15 Desbloquear nuestros sentimientos

Diferenciar los diversos aspectos de los sentimientos

Ajustar los diez factores mentales es un medio eficaz para incrementar la atención a los problemas y para mejorar la intención de responder. Sin embargo, diversos factores aún pueden obstaculizar esta respuesta. Uno de los más problemáticos es no sentir nada. En este contexto, no limitaremos el término “sentimiento” a su definición como uno de los diez factores innatos, sino que también lo usaremos para referirnos a emociones.

A menudo experimentamos lo que parece ser un bloqueo en nuestros sentimientos. Hablamos de “no estar en contacto” con nuestros sentimientos, en otras palabras, estar alejados de ellos. Decimos que no sentimos nada. A veces estamos tan confundidos que ni siquiera sabemos qué sentimos. Esto es porque nuestros sentimientos son tan complejos que pueden ser desconcertantes. Podemos disipar nuestra confusión sobre los sentimientos que experimentamos al ver sus elementos constituyentes. Dos de los elementos más importantes cuando tratamos de obtener una sensibilidad equilibrada, son sentir cierto nivel de felicidad o de tristeza y cierto nivel de simpatía. Examinemos cada uno por separado y luego la relación entre ambos.

Sentir cierto nivel de felicidad o de tristeza

Aunque podamos no sentir simpatía por alguien, siempre sentimos algo en el espectro que abarca la felicidad total y la absoluta tristeza. Esto es porque sentir cierto nivel de felicidad o de tristeza es una parte integral de cómo experimentamos cada momento de la vida. Por lo tanto, cuando decimos que no sentimos nada al encontrarnos con alguien, nuestra impresión es inexacta. Si nos examinamos cuidadosamente, descubriremos que de hecho estamos experimentando un nivel bajo de felicidad o de insatisfacción. Rara vez nuestros sentimientos se encuentran en el punto medio, de tal forma que no sean ni lo uno ni lo otro. Además, los sentimientos en el rango de baja intensidad en cualquiera de los dos lados de neutralidad, no son insípidos. Tampoco sugieren que nos interesemos poco en las cosas porque nada nos apasiona. Dichos sentimientos son simplemente otra porción del espectro de la felicidad y la tristeza, ni más ni menos.

Podemos apreciar este punto considerando nuestros sentimientos mientras miramos la pared. Si nos falta interés y queremos desviar la mirada, nos sentimos insatisfechos. Esto significa que estamos experimentando una infelicidad de nivel bajo. Si mantenemos nuestra mirada fija en la pared, incluso por pereza o aburrimiento, estamos conformes con lo que vemos, así que estamos experimentando una felicidad de nivel bajo, y consideramos esa vista como relajante o neutra.

Necesitamos tener en mente las definiciones de felicidad e infelicidad, y no confundir el factor mental de la sensación con sentir una sensación física. La felicidad es una sensación placentera que deseamos seguir experimentando y la infelicidad es una sensación desagradable que deseamos que termine. Por otro lado, una sensación física es una sensación percibida a través de nuestro sentido del tacto. Bajo los efectos de la novocaína, por ejemplo, no experimentamos sensaciones físicas cuando el dentista nos taladra una muela. Sin embargo, aún podemos sentirnos infelices por dicha experiencia.

Al entender esta diferencia descubrimos que cuando vemos la expresión en el rostro de alguien, sí sentimos algo. Esto ocurre estemos o no lo suficientemente interesados y atentos para notar si la persona está molesta. Sabemos que sentimos algo porque seguimos mirando a la persona o desviamos la mirada. En otras palabras, nos sentimos a gusto viéndola o nos sentimos incómodos.

Deshacernos de sentimientos perturbadores que bloquean nuestra sensibilidad

Cualquier sentimiento del espectro entre la felicidad y la tristeza, puede ser de dos tipos: perturbador o no perturbador. La diferencia entre los dos depende de si mezclamos el sentimiento con confusión. De acuerdo con un análisis al estilo guelug, cuando estamos confundidos acerca de nuestros sentimientos los exageramos hasta convertirlos en lo que parecieran ser entidades sólidas que existen por sí mismas. Parece como si tuvieran una gruesa línea alrededor, como los objetos en los libros para colorear. Entonces, las coloreamos con una identidad aparentemente concreta que nuestra confusión proyecta. Al creer que nuestros sentimientos tienen estas “identidades verdaderas” imaginarias, las consideramos con apego o temor.

Por ejemplo, ser felices puede darnos una mayor capacidad para ayudar a las personas que sufren. Pero si la confusión hace que nuestra felicidad aparezca como lo más maravilloso e importante en el mundo, nos volvemos apegados y obsesivos cuando la experimentamos. No queremos encontrarnos ni tratar con alguien que tenga problemas, porque esto arruinaría nuestro buen estado de ánimo. La felicidad que se experimenta de esta forma exagerada, es una experiencia perturbadora a pesar de ser placentera e incluso estimulante. Este tipo de felicidad nos vuelve insensibles a los demás y a nosotros mismos, porque estamos preocupados de que nos roben el placer. A menudo notamos este síndrome en personas que están bajo la influencia de drogas recreativas. Más aún, si no tenemos esta felicidad aparentemente maravillosa pero evasiva, nos obsesionamos con obtenerla. Esto también causa que actuemos insensiblemente hacia los demás, por ejemplo, cuando nos obsesionamos con nuestro orgasmo durante una relación sexual.

Cuando exageramos la tristeza, nuestra mente la hace aparecer monstruosa y atemorizante, hasta que parece capaz de tragarnos en un pozo de arenas movedizas. Por eso tratamos de evitar las situaciones desagradables con el fin de no deprimirnos. En consecuencia, no queremos escuchar los problemas de los demás ni visitarlos cuando están enfermos.

Al exagerar los sentimientos neutrales o de baja intensidad, nuestra mente los hace aparecer como una “nada” insatisfactoria. Si no estamos apasionados con un tema o una persona, sentimos como si no fuéramos reales. Por lo tanto, si somos exageradamente emocionales, los sentimientos neutros nos parecen perturbadores. Al tratar de evitarlos, nos vamos a los extremos y reaccionamos de manera exagerada a lo que dice la gente. Por ejemplo, nos sentimos indignados ante cualquier injusticia que sufran los demás, o nos quebramos y lloramos. Nuestro despliegue autoindulgente de emociones hace que los demás se sientan amenazados, avergonzados o incómodos de contarnos sus problemas. En lugar de recibir nuestro consuelo, tienen que tranquilizarnos.

La sensibilidad equilibrada requiere sentimientos de felicidad, de tristeza y neutrales, pero sólo aquéllos que no son perturbadores. Para tener dichos sentimientos, necesitamos despojarlos de exageraciones. Podemos hacerlo viendo que nuestras fantasías acerca de cómo existen no se refieren a nada real. La felicidad de compartir la vida con un compañero no coincide con lo que experimenta el protagonista de un cuento de hadas que vive “feliz para siempre” con el príncipe o la princesa. La tristeza de perder a un ser amado puede durar muchos años, pero no marca el fin de nuestra vida. De manera similar, los sentimientos neutrales o de bajo nivel no existen como una nada vacía, incapaces de hacernos sentir vivos. Estamos vivos sin importar el nivel de felicidad, tristeza o estado intermedio que sintamos.

Cuando se revientan los globos de las fantasías sobre nuestros sentimientos, la experiencia de sobriedad no nos priva de tenerlos. No nos volvemos completamente insensibles hacia los demás o hacia nosotros mismos. Los sentimientos no perturbadores no son equivalentes a una falta absoluta de sentimientos. Aún sentimos placer en una relación sexual; al disfrutarla por lo que es mientras dura, no nos quejamos ante su pérdida cuando termina. De la misma manera, cuando escuchamos las desgracias de alguien, aún nos sentimos tristes, y sin embargo, nuestra tristeza no nos perturba hasta la médula. Tampoco nos sentimos aburridos cuando experimentamos sentimientos neutros. Nos sentimos cómodos con ellos o con cualquier nivel de felicidad o tristeza que sintamos.

Superar la separación de los propios sentimientos

A veces, los sentimientos nos pueden parecer tan difíciles de manejar que los bloqueamos. En ocasiones esto puede ser útil. Por ejemplo, cuando tenemos un accidente grave o un ser querido muere de forma repentina, automáticamente entramos en estado de choque como mecanismo de supervivencia, dado que nuestros sentimientos son demasiado intensos y pueden desbordarnos. En otras ocasiones, bloqueamos nuestros sentimientos por razones neuróticas. Nuestra confusión hace que nuestros sentimientos parezcan peligrosos, así que los consideramos inherentemente perturbadores para nosotros. Esto nos vuelve rígidos e internamente temerosos.

La aproximación kagyu para superar este problema consiste en ver que nuestra mente por lo general rasga a la mitad nuestras experiencias de niveles de felicidad. Las hace aparecer engañosamente como dos elementos opuestos, “yo” y “ellos”, es decir, los sentimientos aparecen como “otros”. Concebir que los sentimientos existen de esa forma nos separa de ellos, y nos bloquea para responder con espontaneidad sensible a los demás y a nosotros mismos. Por ejemplo, podemos pensar que no vamos a permitirnos sentir felicidad porque no la merecemos. Además, podemos no permitirnos sentir tristeza porque tememos perder el control. Aún más, podemos no permitirnos sentimientos neutros porque entonces no estamos respondiendo realmente a alguien. En consecuencia, nos forzamos y fingimos sentirnos felices o tristes ante las noticias de alguien, lo cual no engaña a nadie.

Actuamos como si los sentimientos de felicidad o tristeza fueran algo amenazante o seductor que está “allá afuera”. De esa forma, parece como si estuviéramos sentados a salvo en nuestra casa y pudiéramos elegir salir o no a sentirlos, lo cual es absurdo. Necesitamos experimentar cualesquiera sentimientos que naturalmente surjan, sin hacer algo monumental de ellos o de nuestra experiencia de ellos.

La serenidad y la ecuanimidad como contenedores de sentimientos equilibrados

De acuerdo con las tradiciones sarvastivada y mahayana del abidarma, un factor mental de serenidad (upeksha) acompaña todos los estados mentales constructivos. De manera similar, la tradición teravada presenta la ecuanimidad (upekka). La sensibilidad equilibrada requiere de ambos factores. Ninguna de ellas sugiere una falta insensible de sentimientos o de respuesta.

La serenidad o el equilibrio, es un estado mental libre de vagabundeo mental o pesadez. Con el vagabundeo mental, nuestra atención vuela hacia objetos atractivos o hacia pensamientos irresistibles. Por ejemplo, aunque alguien nos esté hablando, nuestra atención se desvía hacia la televisión o hacia pensamientos autocentrados. Con la pesadez, nuestra mente carece de claridad. Oímos, pero en realidad no escuchamos lo que dice la persona.

Para ser apropiadamente sensibles, necesitamos deshacernos de estos dos importantes obstáculos: el vagabundeo mental y la pesadez. Ser una persona serena no es lo mismo que estar ausente y no sentir nada. Con la serenidad estamos enfocados, alertas y no caemos en los extremos. No estamos tan intensos y nerviosos que alteramos a la otra persona, ni estamos tan calmados y relajados que damos la impresión de que nada nos interesa.

Más aún, un estado mental sereno es una mente feliz. Los sentimientos neutrales que no son ni felices ni tristes, acompañan solamente la serenidad que se experimenta como parte de un trance de meditación profunda. Sin embargo, la felicidad que se siente en la serenidad que no forma parte de un trance, tiene una cualidad especial. Se asemeja a una sensación de frescura. Si nuestra mente está intranquila o perezosa, no estamos usando sus potenciales, y por lo tanto nos sentimos insatisfechos. Cuando nos liberamos de estas desventajas, nuestra mente está fresca y animada como después de una lluvia veraniega. De manera natural deseamos mantener esa sensación y, por definición, nos sentimos felices.

La ecuanimidad es un estado mental libre de atracción, repulsión e indiferencia. Supongamos que vamos en un avión y estamos sentados junto a otra persona que empieza a contarnos la historia de su vida. Si nos sentimos sexualmente atraídos hacia ella, estamos tan preocupados que ni oímos lo que nos dice. Si nuestro compañero de avión nos parece repulsivo, es posible que lo interrumpamos y le digamos algo descortés. Por otro lado, si nos es indiferente, lo ignoramos y no levantamos la mirada de nuestra revista. En los tres casos, somos insensibles al hombre o a la mujer como personas. Nos sentimos incómodos en su presencia y somos infelices.

Tener ecuanimidad no es equivalente a sentir nada. Tampoco es equivalente a una resignación educada. No nos limitamos a tolerar la plática de la persona, misma que nos parece una soberana tontería, mientras por dentro deseamos que el avión aterrice pronto. Si tenemos tiempo, ponemos atención con apertura e interés. Nuestro compañero de viaje es un ser humano, como nosotros, y podría fácilmente convertirse en un amigo cercano. Como deseamos que nuestro encuentro continúe, lo experimentamos con felicidad. Si realmente estamos ocupados, la ecuanimidad nos permite decírselo a la persona sin perder la calma: nos encantaría escucharlo, pero desafortunadamente tenemos algo importante que terminar antes de que aterrice el vuelo.

La felicidad que surge de la ecuanimidad es una sensación de alivio relajada y apacible. Sentimos alivio porque no sentimos apego ni temor. No estamos presionando a nadie, ni estamos tan apresurados que no tenemos tiempo para nada. Este estado mental provee un espacio protegido en el que nos sentimos cómodos respondiendo cálidamente a los demás y a nosotros mismos. La práctica tántrica reconoce la necesidad de un espacio protegido al incluir la visualización de uno mismo antes de intentar una transformación personal. En este contexto, una sensación de calma emocional actúa como un contenedor seguro para transformarnos en alguien con sentimientos no perturbadores y balanceados.

Componentes de la simpatía

Una sensibilidad equilibrada no sólo requiere serenidad, ecuanimidad y sentir cierto nivel de felicidad o infelicidad que no sea perturbadora, sino que también requiere simpatía. La simpatía es un complejo de diversas emociones y actitudes, cada una de las cuales abarca determinado rango. Las tres principales son: empatía, compasión y voluntad de involucrarse. Al igual que en el rango de felicidad y tristeza, algún elemento de cada factor acompaña nuestro encuentro con alguien.

El primer componente de la simpatía es un grado de empatía. Abarca desde una completa empatía por la situación de alguien a no empatizar en absoluto. Las variables que afectan este componente son la voluntad y la habilidad de entender la situación de alguien al imaginarnos en el mismo predicamento. Supongamos que tenemos un amigo que padece cáncer. Podemos estar dispuestos a tratar de apreciar su dolor y ser o no capaces de imaginarlo. De manera alternativa, por varias razones, como falta de interés o miedo, podemos no tener la voluntad de imaginar el dolor. Esto puede suceder sea que podamos concebirlo o no.

El segundo componente de la simpatía es un punto en el rango de la compasión, la indiferencia y la malevolencia. Podemos desear que alguien se libere de su tormento, que no nos importe que sufra, o desear que la persona experimente más dolor. Por ejemplo, aun si no podemos imaginar la tortura mental y física de un cáncer terminal, de cualquier forma podemos desear que nuestro amigo se cure. Por otro lado, podemos saber muy bien lo doloroso que es el cáncer, pero es posible que no nos importe que lo sufra un dictador perverso, o bien, sentir que dicha persona merece ese dolor.

El tercer componente es un elemento del rango que va desde desear involucrarse hasta sentir antipatía por cualquier tipo de involucramiento. La variable que determina este factor es la voluntad de hacer algo ante el predicamento de alguien. Podemos empatizar con nuestro amigo, preocuparnos por su comodidad y desear que no sufra dolor. Sin embargo, podemos no desear visitarlo por temor a los sentimientos que puedan surgir, lo cual es diferente a no poder visitarlo porque tenemos un viaje de negocios.

No sentir simpatía

Al decir que no sentimos nada, queriendo decir que no sentimos simpatía por alguien, debemos analizar cuidadosamente cuáles elementos de la simpatía son deficientes. A partir de ello, podemos saber qué pasos tomar para remediar la situación. Por ejemplo, si nuestra falta de simpatía por nuestro amigo con cáncer se debe a no estar dispuestos a empatizar, necesitamos aumentar el factor del interés que acompaña nuestro encuentro. Podemos hacerlo pensando cómo es que todos estamos interrelacionados en nuestro mundo complejo. Como señalaba Shantideva, ¿qué sería de nuestra mano si se negara a interesarse por el bienestar de nuestro pie? De manera similar, ¿qué sería de nosotros si nos negáramos a interesarnos en otros que son parte de nuestro círculo de amigos o de nuestra comunidad?

Por otro lado, si no sentimos nada porque nuestro interés en el problema de nuestro amigo es meramente intelectual, necesitamos pensar que es un ser humano igual que nosotros. Así como nosotros sufrimos cuando tenemos dolor, a nuestro amigo le sucede lo mismo. Como Shantideva dijo también en una ocasión: el dolor necesita ser eliminado, no porque sea mi dolor o el tuyo, sino simplemente porque lastima. Pensar así nos ayuda a tomar en serio la situación de nuestro amigo.

Supongamos que estamos sinceramente interesados en el problema de nuestro amigo, pero no podemos empatizar porque somos incapaces de relacionarnos con lo que está sintiendo. Podemos recordar algo similar que hayamos experimentado, como un severo dolor de estómago. Aunque el sufrimiento de un dolor de estómago no se aproxima al de un cáncer, aún así puede servir como ejemplo para ayudarnos a entender la situación de nuestro amigo.

Posiblemente sí tenemos interés y valoramos el tormento que está viviendo nuestro amigo. En otras palabras, podemos empatizar completamente con él. Sin embargo, como en este momento estamos enojados con él o ella, no sentimos compasión. No nos importa que tenga cáncer o pensamos que merece ese dolor. Para superar nuestra insensibilidad, podemos imaginarnos viviendo la misma situación. Sin importar qué tantas cosas crueles hayamos dicho o hecho en nuestra vida, desearíamos intensamente que nuestra agonía terminara. Nuestro amigo siente lo mismo. A menos que fuéramos masoquistas, no ignoraríamos nuestra miseria ni nos negaríamos a tomar una dosis razonable de analgésicos por sentir que merecemos sufrir. De manera similar, ¿por qué deberíamos de ser indiferentes ante la situación de nuestro amigo, o pensar que debería ser torturado por el dolor? Todos somos seres humanos con el mismo deseo de felicidad y aversión al sufrimiento.

Podemos entender la intensa incomodidad de nuestro amigo y sentir compasión al desear que su dolor termine rápidamente, y aún así, nos puede faltar la simpatía suficiente como para visitarlo en el hospital. Si nuestra razón para no ir es que estamos muy ocupados, podemos pensar que no nos gustaría que alguien nos diera esa misma excusa. Debemos reevaluar nuestras prioridades en términos humanos más que financieros. Además, si hacemos la visita, necesitamos recordarnos estas prioridades para evitar estar viendo el reloj constantemente.

Si rehuimos el hospital por miedo a que nos abrumen las emociones, podemos aplicar las técnicas de deconstrucción para superar esta preocupación autocentrada que causa nuestro temor. Podemos tratar de ver a través de la apariencia dualista que nuestra mente crea de un “yo” hipersensible y asustado que se encuentra con un “tú” emocionalmente insoportable. También podemos tratar de enfocarnos en la ausencia de alguna referencia real de nuestra fantasía, cuando exageramos la visita hasta convertirla en una odisea imposible de manejar o soportar. Nada existe de esa forma imposible.

Superar el miedo a la infelicidad cuando sentimos simpatía

Cuando alguien sufre, necesitamos sentir tanto simpatía como un nivel de tristeza que no es perturbador. Sin embargo, el miedo a sentirnos infelices puede bloquear uno o más de los componentes de la simpatía que son: empatía, compasión o la voluntad de involucrarse. Superar este temor es esencial para una respuesta sensible y equilibrada.

Los maestros tibetanos explican la etimología de karuna, la palabra sánscrita para compasión, como connotación de aquello que destruye la felicidad. Cuando vemos sufrir a alguien y sentimos compasión, de manera natural nos sentimos tristes también. Sin embargo, cuando mezclamos nuestra compasión con confusión sobre la realidad, experimentamos una tristeza que nos perturba por completo. Por ejemplo, si pensamos que la vida no puede continuar después de que fallece un ser querido con cáncer terminal, podemos deprimirnos completamente al pensar en esa persona, por lo que pareciera que es más seguro no sentir nada. Es comprensible temer a un sentimiento perturbador de infelicidad. Por otro lado, un sentimiento no exagerado de tristeza, que descansa sobre una base estable de ecuanimidad serena, no es perturbador y no hay que temer de él.

Cuando nos liberamos del vagabundeo mental, la pesadez, la atracción, la repulsión, la indiferencia y la confusión acerca de la realidad, logramos una paz mental estable. Su sello es una sensación de alegría silenciosa, madura y profunda. Irónicamente, nos damos cuenta de que si teníamos bloqueos emocionales que nos impedían llorar, ahora lloramos con más facilidad. No obstante, aun cuando nos sentimos tristes por nuestro sufrimiento o el de los demás y esto espontáneamente nos mueve a las lágrimas, internamente permanecemos serenos a un nivel emocional. No lloramos porque nos sintamos desesperanzados, perdidos o abrumados ante las injusticias del mundo. No tenemos sentimientos de autoconmiseración ni de ira. Nuestra felicidad básica no se ve alterada y regresa rápidamente. Aunque la tristeza de una simpatía compasiva opaque brevemente nuestra felicidad, no tememos experimentarla. La tristeza es meramente una ola que surge de manera natural en el océano de nuestra mente.

La relación entre amor y felicidad

El amor es el deseo de que alguien sea feliz. Dicho deseo se produce naturalmente de la simpatía compasiva. Aunque nos sentimos tristes por el dolor y las penas de alguien, es difícil sentirse abatido mientras se le desea felicidad a la persona de forma activa. Cuando dejamos de pensar en nosotros mismos y nos enfocamos en la felicidad de alguien más, nuestro corazón se hace naturalmente más cálido. Esto automáticamente nos produce una apacible sensación de alegría. Por eso, cuando el amor es sincero y desinteresado, lo acompaña una suave felicidad que no es perturbadora. Así como un padre olvida su dolor de cabeza cuando está atendiendo a su hijo enfermo, de manera similar, la tristeza que sentimos por la desgracia de alguien más desaparece cuando irradiamos pensamientos de amor.

Entrenarse para responder a los problemas con sentimientos no perturbadores

La sensibilidad equilibrada ante los problemas de alguien más, requiere escuchar con simpatía y tristeza, y después responder cálidamente tratando de consolar y animar a la persona. El método tradicional mahayana para hacer esto con sentimientos no perturbadores es el tonglen (tomar y dar). Al ser una práctica avanzada, requiere de estabilidad emocional, fuerza y valor obtenidos, por ejemplo, a través del entrenamiento en los dieciséis ejercicios previos. Tomamos el sufrimiento de los demás y les damos nuestra felicidad. Con un sentimiento de compasión, nos imaginamos el dolor, la pena, la enfermedad o el daño del otro como una luz negra que sale de él, liberándolo de todo eso. Luego, esa luz entra en nosotros al inhalarla, experimentamos el sufrimiento que representa y posteriormente la luz se disuelve en nuestro corazón. Entonces, generamos un deseo amoroso de que el otro sea feliz. Mientras exhalamos, imaginamos que esta felicidad sale de nuestro corazón como una luz blanca, la luz lo llena por completo de salud, bienestar y una alegría reconfortante.

Es importante tomar en cuenta varios puntos al emprender esta práctica. En primer lugar, no sólo necesitamos compasión, sino también los otros dos componentes de la simpatía: la empatía y el deseo de involucrarnos. En segundo lugar, necesitamos sentir niveles apropiados de tristeza y felicidad. Para hacer esta práctica es preciso que no tengamos temor de estos sentimientos. Perdemos cualquier temor que podamos tener cuando experimentamos tristeza y felicidad de forma no dualista, basadas en la serenidad y la ecuanimidad. Los sentimientos experimentados de esta manera no son perturbadores.

Además, debemos tener cuidado de no mezclar nuestra práctica con la sensación dualista de ser un santo o un mártir que toma el sufrimiento de un pobre miserable. También debemos tener cuidado de no exagerar el sufrimiento de los demás al grado de convertirlo en un monstruo sólido que ahora tenemos dentro y nos abruma. Aunque es importante sentir el dolor de la persona, porque de otra manera es posible que no lo tomemos en serio, debemos dejarlo ir. Un método es imaginar que el dolor pasa a través de nosotros y llega a su fin. Otro método es verlo como una ola que no perturba las profundidades de la mente. El entendimiento y la sabiduría siempre deben acompañar la práctica de la compasión amorosa.

Aun en los momentos más tristes, como puede ser un funeral, esta práctica nos permite sonreír cálidamente, con simpatía y comprensión en nuestra mirada, y consolar a los dolientes con amor. Nos sentimos tristes ante la pérdida e incluso podemos llorar. Sin embargo, nuestra preocupación central es desearle felicidad y bienestar tanto al difunto como a los dolientes. Nuestra sonrisa no es impertinente, ofensiva, irrespetuosa ni falsa. No la forzamos antes de haber llorado lo suficiente, ni nos regañamos a nosotros mismos por ser tontos y llorar. Sin embargo, nuestro llanto pasa rápidamente. Entendemos la muerte, la impermanencia, y la causa y el efecto; todo el que nace debe partir algún día. Con el deseo de que los otros dolientes también puedan entender esto, lo aceptamos e imaginamos que aliviamos su sufrimiento y los consolamos.

Ejercicio 17: Aceptar el sufrimiento y dar felicidad

Durante la primera fase de este ejercicio, miramos la foto de un ser amado o nos hacemos una imagen mental de la persona. Tras aquietar nuestra mente en un nivel burdo con los métodos de “soltar”, “escribir en el agua” y “olas en el océano”, tratamos primero de asentarnos en un estado de serenidad, libres de toda volatilidad y pesadez. Para aquietar nuestra mente de tensión, preocupaciones o prisas en forma más profunda, podemos usar el método en tres pasos de soltar, escribir en el agua y olas en el océano. Para elevar nuestra energía si estamos deprimidos o embotados, podemos imaginar que acabamos de salir de un baño refrescante. Entonces, volvemos nuestra atención a la persona, sin escudriñar ni entrometernos insistentemente, y al mismo tiempo sin sentirnos alejados o distantes. Entre más relajados y frescos estemos, menor será nuestra intensidad y más sincero nuestro interés.

A continuación tratamos de serenarnos un poco más con ecuanimidad. Pensamos en cómo nuestro ser amado es un ser humano y al igual que nosotros no le gusta tener a alguien aferrado a él, ni ser rechazado o ignorado. Cuanto más relajados y alertas estemos, más sencillo será no querer nada de la persona y no sentirnos repelidos ni indiferentes. Además, cuando la persona está necesitada, no aprecia a alguien que sea sobreprotector, que esté asustado o demasiado ocupado como para dar su tiempo. Al soltar esas actitudes con la respiración o la imagen de escribir en el agua, tratamos simplemente de estar abiertos y atentos.

Ahora recordamos un problema que nuestro ser amado pueda estar enfrentando en su vida y el dolor y la pena que pueda estar experimentando, y generamos una actitud de consideración al pensar: “eres un ser humano y tienes sentimientos, igual que yo”. Para desarrollar una simpatía total, necesitamos generar empatía, compasión y deseo de involucrarnos. Primero pensamos en cómo estamos interrelacionados con esa persona, como nuestra mano y nuestro pie, por lo que ignorar su dolor sería ser muy miope. Entonces consideramos que es necesario deshacerse del dolor, no porque sea el dolor de nuestro ser amado, sino simplemente porque duele. Con estos dos pensamientos, desarrollamos el interés de tratar de empatizar. A continuación, si no podemos imaginarnos su dolor, recordamos algo similar que hayamos experimentado. El dolor de esa persona no nos es tan ajeno.

Una vez que podemos empatizar con su dolor físico o emocional, reflexionamos que si estuviéramos en el mismo predicamento querríamos que el dolor llegara a su fin. Lo mismo pasa con nuestro ser amado. Con esta línea de pensamiento, desarrollamos compasión: el deseo de que se libere del sufrimiento y de sus causas. Para obtener la voluntad de involucrarnos, pensamos que así como no nos gustarían las excusas de nadie, nuestro ser amado tampoco recibiría bien nuestros titubeos.

Si tenemos miedo de sentir su dolor, tratamos de desinflar nuestras proyecciones dualistas. Para hacerlo, alternamos hacernos cosquillas en la palma de la mano, pellizcarla y tomar una mano con la otra. Tratamos de experimentar cada una como una ola en la mente sin una impresión dualista de un “yo” aparentemente concreto y una sensación física aparentemente concreta. Cuando nos sale bien, de forma natural perdemos el miedo a estas experiencias. Así como las sensaciones físicas de placer o dolor no son perturbadoras ni atemorizantes cuando se experimentan de manera no dualista, lo mismo ocurre con sensaciones mentales de felicidad y tristeza.

Ahora, sin tensión ni miedo, tratamos de imaginar que el sufrimiento y sus causas abandonan a nuestro ser amado en la forma de una luz negra, liberando a la persona de su dolor y sufrimiento. Al inhalar, imaginamos que esta luz entra en nuestro corazón. Aceptamos y tratamos de sentir su angustia. Entonces, al ver la experiencia del dolor desde la perspectiva del océano de nuestra mente de luz clara, tratamos de verlo de manera no dualista como una ola. Lo que nuestro ser amado y ahora nosotros estamos experimentando es desagradable y de manera natural evoca una sensación de tristeza, no lo trivializamos de ninguna manera. Sin embargo, esta sensación no perturba las profundidades calmas y serenas del océano. Tratamos de dejar que se aquiete y pase de manera natural.

Desde nuestro corazón de luz clara, ahora surge naturalmente un interés cálido y amoroso por el bienestar de la persona. Con el deseo de que sea feliz, tratamos de imaginar nuestro interés como felicidad y sus causas, pero en la forma de una luz blanca. Reforzados por la alegría natural de la mente, tratamos de sentir una felicidad profunda mientras imaginamos que la luz entra en la persona y la colma de alegría.

A continuación, imaginamos que complementamos nuestro regalo de felicidad con uno adicional de comprensión y posibles soluciones a sus problemas. Para hacerlo, tratamos de aprovechar las capacidades de los cinco tipos de conciencia profunda que también dotan a nuestra mente de luz clara. Imaginamos que nuestra comprensión y las soluciones salen de nosotros como luz blanca y colman a la persona. Algunas veces, experimentar frustración y desagrado es sano para el crecimiento de nuestro ser amado, como un niño que está aprendiendo habilidades sociales. En dichos casos, podemos imaginar que simplemente quitamos las asperezas de la experiencia y le damos una comprensión profunda valiosa.

Podemos también dar otros factores relacionados con la mente de luz clara. Por ejemplo, si un ser amado necesita confianza en sí mismo, podemos recordar la naturaleza búdica y transformar la confianza que sentimos en nuestras propias habilidades, en confianza hacia los talentos innatos de nuestro ser amado. Al irradiar confianza hacia la persona, tratamos de imaginar a nuestro ser querido colmado de la luz blanca de la confianza en sí mismo y de nuestra fe en él. Cuando repetimos este proceso durante encuentros reales con la persona, nuestra confianza refuerza su autoestima.

Ya que las cualidades naturales de la mente se traducen automáticamente en expresiones verbales y físicas, también tratamos de imaginar a nuestro ser amado actuando y hablando con seguridad en sí mismo. Aún más, tratamos de imaginar que interactuamos con esa persona basados en una confianza plena. En los encuentros de la vida real, las palabras y las acciones similares estimularán a nuestro ser querido a hablar y actuar con confianza en sí mismo.

Podemos seguir un procedimiento similar si un ser querido siente que su dignidad está amenazada, por ejemplo, por los estragos de una enfermedad o por la vejez. Al aprovechar el orgullo que sentimos por nuestras buenas cualidades innatas, tratamos de imaginar que la persona se llena de dignidad con la luz blanca. Lo reforzamos también enviándole nuestro respeto. Luego, tratamos de imaginar a nuestro ser querido actuando con una autoestima fortalecida y a nosotros interactuando con un sincero y profundo respeto.

Como práctica inicial, no es recomendable repetir el procedimiento de dar y recibir con un extraño o con alguien que nos caiga mal, porque es posible que nuestros sentimientos no sean sinceros. Podemos intentarlo solamente cuando hayamos obtenido algo de experiencia con el método y cuando hayamos avanzado mucho en nuestro entrenamiento en la sensibilidad.

Esquema de Ejercicio 17: Aceptar el sufrimiento y dar felicidad

I. Mientras te enfocas en la fotografía o en la imagen mental de un ser querido que está abrumado por un problema

  • Aquieta tu mente con los métodos de “soltar”, “escribir sobre el agua” y “olas en el océano”.
    • Para asentarte en un estado de serenidad, silencia el vagabundeo mental al imaginar que la tensión, la preocupación y las prisas salen con tu exhalación, o que surgen y desaparecen simultáneamente como al escribir sobre el agua.
    • Disipa el embotamiento imaginando que acabas de salir de un baño refrescante.
    • Para tranquilizarte con ecuanimidad, calma cualquier sentimiento de atracción, repulsión o indiferencia al pensar que tu ser querido es un ser humano y que, al igual que a ti, no le gusta que se aferren a él, que lo rechacen o lo ignoren.
    • Con tu respiración o con la imagen de escribir sobre el agua, suelta la sobreprotección, el miedo o la sensación de estar demasiado ocupado.
  • Recuerda el problema que está enfrentando tu ser querido y el dolor y la tristeza que él o ella está experimentando.
    • Genera una actitud considerada al pensar: “ Eres un ser humano y tienes sentimientos, al igual que yo”.
    • Para desarrollar interés, piensa en cómo esta persona y tú están interrelacionadas, como tu pie y tu mano, y considera que este dolor necesita ser eliminado, no porque sea de tu ser querido, sino simplemente porque duele.
    • Para empatizar, recuerda algo similar que hayas experimentado.
    • Para desarrollar compasión, reflexiona que si tú estuvieras en el mismo predicamento, desearías que terminara; así lo desea también tu ser querido.
    • Deséale a él o a ella que se libere del sufrimiento y de sus causas.
    • Para obtener la voluntad de involucrarte piensa que, así como no te agradarían las excusas de alguien, tu ser querido tampoco recibiría bien tu indecisión.
  • Para disipar el temor de sentir la tristeza de la persona, desinfla las proyecciones dualistas alternando hacer cosquillas en la palma de tu mano, pellizcarla y sostener una mano con la otra, experimentando cada acción como una ola de la mente, sin la impresión dualista de un “yo” aparentemente concreto y una sensación física aparentemente concreta.
    • Reflexiona que, así como las sensaciones de placer o dolor físico no son perturbadoras o temibles cuando se experimentan de forma no dualista, tampoco lo son las sensaciones de felicidad o tristeza mental.
  • Sin tensión ni miedo, imagina que el sufrimiento y sus causas abandonan a tu ser querido en forma de luz negra, liberándolo de su dolor.
    • Imagina que, al inhalar, esta luz entra en tu corazón.
    • Acepta y siente la angustia de la persona.
    • Ve la experiencia del dolor desde la perspectiva del océano de la luz clara de tu mente y obsérvala de forma no dualista como una ola.
    • Siente lo que naturalmente evoca la tristeza que tu ser querido y ahora tú están experimentando, sin que esto altere las profundidades tranquilas y serenas del océano.
    • Deja que la sensación de tristeza se calme y pase de forma natural.
  • Siente que, de manera natural, un interés cálido y amoroso por la persona surge de tu corazón de luz clara.
    • Con el deseo de que tu ser querido sea feliz, imagina tu interés como esta felicidad y sus causas, pero en la forma de luz blanca.
    • Reforzado por el gozo natural de la mente, siente una felicidad profunda al imaginar que la luz entra en la persona y la llena de gozo.
  • Para obtener entendimiento y posibles soluciones a los problemas de tu ser querido, aprovecha las habilidades de los cinco tipos de conciencia profunda e imagina que tu entendimiento y las soluciones salen de ti, también en forma de luz blanca, y colman a la persona.

II. Mientras te enfocas en alguien en persona

1. Repite el procedimiento dos o tres veces mientras estás sentado en círculo con el grupo, enfocándote en una persona diferente cada vez; trabaja con los problemas generales que afligen a la mayoría de las personas, tales como la inseguridad, y utiliza las frases clave para establecerte en el estado mental preliminar

  • sin tensión, preocupación, prisa o pesadez”
  • relajado y fresco”
  • sin aferramiento, aversión o indiferencia”
  • sin ser sobreprotector, temeroso o estar demasiado ocupado”< /em>
  • abierto e interesado”
  • interés”
  • empatía”
  • compasión”
  • voluntad de involucrarse”
  • sin temor a sentir tristeza”

III. Mientras te enfocas en ti mismo

1. Repite el procedimiento mientras te ves en un espejo

2. Repite el procedimiento sin espejo; extrae tus problemas en la forma de luz negra proveniente de todo tu cuerpo y llévalos a tu corazón; posteriormente, llena tu cuerpo con felicidad en la forma de luz blanca emitida desde tu corazón

3. Repite el procedimiento anterior mientras observas fotografías de ti mismo que abarquen toda tu vida, tomando cualesquiera problemas sin resolver, sentimientos bloqueados o agitación emocional que hayan permanecido contigo desde aquellas épocas, o que aún estén relacionados con esos tiempos.

Ayudar a otros y a nosotros mismos a superar la inseguridad

Durante la segunda fase del ejercicio, practicamos el dar y recibir mientras nos sentamos en círculo con el grupo, repitiendo el procedimiento dos o tres veces y enfocándonos cada vez en una persona diferente. Hacer esta práctica frente a un compañero es demasiado intenso y, en encuentros de la vida real, puede parecer pretencioso. Los textos clásicos aconsejan que la práctica de dar y recibir se mantenga siempre en privado para que nadie sepa que la estamos haciendo, ni siquiera la persona en la que nos estamos enfocando.

Es posible que no conozcamos los problemas específicos que las demás personas que integran el círculo están enfrentando en el momento. Sin embargo, podemos trabajar con los problemas generales que afligen a la mayoría de las personas. Tomemos el ejemplo de la inseguridad.

Primero, mientras nos enfocamos en alguien, necesitamos asentar nuestra mente en un estado de serena ecuanimidad y simpatía, como lo hicimos anteriormente. Para ayudar al proceso, podemos usar las frases clave:

  • “sin tensión, preocupación, prisa o pesadez”,
  • “relajado y fresco”,
  • “sin aferramiento, aversión o indiferencia”,
  • “sin sobreprotección, temor o estar demasiado ocupado”,
  • “abierto e interesado”;
  • “interés”,
  • “empatía”,
  • “compasión”,
  • “voluntad de involucrarse”
  • “sin temor a sentir tristeza”.

Entonces, imaginamos que liberamos a la persona del sufrimiento de ser insegura. Lo hacemos imaginando que el sufrimiento entra en nosotros como una luz negra. Sin temor de sentir el dolor de la persona, tratamos de verlo desde la perspectiva del océano de la mente y lo dejamos asentarse. Permanecemos en un estado de luz clara oceánica, libre de las preocupaciones y tensiones que alimentan la inseguridad, y tratamos de experimentar la alegría natural de nuestra mente. Con sentimientos de amor, irradiamos esta alegría como luz blanca e imaginamos que colma a la persona.

Además, tratamos de entender que la inseguridad de la persona surge de no ver sus experiencias desde la perspectiva de los cambios de la vida, las partes y las causas, y las olas en el océano. También emanamos en forma de luz blanca nuestro entendimiento de estos puntos y la consiguiente seguridad y sentido de bienestar que nos brindan. Al sentirnos seguros de nosotros mismos, tratamos de reforzar la sensación de seguridad de la persona. Si la conocemos bien, también podemos practicar el dar y recibir con sus problemas específicos.

Durante la tercera fase, nos enfocamos en nosotros mismos, primero con un espejo y luego sin él. Comenzamos tratando de identificar cualquier problema personal que estemos enfrentando en el momento. Para asentarnos en un estado de serena ecuanimidad y simpatía, podemos usar las diez frases clave como lo hicimos anteriormente. A continuación, con compasión por nosotros mismos, nos imaginamos tomando nuestras dificultades como luz negra, ya sea extrayéndolas de la imagen del espejo o de nuestro cuerpo entero, y llevándolas a nuestro corazón. En otras palabras, aceptamos trabajar con nuestros problemas y tratamos de sentirnos libres de preocupación por ellos. Sin tensión, miedo ni sensación de dualismo, tratamos de experimentar el dolor que nos causan, desde el punto de vista del océano, y dejamos que la experiencia pase. Al tratar de encontrar posibles soluciones con el entendimiento de nuestra conciencia profunda, las irradiamos amorosa y alegremente como luz blanca. La luz llena nuestra imagen en el espejo, o colma nuestro cuerpo desde adentro si estamos practicando sin espejo.

Al usar el mismo procedimiento que cuando trabajamos en círculo, podemos también tratar de tomar cualquier manifestación o residuo de sensación de inseguridad que podamos tener. Después nos enviamos a nosotros mismos una sensación de seguridad.

Por último, practicamos el dar y recibir mientras vemos la serie de fotografías de nosotros mismos de momentos particularmente difíciles de nuestra vida. Si tenemos algún problema sin resolver, sentimientos bloqueados o agitación emocional de aquella época o aún en relación con aquellos tiempos, tratamos de sacarlos a la superficie. Tomándolos compasivamente, tratamos de experimentar el dolor que producen y lidiamos con él hoy. Tratamos de enviarnos deseos amorosos de alegría a quienes éramos en ese entonces y también soluciones posibles que podamos usar actualmente para resolver esos problemas. Si no tenemos fotografías de nosotros mismos de esos períodos, podemos pensar en aquellos tiempos y practicar como lo hicimos sin el espejo. Tratamos de extraer el dolor de todo nuestro cuerpo en la forma de luz negra. Luego, tratamos de emanar la luz blanca de alegría desde el centro de nuestro corazón, de tal forma que impregne todo nuestro cuerpo. Finalmente, tratamos de sentir que esa luz irradia por todos los poros de nuestra piel.

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