20 Disolver las emociones perturbadoras en la conciencia profunda subyacente

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Tanto aferrarse a las facetas naturales de la actividad mental en busca de seguridad, como temerles como si se trataran de una amenaza, surgen de proyectar y creer en las apariencias dualistas y triplistas. Deconstruir estas apariencias confusas nos deja meramente con la experiencia de estas funciones naturales. De manera similar, las emociones perturbadoras también surgen de proyectar y creer en apariencias engañosas, especialmente en las dualistas. Bajo la influencia de estas emociones nos volvemos insensibles o hipersensibles. Al deconstruirlas, debajo de ellas encontramos la llave para obtener el equilibrio: nuestro entramado de cinco tipos de conciencia profunda.

La siguiente presentación se deriva de la discusión del abidarma sobre las cinco emociones perturbadoras principales: ingenuidad, arrogancia, deseo anhelante, celos o envidia y enojo. Las enseñanzas sobre el vacío de otro proporcionan el mayor número de detalles sobre su deconstrucción en las conciencias profundas. Debido a que en Occidente predomina la baja autoestima, extenderemos el alcance de la presentación clásica de las cinco emociones principales para incluir emociones relacionadas que surgen en el contexto del automenosprecio. Al hacerlo, seguimos la tradición comentárica budista de complementar un texto clásico con las implicaciones lógicas que adaptan sus enseñanzas a situaciones específicas. El método de Shantideva de contrarrestar el orgullo, la competitividad y la envidia, intercambiando el punto de vista propio por el de otros, sugiere la herramienta analítica que usaremos: cambiar el objetivo de los demás a uno mismo.

Ingenuidad

La ingenuidad (moha) es la confusión sobre la causa y el efecto o sobre la realidad, que acompaña al comportamiento o al pensamiento destructivo. Dicha confusión puede surgir por no conocer estos asuntos o por entenderlos de manera inversa. Cuando somos ingenuos sobre la causa y el efecto, podemos creer que nuestras acciones insensibles y nuestro comportamiento exageradamente emocional no tienen efecto alguno. También podemos imaginar que producen felicidad cuando en realidad causan daño. Al ser hipersensibles cuando se nos sugiere que nuestro comportamiento difícil es el responsable de nuestras desgastadas relaciones, es posible que también culpemos a todos los demás de nuestros problemas. Cuando somos ingenuos acerca de la realidad, no nos damos cuenta de que las apariencias dualistas que crea nuestra mente son sólo olas de la actividad de la luz clara, y que no se refieren a nada real. En consecuencia, reaccionamos de forma exagerada.

El pensamiento distorsionado y antagónico a menudo acompaña a la ingenuidad, lo que nos hace tener una mente cerrada. Esto nos lleva a negar obstinadamente la existencia de la causa y efecto, o a rehusarnos a aceptar la existencia o los hechos acerca de alguna situación o de alguna persona. También nos hace estar a la defensiva o insistir agresivamente en que nuestras experiencias dualistas corresponden con la realidad.

Dado que la ingenuidad, especialmente en su forma de estrechez mental, es un mal común que la mayoría de la gente ni siquiera detecta, daremos algunos ejemplos:

  • Al negar ingenuamente la existencia de nuestros sentimientos, nos separamos de ellos.
  • A pesar de que los pensamientos o las imágenes perturbadoras acuden de forma obsesiva a nuestra mente, no queremos pensar en ellos.
  • Imaginamos que al no pensar en nuestros problemas, estos desaparecerán.
  • Al creer que somos el centro del universo, no queremos considerar el punto de vista de otros.
  • Insistimos en que alguien haga algo por nosotros aun si la persona no tiene tiempo.
  • Convencidos de nuestra incapacidad de relacionarnos, tememos a los demás y nos cerramos a contactos significativos.
  • Al negarnos a aceptar la realidad de que un ser amado es una persona independiente, nos volvemos sobreprotectores.

Cuando reconocemos las apariencias dualistas que hay detrás de nuestra ingenuidad, podemos deconstruirlas. Por ejemplo, supongamos que tenemos un hijo de dieciséis años y nuestra mente ha creado la sensación de un “yo” amenazado aparentemente concreto en contra de un pensamiento amenazante aparentemente concreto, tal como el de “ya no me necesitas como cuando eras un bebé”. De acuerdo con la visión del vacío de otro, cuando relajamos el aferramiento de la inseguridad, encontramos la conciencia de la realidad; en otras palabras, sabemos que nuestro hijo tiene dieciséis años. Sin embargo, no deseamos pensar en lo que este hecho implica y nos sentimos ansiosos. Al creer ingenuamente que tratar a nuestro hijo como a un bebé no va a causar problema alguno, nos portamos sobreprotectores. Por lo tanto, la ansiedad y la ingenuidad obscurecen nuestra conciencia de la realidad.

Más allá de nuestra tensión yace la conciencia que constituye la esfera más profunda de la realidad, a saber, la luz clara de la actividad mental que da surgimiento a la experiencia. Cuando nos relajamos completamente, experimentamos los pensamientos como meras olas en el océano de la mente. Así, pensar en nuestro hijo como una persona independiente ya no es una experiencia amenazante.

La posición del vacío de sí mismo explica que cuando relajamos el aferramiento de la ingenuidad temerosa, encontramos que la subyace la conciencia cual espejo. Hemos tomado la información de nuestro hijo que se ve, actúa y habla como un chico de dieciséis años, pero no le hemos puesto atención o hemos elegido ignorarlo. Cuando abrimos nuestra mente y nuestro corazón, alcanzamos la experiencia subyacente que ha estado ahí todo el tiempo: simplemente recibir la información, como una cámara de video o un micrófono.

En resumen, la ingenuidad no es como producir e involucrarse con los objetos, recibir información o saber lo que son las cosas. Esta emoción perturbadora no es una característica fundamental de la actividad de la mente. Surge sólo cuando cubrimos estas actividades básicas con apariencias dualistas y creemos en ellas. Sólo nos asustamos con nuestras experiencias cuando concebimos a un “yo” concreto que se enfrenta a un “objeto” concreto. En consecuencia, nos cerramos ingenuamente como si pudiéramos evadir la realidad. Cuando soltamos nuestra sensación de dualismo, o al menos nuestra creencia de que se refiere a lo que es real, descubrimos la conciencia cual espejo de la realidad que estuvo ahí todo el tiempo, como la estructura de nuestra experiencia.

Arrogancia y tacañería

La arrogancia es la sensación de engrandecimiento personal de que somos mejores que otros, en todo o sólo en ciertos aspectos. Por ejemplo, somos arrogantes por ser más ricos, más listos o más guapos. Puede ser convencionalmente cierto que tengamos más dinero que los demás; sin embargo, cuando proyectamos y creemos en la apariencia dualista de un “yo” rico aparentemente sólido y un “ tú” pobre aparentemente sólido, sentimos que esto nos hace ser mejores personas. Por lo tanto, nos volvemos engreídos, presumidos y arrogantes.

Un síndrome relacionado con la arrogancia, se da cuando transferimos el engrandecimiento personal a otros. Sentimos que son inherentemente mejores que nosotros en todos o sólo en algunos aspectos. Aunque el análisis del abidarma no analiza esta emoción perturbadora, estimar desmesuradamente a los demás ocurre comúnmente entre personas con baja autoestima. En vista de que la estructura de engrandecer a los demás es paralela a la arrogancia del engrandecimiento personal (siendo la diferencia un cambio de objetivo de los demás a uno mismo), las dos emociones se deconstruyen de la misma forma.

La apariencia dualista de nosotros y los demás como concretamente superiores a alguien, o a los demás en general, carece de sentido, pues nadie existe de esa manera fantasiosa. Todos compartimos las mismas características fundamentales de mente y corazón que nos permiten llegar a ser budas. Cuando nos damos cuenta de esto, soltamos el aferramiento de nuestra emoción perturbadora. Lo que permanece es la actividad mental subyacente, la conciencia de igualdades. Sólo estábamos considerando a los demás y a nosotros mismos en términos de una característica compartida, en este caso, qué tanto dinero tenemos. Sólo cuando cubrimos dicha consideración con una apariencia dualista e identidades concretas, consideramos a uno de los lados como inherentemente mejor y al otro como inherentemente peor.

La tacañería es la aversión a compartir algo con otros. Se deriva de la apariencia dualista de un “yo” aparentemente concreto como inherentemente más digno de poseer algo que un “tú” aparentemente concreto. Una sensación nerviosa de que compartir con este “tú” amenazaría la seguridad de este “yo”, a menudo acompaña la creencia en la apariencia engañosa.

Si sufrimos de baja autoestima, podemos transferir el objetivo de la tacañería a nosotros mismos. Con una negación de nuestros derechos y una inhabilidad de decir que no, no nos permitimos una parte justa de algo, ya sea dinero, tiempo, energía o espacio, y damos a otros más de lo que podemos. Hacemos esto porque creemos en la apariencia dualista que nuestra mente crea de un “yo” aparentemente concreto verdaderamente indigno y de un “tú” aparentemente concreto inherentemente más merecedor. Al ser inseguros y ansiosos, sentimos inconscientemente que establecer límites y conservar cualquier cosa para nosotros incitará a la persona a rechazarnos o abandonarnos.

La autoprivación, asociada con la anorexia, semeja la autonegación destructiva en favor de otros. Ambas implican una comparación de nosotros mismos con los demás; sin embargo, la anorexia no implica compartir nada. Por otro lado, la avaricia (atesorar dinero sin la voluntad de gastarlo ni siquiera en nosotros mismos) no comparte la misma estructura que la anorexia y la autoprivación en favor de otros. Esto es así porque la avaricia no implica la comparación con alguien más. Además, como una emoción perturbadora y destructiva basada en la confusión, la negación de los propios derechos en favor de otros difiere del autosacrificio constructivo de un padre hacia su hijo que incluso los animales muestran.

La arrogancia y la avaricia son emociones perturbadoras similares, pues con ambas nos consideramos mejores que alguien más. Deconstruir las apariencias dualistas que alimentan la avaricia nos permite relajar nuestra inseguridad y tensión. Una vez más, descubrimos que la conciencia de igualdades se encuentra subyacente. Estábamos considerando simultáneamente a los demás y a nosotros mismos en términos de la posibilidad de compartir algo. La misma conciencia profunda se hace evidente cuando relajamos nuestra valoración exagerada de otros y nuestra autonegación destructiva en su favor.

Deseo anhelante y aferramiento

El deseo anhelante es la obsesión de poseer algo o a alguien, mientras que el aferramiento es la insistencia nerviosa de no soltarlo una vez que poseemos a la persona o cosa. Ambos están basados en la apariencia dualista de (1) un “yo” aparentemente concreto que no puede vivir sin tener a una persona u objeto y (2) un “tú” u objeto aparentemente concreto que me podría hacer sentir seguro si tan sólo lo tuviera o si nunca lo soltara.

La discusión tradicional en torno al deseo anhelante y el aferramiento sólo presenta la forma activa de estas emociones perturbadoras. Sin embargo, la forma pasiva ocurre con frecuencia. Se manifiesta como la obsesión de ser poseído o de pertenecer a alguien o a algún grupo, y a no ser abandonados una vez que pertenecemos. En la mayoría de los casos, la persona a la que deseamos pertenecer es nuestro compañero de vida y el grupo al que deseamos pertenecer es una empresa o un club social. Así, aunque estas emociones perturbadoras con frecuencia se presentan entre personas que tienen baja confianza en sí mismas, también pueden afectar a una población más amplia.

Necesitamos ver a través de las apariencias engañosas que alimentan estas emociones perturbadoras. Al negar nuestra habilidad de manejar las situaciones por nosotros mismos, exageramos las cualidades de alguien o de algo, y engañados por esto, nos obsesionamos. Cuando deconstruimos la apariencia al entender que no se refiere a algo real, relajamos el aferramiento de nuestra inseguridad. Debajo de nuestra exageración de la persona, el grupo o el objeto como algo verdaderamente especial, encontramos a la conciencia de individualidades. Únicamente especificamos a una persona en particular, una organización o una cosa; sólo cuando cubrimos esa especificidad con apariencias dualistas e identidades concretas nos experimentamos como inherentemente despojados, y a la persona, grupo y objeto como inherentemente fascinantes.

Celos y/o envidia

La envidia es la inhabilidad de soportar los logros de otro, por ejemplo, su éxito, y nos gustaría haberlo logrado nosotros en su lugar. Ocurre una variante cuando alguien recibe algo de alguien más, como amor o afecto, y nos gustaría recibirlo nosotros en su lugar. Esta emoción perturbadora se deriva de la apariencia dualista de (1) un “yo” aparentemente concreto que inherentemente merece lograr o recibir algo, pero no lo hace, y (2) un “tú” aparentemente concreto que inherentemente no merecía recibirlo. Inconscientemente sentimos que el mundo está en deuda con nosotros y que es injusto que otros lo reciban en lugar nuestro.

Bajo la influencia de una baja autoestima, podemos dirigir hacia nosotros mismos una emoción perturbadora semejante a la envidia. Con autodesprecio, sentimos que somos inherentemente indignos de lo que tenemos, mientras que otros lo merecen de forma innata.

La ingenuidad acerca de la causa y el efecto generalmente acompaña a la envidia. Por ejemplo, no entendemos e incluso negamos que la persona que fue promovida o que recibe afecto haya hecho algo para ganarlo. Además, sentimos que nosotros deberíamos recibirlo sin tener que hacer algo para lograrlo. Alternativamente, sentimos que hemos hecho mucho, pero que aún no recibimos la recompensa. Nuestra mente hace parecer que las cosas suceden sin razón alguna o por una única razón: lo que hicimos nosotros solos.

Cuando deconstruimos estas apariencias engañosas, relajamos nuestra sensación de injusticia. Debajo de nuestra envidia únicamente está la conciencia de lo que ha sido logrado. Esto nos hace darnos cuenta de la existencia de un objetivo a lograr. Si no envidiamos a alguien por lograr o recibir algo, posiblemente podamos aprender cómo es que pudo lograr dicha proeza, lo cual nos permite ver cómo podemos lograrla nosotros. Sólo sentimos envidia porque cubrimos esta conciencia con una apariencia dualista e identidades concretas.

Enojo

El enojo es la generación de un estado mental severo hacia algo o alguien, con el deseo de deshacernos de él o de hacerle daño. Esta emoción perturbadora se deriva de la apariencia dualista de (1) un “yo” aparentemente concreto que no puede soportar a esta persona, grupo u objeto y (2) un “tú” aparentemente concreto (grupo u objeto) que si pudiera eliminar me haría sentir más seguro. Así como el deseo anhelante se fija en algo o en alguien y exagera sus buenas cualidades, el enojo se enfoca en las cualidades negativas y las exagera.

La discusión del abidarma no incluye los sentimientos negativos hacia uno mismo como una forma de enojo. Sin embargo, una emoción perturbadora similar al enojo surge en las personas que tienen baja autoestima; con frecuencia la produce algo que hemos hecho nosotros o alguien más, y normalmente va acompañada de sentimientos de ineptitud y culpa. De esta manera, podemos estar furiosos con nosotros mismos simplemente por tener defectos o por haber cometido errores. Por otro lado, cuando alguien actúa de manera terrible hacia nosotros, igualmente podemos sobreestimar nuestros defectos y culparnos a nosotros mismos. Al sentirnos inseguros y temerosos del rechazo si decimos algo sobre el incidente, reprimimos el enojo que podemos sentir hacia la persona y lo dirigimos hacia nosotros mismos.

De acuerdo con la presentación del vacío de otro, cuando deconstruimos las apariencias engañosas que alimentan nuestro enojo, relajamos la tensión de nuestro rechazo hostil. Encontramos simplemente la conciencia cual espejo, por ejemplo, de que alguien está actuando de cierta manera. La posición del vacío de sí mismo explica que descubrimos la conciencia de la realidad. Simplemente estamos diferenciando entre la forma en que alguien está o no está comportándose y viendo sin juicios que una es apropiada y la otra no lo es. Sólo cuando cubrimos esta actividad mental fundamental con apariencias dualistas e identidades inherentes, es cuando respondemos con emociones violentas hacia lo que encontramos como inaceptable.

Preocupación y queja

La preocupación y la queja son dos síndromes perturbadores adicionales que surgen de proyectar apariencias dualistas sobre las conciencias profundas y otras facetas innatas de nuestra mente. La preocupación proviene de vernos como inherentemente indefensos y de considerar a una persona o situación como algo fuera de nuestro control. Cuando relajamos nuestra inseguridad y nuestra tensión, encontramos meramente la conciencia de individualidades e interés en algo o en alguien. Nuestra perspectiva más calmada nos permite evaluar la situación para ver lo que se puede hacer, si es que se puede hacer algo, y entonces simplemente hacerlo. Como dijo Shantideva “Si una situación se puede cambiar ¿por qué preocuparnos? Sólo hay que cambiarla. Si no podemos hacer nada para cambiarla ¿por qué preocuparnos? No ayuda en nada”.

Cuando entendemos que bajo las preocupaciones neuróticas de alguien hacia nosotros están una disposición cariñosa y la conciencia de individualidades, podemos deshacer nuestra respuesta hipersensible. En lugar de ver el comportamiento de la persona de manera dualista como una amenaza, nos enfocamos en la conciencia de individualidades. Ser el objeto de este tipo de conciencia proveniente de alguien más, de ninguna manera nos puede robar nuestra individualidad. Además, reconocer el interés que la persona tiene en nosotros, fortalece nuestra paciencia y comprensión hacia ella.

Cuando nos quejamos de tener que hacer algo o protestamos altivamente cuando alguien nos pide que hagamos algo, también estamos atrapados en una red dualista. Un “yo” aparentemente concreto parece estar enfrentando una tarea inherentemente desagradable que no queremos llevar a cabo. Cuando soltamos el aferramiento de este sentimiento compulsivo, encontramos la conciencia del logro enfocada en la tarea que necesita hacerse. También está presente la conciencia de la realidad enfocada tanto en nuestra habilidad para llevar a cabo la tarea, como en lo apropiado de que la hagamos. Además nos damos cuenta de que el hecho de que alguien nos pida que hagamos algo, no amenaza nuestra libertad. De esta manera, sólo hacemos lo que hay que hacer si eso no daña a nadie, o nos negamos si la tarea es inapropiada. Podemos usar un método parecido para evitar reaccionar de forma exagerada cuando oímos que alguien más se queja por tener que hacer algo.

Ejercicio 22: Disolver las emociones perturbadoras en la conciencia profunda subyacente

Durante la primera fase de este ejercicio, después de crear un espacio tranquilo y cálido, miramos la fotografía de una persona hacia quien hayamos tenido o hacia quien tengamos actualmente emociones perturbadoras, o simplemente pensamos en ella. Para cada emoción posiblemente tengamos que escoger a diferentes personas. Si no recordamos haber sentido una emoción perturbadora específica, podemos trabajar con la experiencia que otros hayan tenido y tratar de imaginar cómo puede ser. Al reconocer y arrepentirnos del dolor que nuestro desequilibrio pudo haber causado a la persona por quien sentimos dicha emoción, nos determinamos a tratar de superar esos problemas.

Primero tratamos de reconocer la sensación dualista que hay detrás de cada emoción perturbadora como basada en mera fantasía, y luego nos esforzamos por deconstruirla. Comenzamos el proceso tratando de relajarnos completamente. Conforme sentimos que aflojamos la tensión, tratamos de sentir que la fantasía y las emociones perturbadoras que la acompañan se sueltan, al usar la imagen y sentir que el apretado puño de nuestra mente se abre lentamente. Ya que con frecuencia la tensión se manifiesta como una sensación de opresión en el vientre o en el pecho, también tratamos de sentir que un puño apretado se abre lentamente en esos lugares. Podemos complementar el método con la imagen y la sensación de que el fuerte aferramiento a las apariencias dualistas y a las emociones perturbadoras es como apretar fuertemente una imagen proyectada sobre el agua. Nunca hubo ahí algo sustancial.

Ya con nuestra mente, emociones y sentimientos claros, tratamos de reconocer y descansar en la forma correspondiente de conciencia profunda que subyace a nuestro estado mental perturbador. Entre más relajemos nuestra tensión física y mental, más profundamente seremos capaces de asentarnos en la conciencia subyacente. Si relajar nuestro aferramiento mental también libera sentimientos reprimidos de tristeza o dolor, tratamos de no volver a tensarnos con miedo. En lugar de eso, tratamos de que los sentimientos fluyan y pasen con nuestra respiración mientras exhalamos normalmente.

A continuación miramos una fotografía o pensamos en alguien que ha sentido o actualmente siente las mismas emociones perturbadoras hacia nosotros. Nuevamente, si no podemos recordar a nadie así, podemos extrapolar a partir de lo que otros nos han contado sobre sus propias experiencias. De manera similar, deconstruyendo nuestra respuesta exagerada hacia el hecho de ser el objeto de las emociones perturbadoras de alguien, tratamos de descansar nuevamente en la forma de conciencia subyacente. Concluimos tratando de sentir compasión por esta persona que no se relaja para contactar con su conciencia profunda, pues dichas emociones perturbadoras le producen mucho sufrimiento.

Para practicar en un taller, el guía del grupo puede escoger una forma de emoción perturbadora para cada uno de los cinco tipos de conciencia profunda. Al practicar en casa, podemos hacer lo mismo. Para una práctica avanzada o exhaustiva, podemos trabajar con todas las emociones perturbadoras asociadas con cada uno de los cinco tipos de conciencia.

Disolver la ingenuidad en la conciencia cual espejo de la realidad

(1) Primero consideramos un ejemplo de ingenuidad sobre la causa y el efecto. Por ejemplo, podemos escoger a un niño pequeño, con quien ingenuamente sentimos que nuestras palabras y acciones no tienen efecto. Insensiblemente pensamos que no importaba que peleáramos con nuestra pareja frente a él. Al ver la experiencia de manera dualista, imaginamos un “yo” concreto actuando en el vacío y al niño como una entidad concreta inafectada por su entorno. Nuestra insensibilidad ha producido gran infelicidad en el niño y hoy nos arrepentimos de ello.

Al darnos cuenta de que dichas formas de existencia son imposibles, soltamos nuestra ingenuidad acerca de la situación. Supongamos que conocíamos los efectos de nuestras acciones, pero que nos era muy doloroso admitirlo o manejarlo. Ahora tratamos de soltar la tensión que está detrás de nuestra suposición ingenua de que si no pensamos o admitimos algo, desaparecerá. Desde el punto de vista del vacío de otro, encontramos la conciencia de la realidad. Vemos los hechos convencionales de la situación, o en otras palabras, vemos los efectos que nuestras acciones han tenido en el niño, que han estado ahí todo el tiempo, no los habíamos notado, los habíamos ignorado o negado. Desde el punto de vista de la presentación del vacío de sí mismo, encontramos a la conciencia cual espejo tomando la información que claramente se encuentra ahí.

Nos enfocamos por un minuto en estos dos tipos de conciencia que se apoyan mutuamente: la conciencia de la realidad y la conciencia cual espejo. Dicha visión nos permite manejar la situación con sobriedad y sensibilidad en este momento. Sin embargo, necesitamos tener cuidado de no sentirnos culpables por darle una importancia exagerada a nuestras acciones. Como se explicó en el Capítulo 6 relacionado a no tener miedo de responder, hemos contribuido a la situación pero no hemos sido la única fuente de la misma.

Ahora nos enfocamos en alguien que insensiblemente nos dijo algo que nos hirió y fue ingenuamente falto de conciencia de que sus palabras podrían causar daño. Por ejemplo, es posible que la persona dijo algo acerca de un ser amado que acabamos de perder. Tratamos de relajarnos al deconstruir los sentimientos hipersensibles de un “yo” aparentemente concreto que ha sido herido por un “tú” cruel aparentemente concreto. Tratamos de descubrir la conciencia cual espejo de la realidad que se encuentra subyacente. Nuestro ser amado se ha ido, y que alguien nos los recuerde o no, nada puede cambiar ese hecho. Esto nos ayuda a aceptar la realidad, aunque nadie puede negar que sea triste. Al percatarnos de lo mal que debe sentirse la otra persona cuando otros reaccionan de manera exagerada a sus comentarios insensibles, tratamos de sentir compasión. Esperamos que dicha persona pronto supere su ingenuidad.

(2) A continuación repetimos el procedimiento con un ejemplo de ingenuidad sobre la realidad. Escogemos, por ejemplo, alguien que nos dijo algo acerca de sí mismo que nos cuesta trabajo aceptar, como que está envejeciendo y ahora se cansa más fácilmente. Hasta ahora, hemos negado o ignorado ese hecho o no lo hemos tomado en serio. Al sentir que somos un “yo” aparentemente concreto para quien las cosas son como las imaginamos, hemos tratado de relacionarnos con un “tú” aparentemente concreto que coincidía con nuestros sueños. Nuestra insensibilidad causa frustración en esta persona, de lo cual ahora nos arrepentimos. Al tratar de soltar la tensión de nuestra ingenuidad, encontramos la conciencia cual espejo de la realidad de la persona. Recibir la información y aceptarla como cierta, nos permite tratar a la persona con la sensibilidad y el respeto apropiados.

Ahora nos enfocamos en alguien que ingenuamente se ha negado a aceptar la verdad acerca de nosotros, por ejemplo, que no estamos interesados románticamente en él o ella. Al deconstruir el sentimiento dualista de un “yo” aparentemente concreto para quien todo es obvio, frustrado por un “ tú” ciego aparentemente concreto, tratamos de permanecer con la conciencia cual espejo de nuestros sentimientos reales hacia la persona. Esto nos ayuda a dejar de responder de forma exagerada poniéndonos a la defensiva. Sentir compasión por la persona que vive bajo esta ilusión, nos da la sensibilidad equilibrada para enfatizar la verdad sin ser crueles.

Disolver la arrogancia en la conciencia de igualdades

(1) Ahora miramos una fotografía o pensamos en una persona hacia quien nos sintamos arrogantemente superiores de un modo o de otro, o hacia quien nos hayamos sentido así en el pasado. Puede ser alguien de nuestra vida personal o quizás alguien de diferente raza cuya fotografía vimos en una revista. Nuestra presunción nos ha producido odio y dolor, de lo cual nos arrepentimos profundamente. Notamos que nos hemos comparado y juzgado como un “yo” superior aparentemente concreto, y al otro como un “tú” inferior aparentemente concreto. Cuando tratamos de relajar la tensión y la inseguridad que nos obligan a hacer la comparación, encontramos la conciencia de igualdades. Simplemente nos estamos considerando a los dos como seres humanos. Esto nos permite tener apertura y una sensibilidad equilibrada hacia la persona.

Al poner nuestra atención en alguien que arrogantemente se siente mejor que nosotros, de manera similar deconstruimos nuestra reacción exageradamente sensible de ira. Nuestra reacción surgió de sentirnos como un “yo” calumniado aparentemente concreto que es insultado por un “tú” arrogante aparentemente concreto. Es posible que seamos más pobres que esa persona, pero eso no nos convierte en un ser inferior. Al enfocarnos calmadamente en la conciencia profunda de nuestra igualdad como seres humanos, tratamos de sentir compasión hacia la persona cuyos prejuicios le causan tantos problemas.

(2) Luego escogemos a alguien a quien consideremos, con una estima excesiva, mejores que nosotros de un modo u otro. Nuestra actitud obsequiosa hace que la persona se sienta extremadamente incómoda, lo que hoy lamentamos. Al relajar la tensión de nuestra visión dualista de un “yo” inferior aparentemente concreto y un “tú” superior aparentemente concreto, tratamos de descansar en la conciencia de igualdades que la subyace. Es posible que no seamos iguales en educación o en el puesto de trabajo, pero ambos tenemos nuestros puntos fuertes y débiles. Ambos tenemos alegrías y tristezas en nuestra vida.

Finalmente, nos enfocamos en alguien que nos engrandece como mejores que él o ella. Al relajar cualquier incomodidad o enojo que podamos experimentar, deconstruimos el sentimiento dualista de un “yo” perfectamente normal aparentemente concreto que se impone sobre un ridículo y tedioso “tú” aparentemente concreto. Tratamos de descansar en la conciencia profunda de nuestra igualdad y dirigimos nuestra compasión hacia esa persona que se siente incómoda en nuestra presencia. Dicha persona puede negar o rechazar nuestras afirmaciones verbales de que nadie es inherentemente mejor o peor que otros. Sin embargo, si mantenemos en mente nuestra conciencia profunda, nuestras acciones serán más contundentes que nuestras palabras.

Disolver la avaricia en la conciencia de igualdades

(1) A continuación nos enfocamos en alguien con quien no quisimos compartir algo. Nuestra avaricia insensible hirió a la persona, lo cual ahora lamentamos. Tratamos de relajar nuestro sentimiento dualista de un “yo” aparentemente concreto que se vería privado de algo si lo compartiera con esta persona indigna aparentemente concreta. Cuando soltamos nuestra tensión, encontramos la conciencia de igualdades de ambos como personas que pueden ser partícipes de algo. Esta visión de igualdad nos permite aceptar el hecho de que la persona también podría disfrutar su parte. Tratamos de imaginar que le damos, de forma no dualista, parte de lo que tenemos. Un método tradicional para superar la reticencia a compartir es dar una porción de algo a nuestra mano izquierda con nuestra mano derecha.

A continuación escogemos a una persona tacaña que no ha querido compartir algo con nosotros, y de manera similar deconstruimos nuestra hipersensibilidad de un pobre “yo” desposeído aparentemente concreto y un “tú” egoísta aparentemente concreto. Al tratar de enfocarnos en nuestra igualdad como seres humanos, vemos que el que alguien no nos comparta algo no nos hace inferiores. Después tratamos de dirigir nuestra compasión hacia la persona cuyo egoísmo causa tanto resentimiento en otros.

(2) Ahora ponemos atención en alguien por cuyo beneficio quisimos privarnos de nuestra parte justa de algo, para darle a la persona más de lo que necesitaba o incluso quería, por ejemplo, nuestro tiempo libre. Nuestra actitud fue poco sana, no sólo hacia nosotros sino también hacia la otra persona, lo cual ahora lamentamos. Al relajar nuestros sentimientos dualistas de un “yo” aparentemente concreto no merecedor y un “tú” aparentemente concreto más merecedor, nos asentamos en la conciencia de igualdades que permite justicia para ambos.

Finalmente, consideramos a alguien que, con abnegación destructiva, se ha quedado con poco o nada y nos ha dado más de lo que nos corresponde. Por ejemplo, la persona puede ser un padre o madre excesivamente cariñoso y ansioso que sacrifica todo por nuestro bien. Con insensibilidad y narcisismo, es posible que hayamos tomado por sentada la situación con el sentimiento de un “yo” aparentemente concreto que merece atención y un “tú” aparentemente concreto que me la debe. Alternativamente, con hipersensibilidad y culpabilidad, pudimos habernos revelado y protestado con la sensación de un “yo” indigno aparentemente concreto y un “tú” aparentemente concreto que no me debe nada. En cualquier caso, lamentamos el dolor que nuestra actitud debió haber causado a nuestros padres. Tratamos de deconstruir nuestro sentimiento dualista y de relajarnos en la conciencia de igualdades con la que meramente nos consideramos a ambos. Sentir compasión hacia nuestro padre o nuestra madre, a quien su sacrificio compulsivo y a menudo innecesario debe hacerle la vida difícil, nos permite aceptar con agradecimiento lo que justamente merecemos, y evitar que abusemos de su generosidad.

Disolver el deseo anhelante en la conciencia de individualidades

(1) A continuación, miramos la fotografía o pensamos en alguien a quien anhelamos o hemos anhelado poseer de una manera u otra. Podemos elegir a una persona de nuestra vida o quizás la fotografía de una revista de alguien con poca ropa. Al aceptar el dolor que causamos por tratar insensiblemente a la persona meramente como un objeto sexual, sentimos arrepentimiento. Entonces tratamos de relajar el sentimiento ansioso e inseguro de un “yo” despojado aparentemente concreto que desesperadamente necesita tener a un “tú” seductor aparentemente concreto. Esto nos deja con la conciencia de individualidades. En lugar de apropiarnos de la persona, solamente nos enfocamos específicamente en ella o en algunas de sus cualidades. Tratamos de considerar estos puntos sin exagerarlos.

Al poner nuestra atención en alguien que anhela poseernos, tratamos de relajar nuestra hipersensibilidad de un “yo” en peligro aparentemente concreto que es cazado por un “tú” persecutor aparentemente concreto. En lugar de obsesionarnos con escapar, vemos a la persona con la conciencia de que él o ella es meramente un individuo. Esto nos permite tratar compasiva y directamente a la persona sin sentirnos intimidados y sin actuar cruelmente.

(2) A continuación nos enfocamos en alguien a quien deseamos o hemos deseado pertenecer, por ejemplo, como pareja o como empleado. Lamentamos la incomodidad que nuestras expectativas o peticiones le hayan causado. Al relajar la insensibilidad dualista de un “yo” aparentemente concreto para quien la valía personal y satisfacción sólo pueden provenir de que este “tú” aparentemente concreto nos incluya en su círculo íntimo, nuevamente descubrimos la conciencia de individualidades que subyace a nuestro deseo anhelante. Estamos meramente especificando a esta persona y enfocándonos en algunas de sus cualidades. Si añadimos la conciencia de igualdades, también podremos ver que hay otras personas que comparten cualidades similares. Aunque cada persona es única e individual, nadie es tan especial como para ser indispensable, pues seguramente existen otras parejas o empleos potenciales.

Finalmente, consideramos a alguien que anhela ser nuestro compañero y que lo incluyamos en todos los aspectos de nuestra vida. Al relajar nuestra hipersensibilidad dualista de un “yo” claustrofóbico aparentemente concreto obligado a aceptar a un “tú” demandante aparentemente concreto, llegamos a la conciencia de que la persona es un individuo. Una compasión respetuosa nos permite establecer límites apropiados sin ser duros o insensibles.

Disolver el aferramiento en la conciencia de individualidades

(1) Primero, nos enfocamos en alguien hacia quien hayamos sentido o por quien sintamos aferramiento, por ejemplo, nuestro hijo preadolescente. Quizás lo tratamos como a un polluelo al que tratamos de mantener en el nido. Lamentando la incomodidad y vergüenzas que le causamos a nuestro hijo, especialmente frente a sus amigos, tratamos de relajarnos. Deconstruimos la sensación ansiosa e insegura de un “yo” aparentemente concreto que no puede vivir sin un “tú” aparentemente concreto como mi bebé que siempre está bajo mi estrecha supervisión. Soltar nuestro tenso aferramiento emocional nos deja la conciencia de que nuestro preadolescente es simplemente un individuo. Una visión amorosa más amable nos permite respetar la individualidad de nuestro hijo y ser sensibles ante sus necesidades de espacio y libertad.

A continuación consideramos a alguien, posiblemente de nuestra familia, que se aferra a nosotros de forma persistente para controlarnos. Tratamos de relajar nuestra hipersensibilidad de un “yo” amenazado aparentemente concreto que es oprimido por un “tú” manipulador aparentemente concreto. Ver al miembro de nuestra familia simplemente como un individuo, nos permite encontrar una solución compasiva que deje a la persona sentirse segura de nuestro amor.

(2) Podemos usar el mismo procedimiento de deconstrucción con alguien a quien nos apegamos persistentemente como la persona a la que pertenecemos. Al sentirnos inseguros, estamos aterrados de que nos abandone o nos despida. Al lamentar la presión que nuestra actitud ha causado a la persona, tratamos de relajar la tensión. Hacemos esto deconstruyendo los sentimientos dualistas de un “yo” aparentemente concreto e inseguro, cuya única esperanza de protección contra la adversidad es un “tú” salvador aparentemente concreto. Nuestra conciencia calmada de que la persona es un individuo y nuestro consiguiente respeto por su situación, nos permite enfrentar con dignidad lo que pueda suceder en la relación.

Finalmente, nos enfocamos en alguien que, con aferramiento, es emocionalmente dependiente de nosotros y tiene la paranoia de que lo vamos a abandonar. Al relajar nuestra sensación dualista hipersensible de un “tú” vampiro aparentemente concreto que drena los recursos de un “yo” victimizado aparentemente concreto, tomamos conciencia de la persona simplemente como un individuo. Tratar a la persona con respeto y compasión fortalece su sensación de valía personal y confianza en sí misma.

Disolver los celos o la envidia en la conciencia del logro

(1) A continuación, nos enfocamos en alguien por quien sentimos celos ahora o en el pasado. Consideremos, por ejemplo, al nuevo novio o novia de nuestra anterior pareja. Se siente como si fuéramos un “yo” concreto que inherentemente merece volver a tener a su antigua pareja, y que la persona es un “tú” concreto inherentemente indigno de tener el honor de disfrutar de su compañía. Lamentamos el dolor que nuestros celos han producido. Cuando relajamos la tensión de nuestra amargura, descubrimos que la subyace la conciencia de lo que se ha logrado. Vemos que la persona ha logrado tener a nuestro antiguo novio o novia como su pareja. Nuestra sobriedad emocional nos permite ver ahora más objetivamente los puntos fuertes y débiles de nuestra antigua pareja, con la conciencia cual espejo de la realidad. Al apreciar con lo que tiene que lidiar ahora la persona que nos provoca celos, sabemos cómo relacionarnos sensiblemente.

Al escoger a alguien que ha tenido o tiene actualmente envidia de lo que hemos logrado, deconstruimos cualquier sentimiento de molestia o culpa que podamos tener. Por ejemplo, podemos sentir que somos un “yo” concreto que inherentemente merece lo que ha recibido y que la persona es un “tú” concreto que inherentemente no merece lo mismo. Al tratar de relajarnos, nos hacemos conscientes simplemente de que hemos logrado lo que tenemos a través de la causa y el efecto. Esto nos permite desear compasivamente que esta persona pueda encontrar las causas para lograr lo mismo.

(2) A continuación consideramos a alguien por quien sentimos o hayamos sentido que es más merecedor que nosotros de lo que tenemos. Por ejemplo, es posible que hayamos nacido en una familia adinerada, e incómodos con nuestra vida privilegiada, sentimos que un indigente la merece más que nosotros mismos. Sin embargo, al obsequiar a la persona regalos no ganados, nunca le enseñamos el valor del trabajo. La persona se volvió dependiente y perezosa, y ahora lo lamentamos.

La visión dualista que alimentó nuestro automenosprecio y culpa, fue la de que somos un “yo” indigno aparentemente concreto y que la persona es un “tú” más merecedor aparentemente concreto. Al relajar la tensión de esta visión, nos asentamos en la conciencia del logro de que nosotros, y no la otra persona, hemos obtenido o logrado lo que tenemos. Una mente desapasionada nos permite reflexionar que, de acuerdo con las leyes del karma, todo lo que nos sucede es el resultado de nuestras acciones pasadas. Si no hemos hecho nada en esta vida que de manera obvia nos garantice lo que tenemos, debemos haber hecho algo positivo en vidas anteriores que haya producido nuestra ganancia. Estar en paz con nuestra situación nos permite usar lo que tenemos para ofrecer a otros las oportunidades de que logren lo mismo.

Por último, pensamos en una persona que siente que somos más merecedores que ella de lo que tiene. Podemos sentirnos disgustados ante la baja autoestima de la persona, o bien, de forma oportunista, desear tomar ventaja de la incomodidad de la persona ante su fortuna. Nuestra visión dualista puede ser la de un “yo” ofendido aparentemente concreto que es explotado por un “tú” absurdo aparentemente concreto que trata de aliviar sus sentimientos de culpa. Relajar nuestra confusión nos deja con la conciencia del logro. Somos conscientes de que la persona ha logrado lo que tiene y de que ahora podemos recibir una parte de eso. Tratamos de sentir compasión por esta persona, cuya caridad está motivada únicamente por sentimientos de culpa.

Disolver el enojo en la conciencia cual espejo de la realidad

(1) Luego enfocamos nuestra atención en alguien con quien estamos o hemos estado enojados. Podemos escoger incluso a una figura política cuyo manejo de los asuntos públicos nos enoje. Nuestro enojo causa escenas terribles que perturban a los que nos rodean y ahora lo lamentamos. Pensar en la persona o ver su fotografía nos hace sentir de forma santurrona como a un “yo” oprimido aparentemente concreto que se enfrenta a los ataques de un “tú” terrible aparentemente concreto. Cuando tratamos de relajar el tenso impulso de destruir lo que nos disgusta, descubrimos la conciencia cual espejo. Meramente estamos tomando la información de cómo está actuando la persona. También descubrimos la conciencia de la realidad de la situación: diferenciamos que la persona está actuando de esta manera y no de otra. Este entendimiento nos provee la calma necesaria para ver que, aunque la persona esté actuando terriblemente en este momento, puede cambiar. Esto nos permite responder más apropiadamente.

Al volver nuestra atención hacia alguien que está enojado con nosotros, deconstruimos cualquier sentimiento dualista de rechazo o coraje hacia las acusaciones de la persona, tales como “cómo te atreves a acusarme a ”. Alimentar nuestros sentimientos es creer en el mito de un “yo” inocente aparentemente concreto y un “tú” injusto aparentemente concreto. Al tratar de relajarnos, nos quedamos con la conciencia cual espejo de lo que hemos hecho y la conciencia de la realidad para ver su pertinencia. Si lo que hicimos fue incorrecto, tratamos de imaginar que pedimos disculpas calmadamente. Si teníamos la razón, tratamos de imaginar que no nos sentimos amenazados. En cualquier caso, tratamos de sentir compasión por la persona que obviamente se siente muy mal cuando está enojada.

(2) A continuación, escogemos a alguien que nos ha maltratado. Al tener baja autoestima, nos culpamos a nosotros mismos y silenciosamente redirigimos nuestro enojo hacia adentro. Más tarde, nuestros sentimientos reprimidos pueden haberse manifestado como un llanto histérico o una conducta autodestructiva. La persona no pudo entender nuestra conducta y se sintió impotente y consternada, e incluso pudo habernos agredido verbalmente diciéndonos que nos dejáramos de estupideces. Lamentamos la frustración y la pena que nuestra ira acumulada nos ha causado a ambos. Al relajar el enojo con el que nos recriminamos a nosotros mismos, tratamos de soltar el sentimiento dualista de un “yo” culpable aparentemente concreto y un “tú” aparentemente concreto que me puede abandonar si digo algo sobre el incidente. Al deconstruir el evento de esta forma, encontramos la conciencia cual espejo de lo que pasó entre nosotros y la conciencia de la realidad de que fue de esta manera y no de otra. La calma y claridad que concede este descubrimiento nos permite dejar de morar en la culpa y buscar una solución.

Luego, consideramos a alguien que teme objetar cuando decimos o hacemos algo hiriente, y en su lugar redirige su enojo hacia dentro. Tratamos de relajar nuestro sentimiento de exasperación dualista de un “yo” frustrado aparentemente concreto que está poniendo todo de su parte, y un “tú” imposible aparentemente concreto que no coopera. Con la conciencia cual espejo, vemos nuestro comportamiento y la reacción de la persona. La conciencia de la realidad revela que la relación es dolorosa para ambos y no sólo para nosotros. Comprender la angustia emocional de la persona, nos da la paciencia y la compasión para manejar la situación de una manera más amable y sensible.

Disolver la preocupación en la conciencia de individualidades y en el interés considerado

A continuación, vemos la fotografía o pensamos en una persona por la que obsesivamente nos preocupamos o lo hicimos en el pasado. Al reconocer la incomodidad que le causamos, sentimos arrepentimiento. Notamos el sentimiento dualista de un “yo” indefenso aparentemente concreto que se enfrenta a un “tú” aparentemente concreto que está fuera de mi control, y tratamos de deconstruirlo. Al relajar nuestra tensión nos quedamos con la conciencia de individualidades de la persona y con un interés considerado hacia la misma. Más calmados, tratamos de imaginar qué podemos hacer para ayudar, si es que hay algo que podamos hacer, y después tratamos de imaginar que simplemente lo hacemos.

Al enfocarnos en alguien que constantemente se preocupa por nosotros, tratamos de deconstruir nuestros sentimientos hipersensibles de un “yo” sofocado aparentemente concreto que es asfixiado por un “tú” dominante aparentemente concreto. Al relajar nuestra tensión paranoica, encontramos la conciencia de individualidades de la persona y su interés por nosotros. Conscientes del dolor que el comportamiento de dicha persona nos causa, tratamos de apreciar el sufrimiento que también ella experimenta. Compasivamente, tratamos de dirigir nuestro interés hacia la persona, con el deseo de que se libere de ese sufrimiento y de la preocupación que lo causa.

Disolver la queja en la conciencia del logro de la realidad

Finalmente, escogemos a alguien que nos pidió u ordenó hacer algo que no deseábamos hacer. Insensibles a los demás, exasperamos a todos a nuestro alrededor con nuestras quejas. Al arrepentirnos de ello ahora, tratamos de notar las apariencias dualistas y triplistas que alimentaron esta agitación. Arrogantes e iracundos, nos sentimos como un “yo” concreto que era inherentemente demasiado bueno para llevar a cabo dicha tarea o para que se le dieran órdenes. La tarea parecía ser inherentemente degradante y la persona que nos pedía hacerla parecía un “tú” concreto que trataba de robarnos nuestra independencia y dignidad. Si más tarde dicha persona nos volvía a recordar la tarea, nos poníamos aún más furiosos, pensando que no confiaba en nuestra intención de llevarla a cabo o en nuestra habilidad para hacerla.

Tratamos de soltar nuestra creencia en esta visión paranoica. Entre más nos relajamos, mayor tensión soltamos. Nuestra conciencia del logro se ha estado enfocando en lo que se necesita hacer, y nuestra conciencia de la realidad ha estado lidiando con lo relativo a nuestra habilidad para llevar a cabo la tarea y la pertinencia de que la hagamos. Más calmados ahora, nos imaginamos decidiendo qué hacer, y sin importar lo que elijamos, tratamos de sentir compasión por la persona que necesita que la tarea se haga.

Luego, dirigimos nuestra atención hacia alguien que se quejó por algo que le pedimos hacer. Al deconstruir nuestra reacción exagerada de enojo hacia un “tú” aparentemente desafiante que confronta a un “yo” inocente aparentemente concreto, tratamos de relajarnos. Al ver lo que necesita lograrse, tratamos de imaginar que evaluamos calmadamente si la persona lo puede hacer, o si sería más apropiado o menor molestia que lo hiciéramos nosotros mismos. Tratamos de sentir compasión por la persona que se ha molestado tanto frente a esta tarea.

Superar la soledad y resolver conflictos

Durante la segunda fase del ejercicio, nos sentamos en círculo y creamos una actitud tranquila y considerada. Luego nos enfocamos en los otros miembros de nuestro grupo. Ya que quizás no sintamos emociones perturbadoras hacia estas personas, podemos trabajar con el sentimiento de soledad. Aun si en este momento no nos sentimos solos, casi todo el mundo se ha sentido solo alguna vez.

Comenzamos por recordar el sentimiento de soledad y luego miramos a las personas que conforman el círculo. Cuando estamos obsesionados con sentir lástima por nosotros mismos, estamos atrapados en la apariencia dualista de nosotros como un “yo” aparentemente concreto que está inherentemente solo y de esa gente como un “tú” aparentemente concreto, inalcanzable y distante. Ingenuamente nos cerramos ante cualquier contacto. Tratar de soltar nuestra tensión nos permite llegar a nuestra conciencia cual espejo. Con ella, tratamos de tomar información sobre las personas. Además, con la conciencia de la realidad tratamos de ver que cada una de estas personas, con el esfuerzo apropiado por nuestra parte, podría convertirse en nuestra amiga. Esta visión nos ayuda a disipar nuestro temor.

A continuación tratamos de notar cómo la soledad pinta nuestra experiencia de ver a estas personas. Al hacernos sentir mejores o peores que ellos, crea una distancia. Al sentir, quizá, que no son lo suficientemente buenos para nosotros, no queremos abrirnos y compartir nuestros sentimientos o pensamientos en un entorno de amistad. O quizá al sentir lo opuesto, que nosotros no somos lo suficientemente buenos para ellos, tememos al rechazo. Ahora tratamos de renunciar a nuestras fantasías paranoicas y descubrir la conciencia de igualdades que las subyace. Hemos estado considerando a estas personas y a nosotros en el mismo momento. Al apreciar la conexión que esto crea automáticamente, tratamos de extender hacia ellas nuestra calidez natural.

Hasta ahora, es posible que hayamos esperado la llegada de alguien especial. Aferrados al sueño del amigo ideal, pudimos haber anhelado que dicha persona pusiera fin a nuestra soledad, mientras mirábamos a las personas en el círculo. Darnos cuenta de que nadie puede cumplir con tan alto ideal, nos ayuda a soltar nuestra fantasía. Esto nos abre a la experiencia del momento, es decir, ver a cada persona del círculo con la conciencia de su individualidad. Al tratar de hacer esto ahora, entendemos que cada quien tiene tanto puntos fuertes como puntos débiles. Cuando aceptamos este hecho, podemos comenzar a formar amistades realistas.

Es posible que con frecuencia hayamos envidiado a otros por tener amigos cercanos. Es más, antes de comenzar la sesión, es posible que hayamos notado a alguien en el grupo que despertó nuestro interés y expectativas, y sentimos celos al verlo bromear con otros. Al tratar de relajarnos, nos encontramos con la conciencia del logro. Ahora vemos a las personas en el círculo con la conciencia de que, para formar una amistad, también necesitamos acercarnos a las personas y hablarles.

Es posible que hayan fracasado algunas de nuestras amistades previas. También es posible que nos sintamos amargados y que culpemos enojosamente a otros por haber sido crueles. Tratar de relajar nuestros sentimientos dualistas de opresor y víctima, nos deja con la conciencia cual espejo de lo que sucedió. Además, con la conciencia de la realidad, simplemente vemos que nuestras amistades previas se comportaron de forma inaceptable y no como hubiéramos preferido que lo hicieran. Esto no significa que todas las amistades inherentemente se volverán amargas o que inevitablemente todos nos lastimarán. Al darnos cuenta de esto, tratamos de ver a cada persona del círculo con apertura y sin preconcepciones.

Es posible que hayamos estado preocupados por caerle mal a otros. El hecho de tratar de relajar nuestra ansiedad nos deja ver a cada persona como un individuo, con interés en torno a cómo nos responderá cada una. Nuestro deseo es que la persona sea feliz con nosotros. Al reconocer que este deseo de que alguien sea feliz es el deseo del amor, tratamos de fortalecer nuestra consideración amorosa. El amor abre la puerta para hacer amistades.

Es posible que nos hayamos quejado de soledad o de haber tenido que unirnos a un grupo para conocer gente. Al tratar de relajar nuestro sentimiento de lástima por nosotros mismos, nos encontramos viendo a cada persona del círculo meramente con la conciencia de lo que hemos hecho. Para conocer a estas personas, tuvimos que venir aquí. Felices ante la oportunidad que hoy tenemos de hacer amigos, tratamos de ver a cada persona con aprecio y gratitud de que ellos también hayan venido.

Para la resolución de conflictos es útil seguir un método similar, especialmente si ambas partes están de acuerdo en probar la misma aproximación. Necesitamos cambiar de la ingenuidad de la cerrazón mental ante la posición del otro, a la conciencia cual espejo de la realidad. Al soltar nuestra arrogancia, necesitamos vernos unos a otros como iguales y a las posturas de cada quien como igualmente válidas. Sin aferrarnos a cómo nos gustaría que las cosas fueran idealmente, necesitamos usar la conciencia de individualidades para evaluar los puntos específicos de la situación. Sin sentir envidia de que la otra persona se salga con la suya en algunos puntos, necesitamos establecer acuerdos con la conciencia del logro.

Lo más importante es que soltemos nuestro enojo. Con la conciencia cual espejo de la realidad, necesitamos ver nuestras diferencias objetivamente, pues esto nos permite resolverlas sin juicios. En lugar de preocuparnos por cómo responderá el otro, necesitamos interesarnos en que le agraden nuestras propuestas, por lo que necesitamos que éstas sean razonables. Además, en lugar de quejarnos si la otra persona se opone a algunas de nuestras propuestas, necesitamos ver qué se tiene que hacer para lograr nuestro objetivo. Si tenemos un conflicto con alguien del grupo, podemos sentarnos en privado con la persona y usar esta aproximación para tratar de resolverlo.

Deshacerse de la baja autoestima

Practicamos la tercera fase del ejercicio mientras nos enfocamos en las emociones perturbadoras que podamos tener hacia nosotros mismos. Estas emociones generalmente surgen asociadas a la baja autoestima. Después de crear una actitud mental tranquila y de interés, miramos nuestro rostro en un espejo. Tratamos de relajar la ingenuidad de mente cerrada que podamos tener al no querer aceptar, por ejemplo, que estamos viejos y gordos. Para ayudarnos a hacer esto, necesitamos soltar nuestros juicios de valor y preconcepciones de cómo nos deberíamos ver. El método de respiración de soltar, de escribir en el agua y de la ola en el océano, también pueden ser de utilidad para esto. Ya que necesitamos ser especialmente bondadosos con nosotros mismos, podemos intensificar nuestra generación inicial de interés con la siguiente línea de razonamiento:

  • “Soy un ser humano y tengo sentimientos, como todos los demás”.
  • “La forma en que me considero y me trato, afecta mis sentimientos; al igual que la forma en la que me consideran y me tratan los demás, afecta cómo me siento”.
  • “Por lo tanto, así como espero que otros se interesen por mí y por mis sentimientos en nuestra interacción, me intereso por mí. Me intereso por mis sentimientos. Me intereso por mis sentimientos hacia mí mismo”.

Con la conciencia cual espejo de la realidad, tratamos de mirar objetivamente lo que vemos. Al identificarnos con un “yo” más joven y delgado, podemos ser demasiado orgullosos como para admitir que ya no nos vemos así. Al relajar nuestra arrogancia, tratamos de vernos ahora con la conciencia de igualdades. Vemos que delgados o gordos, jóvenes o viejos, cada apariencia es igualmente “yo”.

Podemos estar aferrándonos a la imagen de un peso y un color de pelo ideales, que son anticuados e irreales. Al relajar nuestro apego a este ideal, tratamos de ver cómo somos en esta etapa de nuestra vida con la conciencia de individualidades. Aún más, podemos sentir envidia de cómo nos vimos y sentimos cuando éramos más jóvenes. Al soltar nuestra envidia, tratamos de vernos con la conciencia del logro. Obtuvimos nuestra apariencia y nivel de energía anteriores por ser jóvenes, pero esos tiempos ya pasaron, y ahora sólo podemos lograr lo que es realista para nuestra edad. Podemos estar enojados con nosotros mismos por haber subido tanto de peso, pero al darnos cuenta de que esto no ayuda, tratamos de relajar nuestro enojo. Con la conciencia cual espejo de la realidad, vemos simplemente que somos viejos, no jóvenes, y gordos, no delgados. Ver los hechos nos permite manejarlos de forma más sobria y sensible.

Si estamos exageradamente preocupados por nuestra apariencia, tratamos de relajarnos y vernos con el interés considerado que subyace a nuestra tensión. Al aceptar la situación específica de nuestra edad, nos fijamos objetivos razonables para bajar de peso. Si nos quejamos frecuentemente por tener que estar a dieta, tratamos de ver con sobriedad lo que tenemos que hacer para lograr nuestro objetivo y simplemente tratamos de hacerlo.

Repetimos el ejercicio sin espejo y sólo trabajamos con los sentimientos perturbadores que tenemos hacia nosotros mismos. Finalmente, trabajamos con nuestras reacciones emocionales perturbadoras hacia la serie de fotografías de nuestro pasado.

Esquema de Ejercicio 21: Disolver las emociones perturbadoras en la conciencia profunda subyacente

I. Mientras te enfocas en una fotografía o en la imagen mental de alguien de tu vida

  • Elige a alguien por quien hayas sentido o por quien actualmente sientas una de las emociones perturbadoras; es posible que necesites elegir a una persona diferente para cada emoción.
    • Para practicar en un taller o en casa, elige una forma de emoción perturbadora para cada uno de los cinco tipos de conciencia profunda.
    • Para una práctica avanzada o exhaustiva, trabaja con todas las emociones perturbadoras asociadas con cada uno de los cinco tipos de conciencia profunda.
  • Crea un espacio silencioso y considerado.
  • Reconoce y lamenta el dolor que tu desequilibrio puede haberle causado a la persona.
  • Determínate a tratar de superar esos problemas.
  • Reconoce que la sensación dualista detrás de la emoción perturbadora está basada en una mera fantasía.
    • Deconstrúyela.
    • Relájate completamente.
    • A medida que sientas que sueltas la tensión, siente que la fantasía y la emoción perturbadora que la acompañan se sueltan, usando la imagen y la sensación de que el puño apretado de tu mente se abre con lentitud.
    • Trata de sentir que el puño apretado de la opresión física en tu pecho y en tus entrañas también se relaja y se abre.
    • Trata de sentir que el fuerte aferramiento a las apariencias dualistas y a las emociones perturbadoras era como agarrarse fuertemente a una imagen de color impresa sobre el agua.
  • Siente que tu mente, tus emociones y tus sentimientos ahora se clarifican.
  • Reconoce y descansa en la forma correspondiente de conciencia profunda subyacente.
  • Observa una fotografía o meramente piensa en alguien que ha sentido o actualmente siente la misma emoción perturbadora por ti.
  • Sigue el mismo procedimiento para deconstruir tu reacción exagerada.
  • Descansa en la forma de conciencia subyacente.
  • Siente compasión por la persona, que no se relaja ni contacta con su conciencia profunda.

Ejemplos

1a. Ingenuidad acerca de la causa y el efecto

  • La persona y tu actitud perturbadora hacia él o ella – un niño pequeño frente a quien peleaste con tu pareja, pensando que eso no lo afectaría.
    • La apariencia dualista – un “yo” aparentemente concreto que actúa en un vacío y una entidad aparentemente concreta que no es afectada por el entorno.
    • La conciencia profunda subyacente – la conciencia de la realidad con la que ves los efectos de tus acciones, y la conciencia cual espejo que toma la información que claramente se encuentra ahí.
  • La persona y la actitud perturbadora que dirige hacia ti – alguien dice algo doloroso acerca de un ser querido que recientemente perdiste, ingenuamente inconsciente de que sus palabras te molestarían.
    • Tu sensación dualista – un pobre “yo” aparentemente concreto que ha sido herido por un “tú” cruel aparentemente concreto.\
    • La conciencia profunda subyacente – la conciencia cual espejo de la realidad de que tu ser amado se ha ido, aunque nadie puede negar que esto sea triste.

1b. Ingenuidad acerca de la realidad

  • Alguien te dijo algo sobre sí mismo que tienes dificultad de aceptar o que habías negado ingenuamente, como que él o ella está envejeciendo y ahora se cansa con más facilidad.
    • Un “yo” aparentemente concreto para quien las cosas son como imagino que son y un “tú” aparentemente concreto que concuerda con mis fantasías.
    • La conciencia cual espejo de la información que la persona te ha dicho y la conciencia de la realidad de la persona.
  • Alguien que se ha negado ingenuamente a aceptar la verdad sobre ti, por ejemplo, que no estás interesado románticamente en él o ella.
    • Un “yo” aparentemente concreto acerca de quien todo es obvio, frustrado por un “tú” ciego aparentemente concreto.
    • La conciencia cual espejo de tus verdaderos sentimientos por la persona.

2a. Arrogancia de engrandecimiento personal

  • Alguien sobre quien te sientes superior de un modo u otro.
    • Un “yo” superior aparentemente concreto y un “tú” inferior aparentemente concreto.
    • La conciencia de igualdades de que ambos son seres humanos.
  • Alguien que siente que es mejor que tú.
    • Un “yo” menospreciado aparentemente concreto que es insultado por un “tú” arrogante aparentemente concreto.
    • La conciencia de igualdades de que ambos son seres humanos.

2b. Estima exagerada por otros

  • Alguien a quien engrandeces como superior a ti en un sentido u otro.
    • Un “yo” inferior aparentemente concreto y un “tú” superior aparentemente concreto.
    • La conciencia de igualdades de que ambos son seres humanos.
  • Alguien que te engrandece como alguien superior a él o ella.
    • Un “yo” perfectamente normal, aparentemente concreto, atosigado por un “tú” aparentemente concreto, ridículo y aburrido.
    • La conciencia de igualdades de que ambos son seres humanos.

a. Tacañería

  • Alguien con quien no quisiste compartir algo.
    • Un “yo” aparentemente concreto que se vería privado si compartiera lo que tiene con este “tú” no merecedor, aparentemente concreto.
    • La conciencia de igualdades de ambos como personas que pueden compartir algo.
  • Alguien que no deseaba compartir algo contigo.
    • Un pobre “yo” despojado aparentemente concreto y un “tú” egoísta aparentemente concreto.
    • La conciencia de igualdades de ambos como seres humanos.

3b. Autonegación destructiva en favor de otros

  • Alguien por cuyo bienestar deseaste privarte de tu justa porción de algo, con el fin de darle a él o ella más de lo que necesitaba, o incluso quería.
    • Un “yo” indigno aparentemente concreto y un “tú” aparentemente concreto que es más merecedor que tú.
    • La conciencia de igualdades de ambos como seres humanos, igualmente merecedores de justicia.
  • Alguien que se ha quedado con muy poco o nada para sí mismo y te ha dado más de lo que te corresponde.
    • Un “yo” aparentemente concreto que merece esto y un “tú” aparentemente concreto que me lo debe, o un “yo” indigno aparentemente concreto y un “tú” aparentemente concreto que no me debe nada.
    • La conciencia de igualdades de ambos como seres humanos, igualmente merecedores de justicia.

4a. Deseo anhelante de poseer a alguien

  • Alguien a quien anhelas poseer de una forma u otra.
    • Un “yo” despojado aparentemente concreto que necesita desesperadamente tener a un “tú” encantador aparentemente concreto.
    • Conciencia de la persona como un individuo o de algunas de sus cualidades específicas.
  • Alguien que anhela poseerte.
    • Un “yo” en peligro aparentemente concreto que es perseguido por un “tú” acechante aparentemente concreto.
    • Conciencia de la persona como un individuo.

4b. Deseo anhelante de pertenecer a alguien

  • Alguien a quien deseas pertenecer, por ejemplo, como compañero de vida o como empleado.
    • Un “yo” aparentemente concreto para quien la autovalía y la satisfacción sólo puede provenir de que este “tú” aparentemente concreto me incluya en su círculo íntimo.
    • Conciencia de la persona como un individuo o de algunas de sus cualidades específicas.
  • Alguien que anhela ser tu pareja y que lo o la incluyas en todos los aspectos de tu vida.
    • Un “yo” claustrofóbico aparentemente concreto que es sofocado por un “tú” demandante aparentemente concreto.
    • Conciencia de la persona como un individuo.

5a. Aferramiento a poseer a alguien

  • Alguien, por ejemplo, tu hijo preadolescente, a quien has tratado como a un polluelo y a quien has tratado de conservar en el nido.
    • Un “yo” incompleto aparentemente concreto que no puede vivir sin un “tú” aparentemente concreto como mi bebé, que está siempre bajo mi supervisión.
    • Conciencia de la persona como un individuo.
  • Alguien, quizás en tu familia, que está aferrado a ti para controlarte.
    • Un “yo” amenazado aparentemente concreto que es oprimido por un “tú” manipulador aparentemente concreto.
    • Conciencia de la persona como un individuo.

5b. Aferramiento a pertenecer a alguien

  • Alguien a quien te aferras como la persona a la que perteneces y que te aterra que te abandone o te despida.
    • Un “yo” inseguro aparentemente concreto cuya única protección contra las dificultades es un “tú” salvador aparentemente concreto.
    • Conciencia de la persona como un individuo.
  • Alguien emocionalmente dependiente de ti que se aferra con apego y tiene paranoia de que lo o la abandonarás.
    • Un “yo” victimizado aparentemente concreto, que está siendo drenado de sus recursos por un “tú” vampiro aparentemente concreto.
    • Conciencia de la persona simplemente como un individuo.

6a. Celos o envidia

  • El nuevo novio o novia de tu antigua pareja.
    • Un “yo” aparentemente concreto que merece tener nuevamente a su antigua pareja y un “tú” aparentemente concreto que no merece el honor de su compañía.
    • Conciencia de que la persona ha logrado tener a tu antigua pareja como su compañero o compañera.
  • Alguien que tiene envidia de lo que has logrado.
    • Un “yo” aparentemente concreto que merece lo que yo he logrado y un “tú” aparentemente concreto que no merece lo mismo.
    • Conciencia de que has logrado lo que tienes a través de la causa y el efecto.

6b. Auto-devaluación o culpa por lo que uno tiene

  • Alguien que sientes que merece más de tú lo que tienes.
    • Un “yo” aparentemente concreto que no merece lo que tiene y un “tú” aparentemente concreto que lo merece más.
    • Conciencia de que tú, no la otra persona, has obtenido o alcanzado lo que tienes a través de la causa y el efecto.
  • Alguien que siente que tú mereces más lo que él o ella tiene o es.
    • Un “yo” insultado aparentemente concreto que es explotado por un “tú” absurdo aparentemente concreto que está tratando calmar sus sentimientos de culpa.
    • Conciencia de que la persona ha logrado lo que tiene y que es posible que ahora tú recibas parte de eso.

7a. Enojo dirigido al exterior

  • Una figura de la política cuyo manejo de los asuntos públicos te enoja.
    • Un “yo” oprimido aparentemente concreto que enfrenta los embates de un “tú” terrible aparentemente concreto.
    • Conciencia cual espejo que toma la información de cómo está actuando la persona, y conciencia de la realidad de que la persona está actuando de una forma y no de otra.
  • Alguien que te acusa airadamente de algo.
    • Un “yo” inocente aparentemente concreto y un “tú” injusto aparentemente concreto.
    • Conciencia cual espejo de lo que hiciste y conciencia de la realidad de lo adecuado de ello.

7b. Enojo reprimido redirigido hacia el interior

  • Alguien que te maltrató, en respuesta a lo cual te culpaste a ti mismo, por lo que silenciosamente redirigiste tu enojo hacia tu interior.
    • Un “yo” culpable aparentemente concreto y un “tú aparentemente concreto que es posible que me abandone si menciono algo sobre el incidente.
    • Conciencia cual espejo de lo que pasó entre ustedes, y conciencia de la realidad de que fue de una cierta forma y no de otra.
  • Alguien que tiene miedo de objetar cuando haces o dices algo hiriente, por lo que redirige su enojo hacia su interior.
    • Un “yo” frustrado aparentemente concreto que se está esforzando mucho y un “tú” imposible aparentemente concreto que no está cooperando.
    • Conciencia cual espejo de tu conducta y de la reacción de la persona, y conciencia de la realidad de que la relación es dolorosa para ambos y no sólo para ti.

8. Preocupación

  • Alguien acerca de quien te preocupas obsesivamente.
    • Un “yo” impotente aparentemente concreto que enfrenta a un “tú” aparentemente concreto que está fuera de mi control.
    • Conciencia de individualidades de la persona e interés cálido.
  • Alguien que se preocupa constantemente por ti.
    • Un “yo” asfixiado aparentemente concreto que es sofocado por un “tú” abrumador aparentemente concreto.
    • Conciencia de individualidades de la persona e interés por ti mismo.

9. Queja

  • Alguien que te pidió que hicieras algo que no querías hacer.
    • Un “yo” aparentemente concreto que es demasiado bueno como para que un “tú” aparentemente concreto que está tratando de robarme mi independencia me diga qué hacer.
    • Conciencia del logro de lo que se necesita hacer y conciencia de la realidad de tu habilidad para hacerlo y de la pertinencia de que lo hagas.
  • Alguien que se queja por algo que le pediste que hiciera.
    • Un “tú” desafiante aparentemente concreto que confronta a un “yo” inocente aparentemente concreto.
    • Conciencia del logro de lo que es necesario hacer y conciencia de la realidad de la habilidad de la persona para hacerlo y la pertinencia de que lo haga.

II. Mientras te enfocas en alguien en persona

1. Para disipar la soledad, repite el procedimiento mientras estás sentado en círculo con el grupo, observando a las personas que hay alrededor y dirigiendo hacia ellos la conciencia profunda que permanece, mientras deconstruyes cada emoción o actitud perturbadora.

  • Deconstruye la ingenuidad que acompaña a la apariencia dualista de ti mismo como un “yo” inherentemente solo, aparentemente concreto, y las demás personas como un “tú” distante e inalcanzable, aparentemente concreto.
    • Descubre la conciencia cual espejo tomando la información acerca de ellas y la conciencia de la realidad de que, con un esfuerzo apropiado de tu parte, cada una de ellas podría convertirse en amiga tuya.
  • Deconstruye la arrogancia que acompaña a la apariencia dualista de las personas como no lo suficientemente buenas para ti, o la baja autoestima de que no eres lo suficientemente bueno para ellas.
    • Descubre la conciencia de igualdades al considerar a estas personas y a ti mismo al mismo tiempo, y aprecia la conexión que esto crea de forma automática.
  • Deconstruye el deseo anhelante que acompaña el sueño dualista de que cada una de estas personas puede ser un amigo ideal, capaz de acabar con tu soledad.
    • Descubre la conciencia de individualidades de que cada persona tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles.
  • Deconstruye los celos que acompañan la memoria dualista de alguien en el grupo que estaba bromeando con otros antes de la sesión.
    • Descubre la conciencia del logro de que, para entablar una amistad, también necesitas aproximarte a las personas y hablarles.
  • Deconstruye el enojo que acompaña la sensación dualista de opresor y víctima cuando recuerdas amistades anteriores que actuaron con crueldad y que fracasaron.
    • Descubre la conciencia cual espejo de lo que sucedió y la conciencia de la realidad de que tus antiguos amigos actuaron de forma inaceptable y de cómo hubieras preferido que actuaran; aprecia que esto no significa que todos te lastimarán inevitablemente.
  • Deconstruye la preocupación dualista de que no les agradarás a los demás.
    • Descubre la conciencia de individualidades de cada persona y el interés cálido acerca de su felicidad contigo, el cual es el deseo de amor.
  • Deconstruye las quejas dualistas de tener que unirte a un grupo para conocer gente.
    • Descubre la conciencia del logro de que, para conocer a estas personas, tuviste que venir aquí y aprecia el hecho de que ellas también vinieron; esto te permite una oportunidad para la amistad.

2. Para resolver un conflicto, repite el procedimiento en privado mientras estás frente a alguien del grupo con quien tienes un problema.

  • Deconstruye la ingenuidad de mente estrecha acerca de la posición de la persona en la conciencia cual espejo de la realidad.
  • Deconstruye la arrogancia en la conciencia de que ambos son iguales y ambas posiciones son igualmente válidas.
  • Deconstruye el apego de cómo te gustaría que fueran las cosas idealmente en la conciencia de individualidades, para evaluar las especificidades de la situación.
  • Deconstruye en la conciencia del logro los celos de que la persona haga las cosas a su modo en ciertos aspectos, para negociar un acuerdo.
  • Deconstruye el enojo en la conciencia cual espejo de la realidad, para ver sus diferencias de forma objetiva.
  • Deconstruye la preocupación acerca de cómo responderá la persona, en el interés de que él o ella se sienta feliz con tus propuestas.
  • Deconstruye las quejas si la persona objeta algunos puntos, en la conciencia del logro de lo que se necesita hacer para que logres tu objetivo.

III. Mientras te enfocas en ti mismo

1. Para deshacerte de la baja autoestima, repite el procedimiento mientras te ves en un espejo.

  • Relaja la ingenuidad de la estrechez mental de no querer aceptar, por ejemplo, que estás viejo y gordo, y enfócate en tu imagen con la conciencia cual espejo de la realidad de lo que ves.
  • Acompaña esto con soltar los juicios de valor y las preconcepciones de cómo deberías lucir, usando el método de respiración de “soltar” y la imagen de escribir en el agua.
  • Genera interés considerado hacia ti mismo, al pensar:
    • Soy un ser humano y tengo sentimientos, como todos los demás”.
    • La forma en que me considero y me trato a mí mismo afecta mis sentimientos, al igual que la forma en la que otros me consideran y me tratan afecta cómo me siento”.
    • Por lo tanto, así como espero que otros se interesen por mí y por mis sentimientos en nuestras interacciones, me intereso por mí, me interesan mis sentimientos, me interesan mis sentimientos hacia mí”.
  • Con la conciencia cual espejo de la realidad, una vez más observa de forma objetiva lo que ves.
  • Relaja el orgullo de no admitir que te ves de esa forma y, con la conciencia de igualdades, enfócate en que, ya sea flaco o gordo, joven o viejo, cada apariencia es igualmente “yo”.
  • Relaja el apego de aferrarte a la imagen de un peso o color de pelo ideal que es anacrónica e irreal, y, con la conciencia de individualidades, enfócate en cómo eres ahora en esta etapa de la vida.
  • Relaja la envidia por cómo luciste y te sentiste cuando eras más joven y, con la conciencia del logro, enfócate en que obtuviste tu aspecto anterior y tu nivel de energía debido a la juventud, y ahora sólo puedes lograr lo que es realista para tu edad.
  • Relaja el enojo de haber subido tanto de peso y, con la conciencia cual espejo de la realidad, enfócate en que eres viejo, no joven, y gordo, no delgado.
  • Relaja las preocupaciones acerca de cómo luces y enfócate con interés cálido, aceptando la situación específica para tu edad y estableciéndote una meta razonable para perder peso.
  • Relaja las quejas acerca de tener que hacer dieta y, con la conciencia del logro, enfócate con sobriedad en lo que necesitas hacer para lograr tu meta.

2. Repite el procedimiento sin un espejo, y trabaja con los sentimientos perturbadores acerca de ti mismo.

3. Repite el procedimiento mientras ves una serie de fotografías de ti mismo que abarquentoda tu vida, mientras trabajas con las reacciones emocionales perturbadoras ante lo que ves.