Sin embargo, no todo el mundo reacciona de la misma manera. Sin que sea hora de la comida, sin tener hambre o apego a la comida, o sin tener una razón deliberada, no tendremos ganas de comer ni querremos comer aun bajo esas circunstancias o con esa compañía. Lo que decidamos hacer es otro asunto.

Tener ganas de hacer algo y querer hacerlo

Es posible que se den diferentes combinaciones entre tener ganas de hacer algo y querer hacerlo:

Elegir entre lo que queremos hacer y lo que tenemos ganas de hacer

Supongamos que queremos hacer algo pero tenemos ganas de hacer lo contrario. Dejemos de lado por el momento la complicación adicional de lo que necesitamos hacer. Cuando decidimos hacer lo que tenemos ganas de hacer en lugar de lo que queremos hacer, nuestro hábito, preferencia, necesidad física, emoción, actitud o alguna combinación de estos factores, puede ser más fuerte que la motivación deliberada que hay detrás de nuestro deseo o que la fuerza emocional que hay detrás de la motivación. Es posible también que la presencia mental de nuestra razón para hacer algo sea muy débil, o que las circunstancias o la influencia de otros sean demasiado abrumadoras. Por ejemplo, aunque podamos querer bajar de peso, podemos tener ganas de comernos un pedazo de pastel. Elegimos comer una rebanada cuando nuestro hábito, hambre, gula, preferencia por un tipo específico de pastel, la insistencia de nuestro anfitrión o alguna combinación de estos factores, pesa más que nuestra vanidad o la conciencia de lo gordos que estamos. Cuando en la misma situación escogemos hacer lo que queremos en lugar de lo que tenemos ganas de hacer, la fuerza de los factores que apoyan cada elección se revierte.

Cuando al mismo tiempo queremos y tenemos ganas de hacer algo, elegimos no hacerlo cuando una motivación externa supera todas las demás consideraciones. Por ejemplo, cuando sabemos que nuestro anfitrión ha horneado el pastel especialmente para nosotros y que se sentirá herido si no nos comemos una rebanada, podemos decidir comerlo a pesar de querer mantener nuestra dieta y tener ganas de hacerlo.

Por último, una motivación deliberada puede causar que hagamos algo aunque no queramos ni tengamos ganas de hacerlo. Por ejemplo, cuando no queremos mantener nuestra dieta ni tenemos ganas de hacerlo, de cualquier manera podemos abstenernos de comer si meditamos en las desventajas de ser un esclavo de la gula. En este ejemplo, nuestra motivación deliberada de querer evitar estas desventajas pesa más que cualquier razón para querer romper nuestra dieta, como los problemas en el trabajo que nos hacen comer de más.

Hacer lo que necesitamos hacer

Necesitamos hacer algo porque nos beneficiará a nosotros o a los demás, a ambos, por necesidad física o por las circunstancias. Por ejemplo, es posible que necesitemos hacer dieta porque bajar de peso mejorará nuestra autoestima, nos permitirá jugar con nuestros hijos sin perder el aliento o porque mejorará nuestro desempeño en el trabajo. También podemos necesitar hacer dieta por razones de salud, o porque estamos viajando en una área en donde la comida nos cae mal. Hacemos lo que necesitamos hacer cuando nos damos cuenta de las razones para hacerlo, cuando estamos convencidos de su validez, cuando nos sentimos motivados por ellas y cuando mantenemos presencia mental en estos tres factores.

Alguien también puede obligarnos a hacer lo que necesitamos hacer aunque no veamos la necesidad. Por ejemplo, una enfermera con una gran fuerza de voluntad o un familiar nos pueden presionar a comer cuando estamos enfermos, aunque no deseemos conscientemente mejorarnos. Esto generalmente sucede por debilidad física o psicológica. Podemos tenerle miedo a la persona.

Las motivaciones inconscientes que se derivan de actitudes perturbadoras tales como la vanidad, pueden estar detrás de nuestro querer hacer algo. Sin embargo, no sustentan nuestra necesidad de hacerlo. En lugar de ello, alimentan nuestra sensación de que deberíamos hacerlo, como la vanidad nos hace sentir que deberíamos ponernos a dieta. Por otro lado, algunas actitudes como el sentido del deber, el honor familiar o el orgullo nacional, pueden hacernos sentir que necesitamos hacer algo o que deberíamos hacerlo. Esto depende de si mezclamos nuestra visión con confusión. Es más, estas actitudes son constructivas, destructivas o neutras dependiendo del estatus ético de lo que sentimos que necesitamos o deberíamos hacer. El honor familiar nos puede conducir a ayudar a los pobres, a matar por venganza o a vivir en cierta colonia.

Al principio es posible que tengamos que motivarnos conscientemente y ejercer nuestra fuerza de voluntad para hacer lo que necesitamos hacer. Más tarde, una vez que hayamos desarrollado nuevos hábitos, podremos hacer lo que es necesario de manera espontánea e incluso tener ganas de hacerlo y querer hacerlo.

Alienación de lo que queremos hacer o tenemos ganas de hacer

Algunas veces sentimos que debemos reprimir lo que queremos hacer o lo que tenemos ganas de hacer y no “permitirnos” hacerlo. Generalmente experimentamos esto como frustración. En otras ocasiones, como recompensa nos “permitimos” hacer algo que queremos y tenemos ganas de hacer, pero en lo que normalmente no nos permitimos ser indulgentes. Entonces, cuando hacemos lo que temporalmente nos permitimos hacer, a menudo sentimos una ansiedad irracional de que alguien va a sorprendernos y a castigarnos. Nos cuesta trabajo relajarnos y disfrutar lo que estamos haciendo.

Además, a veces sentimos que tenemos que forzarnos para hacer algo que sabemos que debemos hacer, pero que no queremos ni tenemos ganas de hacer. A menudo experimentamos esto con resentimiento. Asimismo, cuando hacemos lo que tenemos ganas de hacer en lugar de lo que deberíamos hacer, con frecuencia sentimos que no podemos controlarnos. Tales experiencias a menudo están acompañadas de sentimientos de culpa.

Todas esas formas de alejamiento de nuestros deseos, de nuestros sentimientos, de nosotros mismos, surgen de visiones dualistas. Estas son visiones de “yo” y lo que quiero hacer, “yo” y lo que tengo ganas de hacer, “yo” y lo que necesito hacer y “yo” y lo que realmente hago. En cada caso, el “yo” y la elección de la acción parecen ser entidades concretas. En consecuencia, experimentamos los diversos “yos” aparentemente concretos en conflicto, luchando por controlarse unos a otros, con cada “yo” y lo que éste quiere, necesita, hace o tiene ganas de hacer, sosteniendo una identidad concreta. Cuando nos identificamos con uno de estos “yos” que imaginamos que es “malo”, nos sentimos culpables como la “mala” persona que quiere hacer, que tiene ganas de hacer o que está haciendo algo malo. Cuando nos identificamos con uno de esos “yos” como la persona “buena” que siempre debe tener el control, experimentamos tensión al tener que ser el policía. Nunca estamos en paz con nosotros mismos. Para trascender estos síndromes emocionalmente perturbadores, necesitamos la sabiduría de la no dualidad.

Toma de decisiones

Las decisiones ocurren como resultado de una compleja interacción de factores mentales sin un “ yo” concreto dentro de nuestra cabeza que esté tomando la decisión. Esto es verdad aunque la voz en nuestra cabeza que se preocupa por la decisión que se tomará, lo hace parecer como si un locutor encontrable estuviera preocupándose y eligiendo. Cuando se toma una decisión, por ejemplo, de comer un pedazo de pastel, lo único que está sucediendo es meramente ver el pastel acompañado de los factores mentales de discriminación e intención. Estos dos factores mentales surgen de la interacción y pesos comparativos de:

  1. Los hábitos, preferencias, necesidades físicas, emociones y actitudes detrás de lo que tenemos ganas de hacer, 
  2. Las motivaciones conscientes, deliberadas y no deliberadas de lo que queremos hacer, 
  3. Las razones detrás de lo que necesitamos hacer y nuestra motivación consciente para hacerlo,
  4. Cualesquiera motivaciones deliberadas o externas que puedan llevarnos a hacer algo diferente de éstas tres.

Experimentamos nuestra intención de comer como nuestra voluntad, acompañada por la firmeza de la discriminación. Así, la fuerza de voluntad produce el impulso que nos conduce directamente a la acción. Experimentamos este impulso como una decisión.

De manera similar, la neurobiología describe una decisión desde el punto de vista físico, como el resultado de la puesta en marcha de millones de células cerebrales. Coincide con el budismo en que no hay un agente que esté sentado dentro de nuestra cabeza tomando las decisiones. Si tenemos presencia mental de esta conclusión común del budismo y la ciencia, dejaremos de ver nuestra toma de decisiones de forma dualista. De esta manera, evitaremos sentimientos de frustración, alienación o culpa.

Si preguntamos quién tomó la decisión de comerse el pastel, no se puede negar que fui “yo” y nadie más. Sin embargo, esta persona convencional “yo” no es un agente que se pueda encontrar dentro de nuestra cabeza y que esté manipulando los eventos. Este “yo” es como una ilusión en tanto que parece algo concreto y posible de encontrar, pero de hecho no lo es. No obstante, no es lo mismo que una ilusión: las personas toman decisiones, las ilusiones no lo hacen.

Nuestras elecciones no son predeterminadas e inevitables sólo por el hecho de que no haya un tomador de decisiones concreto sentado dentro de nuestra cabeza, ni por el hecho de que nuestras decisiones surjan dependiendo de causas y condiciones. La predeterminación implica que un agente todopoderoso externo a nosotros decide, independientemente de nosotros. Sin embargo, ni nosotros ni nadie más puede tomar decisiones de manera independiente de los factores que la afectan. Aún más, cuando decidimos entre lo que queremos hacer, lo que tenemos ganas de hacer y lo que necesitamos hacer, subjetivamente experimentamos elegir. Esto es verdad, convencional y existencialmente. No sabemos de antemano cual será la decisión que tomaremos. Sin embargo, sin importar cuál sea, todas las decisiones surgen de causas y condiciones, nada sucede arbitrariamente sin razón alguna, y por lo tanto, todas las decisiones son entendibles. Es más, somos responsables de ellas.

Así, para tomar una decisión sensible, necesitamos verificar:

  1. Qué tenemos ganas de hacer y por qué,
  2. Qué queremos hacer y por qué
  3. Qué necesitamos hacer y por qué.

Entonces sopesamos la fuerza de cada una, sin volvernos exageradamente emocionales ni carentes de sentimientos, y decidimos qué hacer.

Las decisiones no siempre están perfectamente definidas, pues muy a menudo necesitamos negociar. Sin embargo, el primer hecho de la vida o “verdad noble” que el Buda enseñó es que la vida es difícil. Podemos sentirnos tristes al tener que negociar nuestros sentimientos o deseos, pero no hay necesidad de sentirnos frustrados, enojados ni alienados. Así como en la aceptación de cualquier situación desafortunada, necesitamos ver nuestra experiencia de tristeza como una ola en el océano de la mente. De esta manera, evitamos sentirnos afectados. Nuestra tristeza pasará, como todo lo demás.

No identificarnos con lo que queremos hacer o tenemos ganas de hacer

Darnos cuenta de que no existe un “yo” concreto como base sobre la cual proyectar una identidad fija, nos permite una sensibilidad equilibrada, no sólo hacia la toma de decisiones, sino también hacia nosotros mismos. Si no nos identificamos con la sensación de ganas o con los deseos que surgen de hacer esto o aquello, no nos juzgamos como “malos” ni nos sentimos culpables cuando esas ganas o deseos son de hacer algo extraño o destructivo. Vemos que los impulsos y los deseos de hacer algo surgen como resultado de hábitos, necesidades físicas, diversas formas de motivación, etc. No es necesario que vayan acompañados de una intención de llevarlos a cabo. Esta toma de conciencia nos permite tener mayor simpatía y tolerancia hacia nosotros mismos mientras trabajamos para eliminar por completo las causas de que surjan impulsos destructivos.

No saber lo que queremos o tenemos ganas de hacer

Algunas veces, cuando nos enfrentamos a una toma de decisiones, no sabemos lo que queremos o lo que tenemos ganas de hacer. Cuando nos sentimos intranquilos con esto, experimentamos el fenómeno como alienación: nos imaginamos que estamos “fuera de contacto con nosotros mismos”. Por otro lado, cuando tomamos decisiones basadas solamente en la necesidad, sin considerar nuestros deseos o sentimientos, podemos experimentar la vida como fría y mecánica. Para superar estos problemas necesitamos examinar las posibles causas de no conocer nuestros sentimientos o deseos.

Tener ganas de hacer algo se deriva de un impulso, el cual proviene de hábitos, preferencias, necesidades físicas, emociones, actitudes y demás. Mientras no estemos liberados de nuestros hábitos compulsivos, los impulsos involuntarios de hacer cosas surgirán constantemente. No todos estos impulsos tienen la misma fuerza o intensidad. Cuando experimentamos no saber lo que tenemos ganas de hacer, podemos simplemente no estar prestando atención a un impulso de baja energía que surge en ese momento en particular. Para superar la intranquilidad que a menudo acompaña esta experiencia de no saber qué tenemos ganas de hacer, necesitamos aumentar nuestra sensibilidad. Esto lo logramos aquietando nuestra mente y poniendo más atención a los impulsos de baja intensidad que surgen. De esta manera, podemos tomar en consideración estos sentimientos al decidir nuestro curso de acción. De esta forma, experimentamos nuestra toma de decisiones como un proceso más amable y justo.

Sentimientos e intuición

La intuición adquiere tres formas principales, cada una de las cuales también puede ayudarnos a tomar una decisión. Podemos tener una intuición acerca de alguien, como que una mujer está embarazada, y con base en ello podemos decidir ayudarla a cargar un paquete. También podemos tener la intuición de que algo va a pasar, como que va a sonar el timbre, y en consecuencia posponemos tomar un baño. Estas dos formas de intuición son más fuertes que una sospecha, tienen una cualidad de certeza.

También puede ser una intuición de hacer algo, por ejemplo, decirle algo a alguien sobre su comportamiento. Debido a ello, podemos tomar la decisión de hablar con esa persona. Una cualidad de certeza también acompaña a este tipo de intuición. De manera intuitiva sabemos qué hacer, no solamente tenemos una opinión.

La palabra “feeling” en inglés 1, puede usarse en el contexto de los tres tipos de intuición. Podemos sentir intuitivamente que una mujer está embarazada o que va a sonar el timbre. También podemos sentir intuitivamente que necesitamos decirle algo a alguien. En cada caso, no solamente sentimos esto, sino que lo sentimos con certeza. En otras palabras, las intuiciones son más persuasivas que los sentimientos, ya que parecen derivar de nuestra “sabiduría interior”. Además, las intuiciones a menudo surgen sin el acompañamiento de un tono emocional. Pueden ser intensas o de bajo nivel, dependiendo de nuestra atención y presencia mental.

Al decidir qué hacer, también necesitamos evaluar nuestras intuiciones. Una intuición surge de razones inconscientes. Su procedencia puede ser el conocimiento, una conciencia profunda innata o un entendimiento desarrollado por la experiencia. Sin embargo, lo que podemos tomar como una sensación intuitiva también puede provenir de nuestra confusión o de emociones perturbadoras. Cuando somos paranoicos, por ejemplo, nuestra sensación de que un viaje va a ser peligroso puede parecernos la intuición de un desastre inminente. Así, la intuición puede ser una fuente válida de información o puede ser incorrecta. Aunque necesitamos consultar nuestra intuición al tomar una decisión, también necesitamos cuidarnos de no seguirla ciega o impulsivamente.

Algunas veces, podemos tener ganas de hacer algo pero la intuición nos dice algo diferente. En este caso también necesitamos ser cautelosos. Alguna de las dos puede ser correcta, las dos pueden ser parcialmente correctas o las dos pueden ser incorrectas. La intuición puede ser tanto un acierto como un riesgo.

Negociar nuestras preferencias con las de otros

Cuando somos apropiadamente sensibles, nos damos cuenta de lo que perturba a otros y de lo que necesitan. Sus necesidades siempre tienen prioridad ante lo que pueden decir que quieren. Sin embargo, algunas veces lo que quieren y necesitan (por ejemplo, una muestra física de afecto o tiempo y espacio para estar solos) es algo que nos cuesta trabajo dar. Posiblemente no nos guste darlo, no tengamos ganas de hacerlo o no queramos hacerlo. Además, como no nos gusta recibir eso, podemos pensar que cualquier persona a la que le guste recibirlo es tonta o inmadura.

Dicha necesidad o petición de alguien es diferente de pedirnos nuestro tiempo o nuestro dinero cuando no lo tenemos de sobra. Aunque posiblemente tengamos ciertos bloqueos psicológicos, cualquiera es capaz de dar un abrazo o de no molestar a alguien. Para decidir qué hacer, necesitamos evaluar nuestras motivaciones y las de la otra persona, y los posibles resultados de cualquier decisión que tomemos. Aunque ceder a las necesidades de alguien o negarnos a ello puede hacernos sentir mejor temporalmente, tanto a nosotros como a la otra persona, necesitamos hacer lo que sea benéfico para los dos a largo plazo.

Decir que no

Al decidir qué hacer, necesitamos ser sensibles tanto a nuestras propias necesidades como a las de los demás. Darle a la persona lo que quiere o necesita, por ejemplo, más de nuestro tiempo disponible, puede ser perjudicial para nuestra salud física o emocional. También puede restringir el tiempo y la energía que tenemos para otros. Sin embargo, necesitamos decir que no sensiblemente, para que la persona no sienta que una restricción es equivalente a un rechazo personal. También necesitamos decir que no sin culpa ni miedo al rechazo.

Una forma de manejar la situación es dar a alguien, particularmente a un amigo o familiar, un tiempo fijo cada semana destinado exclusivamente a él, por ejemplo, el desayuno de los sábados. También aclaramos que después del desayuno tenemos otra cita semanal, de tal forma que nuestro tiempo juntos no es ilimitado. Establecer límites es la única forma realista y práctica de llevar nuestra vida. No podemos darle el mismo tiempo a cada persona que quiere estar con nosotros.

Priorizar es difícil, especialmente cuando se trata de personas. Aunque las responsabilidades familiares, la lealtad y el deber no se pueden descuidar, los criterios principales para priorizar son la receptividad de la otra persona a nuestra ayuda y nuestra efectividad en beneficiarla de manera significativa. También necesitamos considerar qué tanto obtenemos o qué tanto nos consume el encuentro, ya que esto afecta nuestra sensación general de bienestar y nuestra habilidad de interactuar más eficientemente con otros. Las enseñanzas del karma sugieren que, aunque todos son ulteriormente iguales, priorizar también requiere que consideremos el beneficio que la otra persona y nosotros podemos dar a los demás de forma realista, ahora o más adelante en la vida. Esta pauta es aplicable para decidir, no sólo cuánto tanto tiempo pasar con cada persona, sino también cuánta energía dedicarnos a nosotros mismos.

Una vez más, necesitamos darnos cuenta de cómo nuestra mente produce apariencias engañosas de un “yo” aparentemente concreto que está abrumado por peticiones injustas y un “tú” aparentemente concreto que presenta dichas peticiones desconsideradamente. Cuando creemos en esta apariencia dualista y nos etiquetamos y etiquetamos a otros de esta forma confusa, nos volvemos tensos y a la defensiva. Tenemos que evitar a los demás con hábiles excusas y, a menos que seamos completamente desvergonzados, naturalmente nos sentimos culpables. Deconstruir esta apariencia dualista y tratar de relacionarnos sin una autopreocupación excesiva, nos permite priorizar nuestro tiempo sin sentirnos culpables. Cambiar nuestras etiquetas mentales por “alguien que trata de ayudar” y “ personas con necesidades” también nos puede ayudar, siempre y cuando no las solidifiquemos.

En otro nivel, nuestra mente produce una apariencia dualista de un “yo” aparentemente concreto que necesita ser útil para justificar su existencia, y un “tú” aparentemente concreto que puede proveer esa frágil seguridad permitiéndonos servirlo. Engañados por esta apariencia, podemos sentir que si decimos que no a nuestros amigos, seremos rechazados y, por lo tanto, perderemos cualquier esperanza de obtener una existencia concreta a partir de siempre atender las peticiones de otros.

Aun si un amigo nos rechaza, necesitamos enfocarnos en que la vida sigue. Nos da tristeza perder contacto con esa persona, pero su desilusión, enojo o alejamiento no desvalorizan. Si el Buda mismo era incapaz de complacer a todo el mundo, ¿qué esperamos de nosotros? Tener estos puntos en mente nos permite decir que no de una manera relajada, sincera, sin culpa ni miedo. También nos permite entender y aceptar a alguien que nos dice que no, sin sentirnos heridos.

Ejercicio 18: Tomar decisiones sensibles

Como preliminar para tomar decisiones sensibles, necesitamos despojar nuestra toma de decisiones de sensaciones de dualismo. Una forma conveniente de entrenarnos es trabajar con la comezón. Tratamos de sentarnos en silencio sin movernos. Cuando la inevitable comezón surge, tratamos de notar cómo sentimos tanto ganas de rascarnos como deseos de hacerlo. Al decidir no rascarnos, tratamos de observar cómo nuestra mente crea automáticamente una apariencia dualista de un atormentado “yo” aparentemente concreto y una comezón insoportable aparentemente concreta. Nuestra mente rasga aún más la experiencia al crear la impresión de un “yo” controlador aparentemente concreto que no cederá ante la desesperante comezón, y un “yo” débil aparentemente concreto que quiere rendirse y que necesita ser controlado. Si nos identificamos con el “yo” fuerte aparentemente concreto y aún así nos rascamos, nos sentimos vencidos por el “yo” débil. Cuando esto sucede, podemos experimentar la derrota con recriminaciones hacia nosotros mismos y pensamientos de que deberíamos haber sido más fuertes. Si tenemos éxito en controlar al “yo” débil aparentemente concreto, podemos presumir con un orgullo altivo de lo fuertes que somos. En ambos casos la experiencia es perturbadora.

Podemos deconstruir nuestra experiencia al enfocarnos ahora en la comezón que hemos decidido no rascar: es meramente una sensación física que nuestra conciencia táctil produce y percibe. Al ponerle atención de esta forma, tratamos de notar que una intención acompaña a nuestra percepción de la comezón, a saber, soportar la sensación y resistirnos a ponerle fin rascándonos. Esta intención se vuelve más decisiva cuando ponemos atención a la comezón como algo transitorio que eventualmente terminará por sí mismo. Al analizarlo de esta manera, descubrimos que no hay ningún controlador dirigiendo el incidente ni evitando que nuestra mano rasque. Al abstenernos de rascarnos, tratamos de enfocarnos en nuestra experiencia como vacía de un “yo” sólido aparentemente concreto.

A continuación, conscientemente cambiamos de opinión y decidimos rascarnos. Al examinar lo que ocurre mientras nos rascamos lentamente, tratamos de notar que lo único que cambia es la intención que acompaña a nuestra conciencia de la comezón. Ahora la intención es rascarnos. Esta intención, alimentada por el deseo motivado conscientemente de dejar de experimentar esta sensación física, da surgimiento a un impulso que inmediatamente se traduce en el movimiento de nuestra mano al rascarnos. Nuevamente, no existe un jefe que esté detrás de la acción, tomando la información de los sensores de nuestra piel y mandando órdenes a nuestra mano. Tratamos de enfocarnos por un minuto en el hecho de que somos capaces de tomar decisiones sin sensaciones dualistas.

Un factor adicional que nos permite tomar decisiones sensibles, es estar relajados con nosotros mismos y acceder a los talentos naturales de nuestra mente y nuestro corazón. El nerviosismo puede hacernos indecisos y las preconcepciones pueden nublar nuestras facultades críticas. Por eso, como un preliminar más, podemos repetir las prácticas sin espejo de la tercera fase del Ejercicio 9. Al relajar nuestra tensión muscular, utilizamos los métodos de “soltar” y “escribir en el agua” para aquietar nuestra mente de pensamientos verbales, preconcepciones, juicios no verbales, roles proyectados y expectativas concernientes a nosotros mismos y a la decisión que necesitamos tomar. Al igual que en el Ejercicio 14, después imaginamos que cualquier nerviosismo o tensión emocional que puedan estar aún presentes, se aquietan como una ola en el océano cuando el viento ha cesado. Cuando alcanzamos un estado mental y un corazón abierto y en calma, libre de tensión, descansamos en él con claridad durante uno o dos minutos.

Ahora estamos listos para comenzar la parte principal del ejercicio. Empezamos la primera fase enfocándonos en una fotografía o en la imagen mental de alguien acerca de quien tengamos que tomar una decisión difícil. Al escoger, por ejemplo, alguien con quien tengamos una relación poco sana o insatisfactoria, necesitamos recurrir a las diferentes habilidades que hemos aprendido en los ejercicios anteriores.

Primero, debemos decidir si es necesario hacer algo al respecto. Para ello, tenemos que evaluar nuestra impresión de la situación. Comenzamos deconstruyendo cualquier sensación dualista que podamos seguir proyectando inconscientemente. En otras palabras, tratamos de dejar de ver la relación como una confrontación entre un “yo” concreto y un “tú” concreto. Al imaginar que el globo de esa fantasía se revienta, revisamos objetivamente los hechos, tomando en cuenta la perspectiva y los comentarios de la otra persona. Indudablemente ambas partes tienen puntos válidos, y culpar únicamente a una de las partes es absurdo. Es posible que deseemos consultar una opinión externa que sea imparcial. Sin embargo, es necesario que nos cuidemos de no perder nuestras facultades críticas ni nos dejemos influir por un mal consejero.

Una vez que tenemos certeza sobre los hechos, necesitamos determinar con introspección:

  1. Lo que tenemos ganas de hacer,
  2. Lo que nos dice nuestra intuición,
  3. Lo que queremos hacer,
  4. Lo que necesitamos hacer.

Por ejemplo, podemos no tener ganas de hacer nada. Sin embargo, intuitivamente sentimos que eso sólo empeorará las cosas. Además, queremos decir algo y sabemos que necesitamos hacerlo.

Después evaluamos las razones que sustentan a cada una de las cuatro. Hacer una lista es útil. Puede parecer ajeno y analítico. Sin embargo, sin una cierta estructura, podemos simplemente tomar el curso de acción más fácil, que es no hacer nada o torturarnos a nosotros mismos con la indecisión.

  1. Tener ganas de hacer algo surge de hábitos, preferencias, factores físicos y motivaciones inconscientes. Las circunstancias y la influencia de otros también pueden contribuir. En este caso, podemos tener ganas de no hacer nada por nuestro hábito de permanecer en silencio y por nuestra preferencia de evitar las confrontaciones. Al examinarnos más profundamente, descubrimos temor de provocar el enojo de la otra persona y también ansiedad ante la perspectiva de la soledad si es que nos rechaza. El exceso de trabajo y el cansancio también pueden contribuir a nuestra sensación de reticencia.
  2. La intuición de qué hacer surge del conocimiento, de la conciencia profunda innata o del entendimiento obtenido por la experiencia. Intuitivamente sabemos que quedarnos callados empeorará la situación porque hemos visto que les ha pasado a otros. Dado que lo que tomamos por intuición también puede provenir de una actitud escondida, necesitamos examinar si éste es el caso. Un impulso inconsciente de tener el control puede estar reforzando nuestra intuición.
  3. Un deseo de hacer algo surge tanto de motivaciones conscientes como inconscientes. Las circunstancias y la influencia de otros también pueden contribuir. Queremos decir algo porque ya no podemos tolerar el dolor que esta relación insana nos está causando. Aunque por lo general nunca lo aceptamos, es posible que también nos sintamos oprimidos. Además, varios amigos nos han estado animando a decir algo y las circunstancias son las apropiadas, ya que pasaremos el fin de semana juntos.
  4. Por último, la necesidad de hacer algo proviene de los beneficios que ambas partes obtendrán. Incluso si la decisión produce dolor a corto plazo, necesitamos buscar los beneficios a largo plazo. También la necesidad física y las circunstancias también pueden contribuir a la necesidad de actuar. En este caso, sabemos que necesitamos hacer algo porque la situación actual está afectando negativamente nuestro trabajo, nuestra salud y otras relaciones. Además, la relación tal como es ahora tampoco es sana para la otra persona ni para su relación con otros. Amamos a la persona y le deseamos felicidad, pero ninguno de los dos es feliz ahora. Por lo tanto, nuestro amor e interés sincero confirman la necesidad. La persona puede sentirse herida si decimos algo y nosotros podemos sentirnos tristes después de hacerlo. Sin embargo, finalmente hacer algo ahora nos beneficiará a ambos.

La primera decisión que necesitamos tomar es si vamos a hacer algo o no. Al haber llevado a la superficie todos los factores involucrados, necesitamos evaluar las razones positivas y negativas de cada alternativa. Las principales razones constructivas para la acción, son los beneficios a largo plazo que ambos obtendremos, nuestro amor por la persona y nuestro interés honesto por el bienestar de ambos. Aunque nuestra sensación de opresión puede ser una reacción de hipersensibilidad, la intolerancia a nuestro dolor emocional actual es razonable. La experiencia nos dice que a menos que hagamos algo, las cosas sólo empeorarán. El consejo de nuestro otro amigo corrobora esta elección. El único factor negativo de hacer algo es nuestro deseo inconsciente de tener el control. Para verificar eso, necesitamos escuchar cuidadosamente lo que la otra persona tiene que decir.

La ventaja de no decir nada es que evitamos una posible confrontación explosiva, el enojo de la otra persona y nuestra posible soledad futura. Las razones negativas para quedarnos callados son nuestros temores e inseguridad. Dado que los beneficios a largo plazo siempre superan a las desventajas a corto plazo, nuestra ansiedad es claramente una reacción hipersensible. No es una razón válida para la inacción. El hecho de que tengamos exceso de trabajo y cansancio, nos sugiere que posiblemente necesitamos esperar un tiempo, pero que debemos hacer algo pronto. Al sopesar todos los factores, vemos que las razones para cambiar la relación son más válidas que las razones para no hacer nada. Decidimos actuar.

Una vez resuelto esto y que nuestra motivación de amor está clara, estamos listos para decidir qué hacer. Las elecciones son tratar de reestructurar la relación o dejar a la persona. Para llegar a una conclusión, necesitamos ajustar nuestros diez factores mentales y aplicar los cinco tipos de conciencia profunda. Con un impulso motivado, nos enfocamos en la persona. Con la conciencia cual espejo, distinguimos y ponemos atención a diversos aspectos de su comportamiento. Al usar la conciencia de igualdades y de individualidades, distinguimos aún más los patrones y al mismo tiempo respetamos la individualidad de cada instancia. Un darse cuenta placentero y una sensación de felicidad ante la perspectiva de resolver el problema, aumentan nuestro interés, presencia mental y concentración. Éstos, a su vez, nos conducen a discriminar el curso de acción; lo hacemos con la conciencia del logro. Entonces evaluamos la sabiduría y la efectividad de esta elección con la conciencia de la realidad. Finalmente, si la elección parece ser la más razonable, asentamos nuestra intención de sugerírselo a la otra persona al comenzar nuestra discusión.

El proceso de toma de decisiones requiere de gentileza, calidez y comprensión, no del fervor de planear una batalla. Debemos asegurarnos de que lo que elegimos proponer es éticamente puro, ni deshonesto ni destructivo para los sentimientos de las personas involucradas.

Para evitar la insensibilidad hacia nosotros mismos, necesitamos tener claros nuestros límites. Sin embargo, dentro de esos límites necesitamos estar preparados para responder afirmativa o negativamente a algunos puntos específicos en el desarrollo de la discusión. También necesitamos elegir el momento apropiado para abordar el asunto, cuando ambos nos encontremos receptivos. Actuar arrebatadamente puede traer resultados desastrosos. Lo más importante es que necesitamos aproximarnos al encuentro sin preconcepciones. Mantener la conciencia de la realidad nos permite darle a la persona el espacio necesario para cambiar de opinión, mientras nos percatamos de que nadie cambia instantáneamente. También nos permite permanecer abiertos a sus puntos de vista y sugerencias. Si nos parece útil, podemos ensayar cosas que podemos decir y los pasos que estamos dispuestos a dar. Sin embargo, como en la resolución de cualquier disputa, necesitamos la flexibilidad de no seguir algún plan establecido.

Tratamos de imaginarnos haciendo todo esto calmada y gentilmente. Aun si la otra persona se enoja, se siente herida o perturbada, necesitamos resolver el problema. Esto requiere de valor y fuerza. Deshacernos de una autopreocupación excesiva nos da ese valor. Cuando hablamos y actuamos de forma no dualista, ya no nos sentimos asustados ni inseguros. La literatura del abidarma lista la indecisión entre los seis estados más perturbadores de la mente. Cuando vacilamos o dudamos al tomar una decisión acerca de una relación poco sana, perdemos tiempo y energía en juegos psicológicos inmaduros y dolorosos, lo cual nos impide progresar en la vida.

Si más adelante nos damos cuenta de que tomamos la decisión equivocada, necesitamos aceptar nuestra habilidad limitada para saber lo que es mejor. Después de todo, no somos omniscientes. Además, nuestra decisión no fue el único factor que afectó lo que le sucedió a la persona o a nosotros. Al aprender de la experiencia, solamente podemos tratar de usar la compasión y la sabiduría para seguir adelante.

Durante la segunda fase del ejercicio, nos sentamos en círculo con el grupo y nos enfocamos en uno de los integrantes con quien necesitemos decidir algo. Si conocemos a alguno de ellos y hemos tenido una disputa, podemos trabajar con eso. Si no tenemos conflictos o no conocemos a nadie, podemos tratar con temas como mejorar nuestra relación o establecer una. Al aproximarnos al reto de forma no dualista y con un interés cálido, tratamos de revisar la situación objetivamente y evaluar lo que sentimos, intuimos, queremos y necesitamos hacer. Luego tratamos de usar nuestros diez factores mentales y cinco tipos de conciencia profunda para decidir un curso de acción y determinarnos a llevarlo a cabo.

Practicamos la tercera fase dirigiendo nuestra atención a nosotros mismos, primero en un espejo y después sin él. Escogemos una decisión difícil que tengamos que tomar acerca de nosotros y aplicamos las mismas técnicas. Algunos temas útiles pueden ser qué vamos a hacer con nuestra vida, qué tipo de trabajo vamos a hacer, dónde vamos a vivir, con quién vamos a vivir, si debemos cambiar de empleo o no, cuándo nos retiraremos y a qué nos dedicaremos cuando lo hagamos, etc. Necesitamos aplicar las habilidades sensibles que hemos obtenido a través de este programa para ayudarnos a resolver los temas más difíciles de la vida.

1 N. de la T. En este caso, la palabra “sensación” en español también puede usarse en el contexto de los tres tipos de intuición.

Esquema de Ejercicio 18: Toma de decisiones sensibles

Preliminares

1. Despoja de sentimientos dualistas a la toma de decisiones

  • Siéntate en silencio sin moverte y, cuando surja la inevitable comezón, nota cómo sientes tanto ganas de rascarte como deseos de hacerlo.
  • Decide no rascarte y observa cómo tu mente crea, de forma automática, la apariencia dualista de un “yo” atormentado y de una comezón insoportable, y luego rasga la experiencia aún más creando a un “yo” controlador que no se rendirá ante la molesta comezón, y a un “yo” débil que quiere rendirse y que necesita ser controlado.
  • Deconstruye la experiencia enfocándote en la comezón que has decidido no rascarte y notando que es meramente una sensación física que tu conciencia táctil está produciendo y percibiendo.
  • Nota que una intención acompaña tu percepción de la comezón, concretamente, soportar la sensación y no ponerle fin rascándote.
  • Observa que ningún controlador está dirigiendo el incidente, deteniendo tu mano para impedir que te rasques.
  • Al evitar rascarte la comezón, enfócate en la experiencia como desprovista de un “yo” sólido.
  • Cambia de opinión conscientemente y decide rascarte la comezón.
  • Examina lo que sucede mientras te rascas lentamente y nota que el único cambio es la intención que acompaña a la conciencia de la comezón.
  • Enfócate en el hecho de que eres capaz de tomar decisiones sin sentimientos dualistas.

2. Relájate para acceder a los talentos naturales de tu mente y de tu corazón

  • Relaja tu tensión muscular
  • Aquieta tu mente de pensamientos verbales, preconcepciones, juicios no verbales, roles proyectados y expectativas con respecto a ti mismo y a la decisión que necesitas tomar, utilizando los métodos de “soltar” y “escribir sobre el agua”.
  • Imagina que cualquier nerviosismo o tensión emocional remanente se aquieta como una ola en el océano cuando el viento ha cesado.
  • Descansa un minuto o dos, con claridad, en un estado abierto y calmo de mente y corazón, libre de tensión.

Ejercicio real

I. Mientras te enfocas en una fotografía o en la imagen mental de alguien de tu vida con quiennecesitas tomar una decisión difícil, tal como alguien con quien tienes una relación insana o insatisfactoria

  • Deconstruye cualquier sentimiento dualista que puedas estar proyectando sobre la relación, como si se tratara de una confrontación entre un “yo” concreto y un “tú” concreto, imaginando que el globo de esta fantasía se revienta.
  • Revisa objetivamente los hechos, tomando en cuenta tu impresión de la situación y la perspectiva y los comentarios de la otra persona.
  • Consulta una opinión externa imparcial.
  • Con introspección, determina:
    • Lo que tienes ganas de hacer.
    • Lo que te dice tu intuición.
    • Lo que quieres hacer.
    • Lo que necesitas hacer.
  • Escribe una lista de las razones que hay detrás de lo que tienes ganas de hacer, tales como:
    • Hábitos.
    • Preferencias.
    • Factores físicos.
    • Motivaciones inconscientes.
    • Circunstancias que contribuyen a la situación.
    • Influencia de otros.
  • Escribe una lista de las razones que hay detrás de lo que dice tu intuición:
    • Conocimiento.
    • Conciencia profunda innata o sentido común.
    • Entendimiento obtenido por la experiencia.
    • Actitudes ocultas que refuerzan tu intuición.
  • Haz una lista de las razones que hay detrás de lo que quieres hacer:
    • Motivaciones conscientes.
    • Motivaciones inconscientes.
    • Circunstancias que contribuyen a la situación.
    • Influencia de otros.
  • Haz una lista de las razones que hay detrás de lo que necesitas hacer:
    • Beneficios a corto plazo para cada persona.
    • Beneficios a largo plazo para cada persona.
    • Necesidad física.
    • Circunstancias que contribuyen a la situación.
  • Para determinar si es preciso hacer algo, evalúa las razones positivas y negativas de actuar y de no actuar, poniendo particular atención en las ventajas y las desventajas a corto y largo plazo de cada decisión.
  • Sopesa todos los factores para determinar cuál opción está sustentada por razones más válidas.
  • Decídete a seguir esa opción.
  • Para decidir qué hacer si la opción es actuar, reafirma tu motivación, ajusta tus diez factores mentales y aplica los cinco tipos de conciencia profunda.
    • Con un impulso motivado, enfócate en la persona.
    • Con la conciencia cual espejo, distingue y presta atención a diversos aspectos de su comportamiento.
    • Con las conciencias de igualdades y de individualidades, distingue los patrones y aún así respeta la individualidad de cada instancia.
    • Con darse cuenta que contacta y una sensación de felicidad ante la posibilidad de resolver el problema, fortalece tu interés, tu presencia mental y tu concentración.
    • Con la conciencia del logro, discrimina un curso de acción.
    • Con la conciencia de la realidad, evalúa la sabiduría y la efectividad de esta elección, asegurándote de que es éticamente pura: ni destructiva ni deshonesta hacia los sentimientos de las personas involucradas.
    • Si la elección parece ser la más razonable, establece tu intención de sugerírsela a la otra persona al principio de su discusión.
  • Para evitar la insensibilidad hacia ti mismo, ten claros tus límites pero permanece preparado para responder sí o no conforme se desarrolle la discusión.
  • Elige un momento apropiado para abordar el tema, cuando ambos lados se encuentren receptivos.
  • Imagina que te aproximas al encuentro de forma calmada y amable, sin preconcepciones.
  • Conserva la conciencia de la realidad a lo largo de la discusión para darle a la persona la oportunidad de cambiar de opinión, tomando en cuenta que nadie cambia instantáneamente.
  • Permanece abierto al punto de vista y a las sugerencias de la otra persona.

II. Mientras te enfocas en alguien en persona

1. Repite el procedimiento mientras estás sentado en círculo con el grupo y enfócate en uno de los integrantes, con quien necesites decidir algo

  • Si conoces a alguien del grupo y has tenido con él o ella una disputa, trabaja con eso.
  • Si no has tenido ningún problema o no conoces a nadie, trabaja con temas tales como mejorar tu relación o establecer una.

III. Mientras te enfocas en ti mismo

1. Repite el procedimiento mientras te ves en un espejo, para tomar una decisión difícil con respecto a tu vida

2. Repite el procedimiento sin el espejo.

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